Llega la negra crecida — MARGARET DRABBLE

PORTADA

MARGARET DRABBLE

Llega la negra crecida

 

Ed. Sexto Piso. Madrid. 2017

***

Lo primero que voy a hacer es dirigir la atención hacia la estupenda conversación que mantienen sobre esta novela  Karma Tenpa, coordinador del club de lectura de la fundación Metta-Hospice, y una amiga. Interesantísima, amena y serena, que son cualidades que no siempre van juntas.

https://marymerdechamberi.com/2021/02/26/webinar-acerca-de-llega-la-negra-crecida/

Lo segundo, hacer una referencia a la importante labor que realizan organizaciones que se dedican al acompañamiento en el morir, como esta en la que desarrolla su labor Karma Tenpa. https://www.fundacionmetta.org/

Todas las reflexiones que hice sobre la muerte y el morir al hilo del cuento de Tolstoi La muerte de Ivan Illich, vienen aquí como de molde. https://elaposentodeloslibros.wordpress.com/2019/05/29/la-muerte-de-ivan-ilich-leon-tolstoi/

Y para entrar en materia, dos citas, ejemplos de la variedad de actitudes con la que se afronta la muerte.

Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta posada una prisión, porque estoy compelido a aguardar en ella; podría considerarla un lugar de sociabilidad, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo a lo que son a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo a lo que hacen a los que conversan en las salas, desde donde las músicas y las voces llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y en los sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos cantos que compongo mientras espero. Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. [Pessoa, del Libro del desasosiego]

***

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

Acaba ya de dejarme,
vida, no me seas molesta;
porque muriendo, ¿qué resta,
sino vivir y gozarme?
No dejes de consolarme,
muerte, que ansí te requiero;
que muero porque no muero.
[Teresa de Jesús]

***

La muerte es una experiencia personal, única, irrepetible. Esta es una novela sobre  la vejez y la muerte. Dicho así podría parecer que vamos a entrar con ella en un mundo sórdido, triste, desagradable y antipático. Pero no. El estilo es reposado y sereno y, aunque a veces cuenta historias duras, no se complace en hurgar en detalles escabrosos ni prorrumpe en estentóreos lamentos ni se regodea en sensiblerías lacrimosas. Se lee con gusto y no altera el ánimo, aunque, como buena novela que es, da mucho en qué pensar.

Un detalle que me ha parecido curioso es el ámbito temporal en el que se desarrollan los acontecimientos. Un romántico alemán que hubiera escrito una novela sobre la vejez y la muerte, sin duda, habría situado el principio de su historia en las postrimerías del otoño y la hubiera acabado en lo más profundo del invierno. Drabble, sin embargo, se asoma a la vida de sus ancianos personajes a finales del invierno, y la muerte va llegando en primavera, época en la que los cultos agrícolas –y la propia naturaleza− celebran la resurrección.

En Llega la negra crecida no hay trama, no hay intriga, no hay desarrollo ni desenlace. La autora se mete en la vida cotidiana de una serie de personajes y nos cuenta, desde ella, la manera con la que cada uno afronta la vejez y las sabidas pero inquietantes expectativas.

La narradora es omnisciente, pero muestra un gran respeto por sus criaturas y no se cree con derecho a entrar en intimidades que ellas mismas no quieran desvelar.

Y, como ya hemos dicho, no es buena idea observar muy de cerca a Ivor. A él no le gustaría nada, y nosotros no tenemos derecho a acercarnos tanto. No se nos permite acceder a sus profundidades. […] No queremos enterarnos de lo que piensa Ivor de este presagio. A Fran Stubbs no le importa que examinemos el interior de su cabeza, de hecho, insiste en que lo hagamos.

 Hay muchas referencias a Samuel Beckett, al que yo leía con gusto cuando era ―más― joven. Pude ver representadas Días felices y Final de partida, y debatía con mis amigos sobre los significados escondidos en ellas y, sobre todo, en nuestra favorita, Esperando a Godott. ¡Qué de disparates intelectualmente pretenciosos habrán salido de nuestras bocas tan ignorantes como inocentes! Lo más probable es que no supiéramos lo que decíamos, aunque sí lo que queríamos decir, y el milagro de la comunicación se producía. En esta obra he visto una interpretación de la obra de Beckett que asombra por lo concisa y breve y que nunca se nos ocurrió a nosotros:

¿Y sobre qué escribía Samuel Beckett? Sobre matar el tiempo. Era su gran tema trágico.

Días felices: matar el tiempo. Fin de partida: matar el tiempo. Esperando a Godot: matar el tiempo. Molloy, Malone muere, El innombrable: matar el tiempo.

el innombrable

Y en esta obra también se mata el tiempo, cada personaje a su manera. Quizá el verbo matar sea excesivo. Me gusta más “pasar” que, en castellano, ha  formado una rica simbiosis con el tiempo: pasatiempo. Hay que evitar a toda costa el aburrimiento mientras esperamos  la diligencia del abismo.

Los pasatiempos los elegimos libremente cada uno, con más o menos consciencia. Los hay egoístas y altruistas, serenos y apasionados, reposados y frenéticos. Pero, a veces, hay circunstancias que se nos imponen y nos impiden dedicarnos a nuestros particulares entretenimientos. La falta de autonomía y, sobre todo, el dolor provocado por la enfermedad. La pérdida de autonomía motriz reduce el ámbito de nuestras escapatorias. El dolor absorbe nuestra atención y nos impide que la dediquemos a pasatiempos agradables. Y, por supuesto, ni qué decir de la pérdida de la conciencia y de la memoria, la terrible enfermedad de Alzheimer. En realidad, terrible para convivientes, familia o amigos más que para el propio enfermo.

La vejez es una circunstancia inevitable en nuestras vidas. Solo hay una manera de eludirla, y nadie la quiere, así que, si no deseamos que se precipite la llegada de la diligencia, tendremos que asumir la vejez. La vejez no es una enfermedad ni una desgracia. Desgracia es no llegar.

De la vejez solo se escapa muriendo joven.

El problema está en que, asociadas a ella, suelen acudir numerosas enfermedades, aunque no necesariamente. Algunas más o menos evitables teniendo cuidado en la prevención. Otras son  imprevisibles, fortuitas o accidentales.

En la novela se muestra un grupo de personajes que son ejemplos de la variadísima gama de respuestas que los humanos damos a estos trances. Cada personaje es un mundo. Cada uno vive su propia experiencia y, a la vez, es comparsa o personaje de reparto en las vidas de los otros.

El ámbito socioeconómico de los personajes está restringido a una clase media acomodada, lo que en este tema es muy importante. No es lo mismo la vejez en Abu Dabi rodeado de lujos y sirvientes que en la chabola de una favela en Río de Janeiro. Si reducimos el abanico, sigue habiendo mucha diferencia entre una residencia barata en la que se aparca a los viejos para que no interfieran en la actividad productiva de sus familias, y que no pueden pagar mucho, que en una cara, con atención personalizada, amenos jardines y libertad para entrar o salir o, incluso, para viajar si se tienen recursos y fuerzas. Y ni qué decir de la posibilidad de ser atendido, en caso de necesidad, por personas próximas, familiares o amigos en la propia casa como era normal antes de que el frenesí productivo obligara a salir a trabajar a todos los miembros de la familia.

Ahora muchas residencias se configuran como negocios empresariales, sobre todo las más baratas, que se convierten, incluso en lo estético, en auténticas naves industriales o almacenes donde se guardan a los viejos que sus familias no pueden ―más raro es que no quieran, pero también, desgraciadamente, se da― cuidar.

¿Llegará a realizarse la distopía de Soylent green, que, por cierto, está ambientada en 2022?

En un mundo donde la ideología neoliberal es predominante, los viejos son seres improductivos, costes que no reportan beneficios. En la más pura y rigurosa ortodoxia de esta idolología, los viejos sobran. Como también sobra el acompañamiento en la muerte y el duelo. El artículo 37.3.b del Estatuto de los Trabajadores otorga al trabajador el derecho de ausentarse del trabajo dos o cuatro días―dependiendo de si el trabajador se tiene que desplazar o no de su lugar de residencia― por fallecimiento de un pariente hasta el segundo grado de consanguinidad o afinidad ―padres, abuelos, hermanos, hijos, nietos, biológicos o legales―. Hace unos años oí decir a un representante de una asociación de grandes empresarios que tanta condescendencia era antieconómica. Yo digo que tal visión de la economía es inhumana. Parafraseando el evangelio se podría decir: ¿Está la economía al servicio del ser humano o el ser humano al servicio de la economía?

En teoría económica ya no se llama trabajadores a los trabajadores, se les llama “recursos humanos”, expresión en la que el término “humano” no es sino un adjetivo que delimita al verdadero sujeto de derecho, a lo verdaderamente importante: “recursos”.

***

En la novela no hay trama así que no se puede hacer un resumen. El interés se focaliza en cada uno de los personajes, en sus circunstancia, en la manera que tienen de afrontar su propia vejez y la cercanía de su propia muerte y en cómo les afecta la vejez y la muerte de los demás.

***

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • FRANCESCA STUBBS.

De soltera Robinson. La costumbre de hacer cambiar el nombre a las mujeres cuando se casan es una antigualla que genera muchos inconvenientes, sobre todo ante la disolución o nulidad ―que no es lo mismo aunque hay un momento en la novela en que parecen confundirse― del matrimonio o sucesivas nupcias. Fran vivía sola. Hacía mucho que se había separado de su marido Claude y que había fallecido su segundo conviviente. Los vínculos legales se me escapan. Si Fran se hubiera divorciado de Claude ya no se llamará Stubbs. Si se hubiera casado otra vez habría adoptado el apellido de su nuevo marido. No sé. El caso es que Fran vive sola, que es lo que importa, pero mantiene una curiosa relación con su ―¿ex?―marido. Después de separarse de este, Fran tuvo otra “parera sentimental” o lo que fuera, pero ya había fallecido.

No voy a decir que Fran sea la protagonista pero sí el personaje principal. Da la impresión de que la autora se identifica con ella hasta tal punto que, al principio, me parecía  estar ante un relato en primera persona. Los demás personajes están todos relacionados de algún modo con ella. La narración fluye en tercera persona como si fuera el continuo mental del personaje: sus impresiones, sus aspiraciones, sus deseos, sus fracasos, sus miedos, sus recuerdos, su responsabilidad para con sus familiares. Fran tiene algo más de setenta años y vive en continua actividad. No puede parar. Dentro de su ánimo no cabe la vida retirada. Está más o menos sana y fuerte. Es consciente de que sus facultades merman sin pausa, circunstancia que no le impide seguir tomando decisiones arriesgadas o emprender nuevos proyectos. Va de acá para allá, lo que, a veces, le supone meterse en algún apuro. No quiere morir postrada en una cama. Sobrepasa los límites de velocidad en las carreteras y la desesperan los atascos.

Y ahora parecía incapaz de asumir la vejez, no paraba quieta, como en una huida permanente, presa de un pánico impaciente.

Su principal actividad está relacionada con la creación y gestión de residencias para ancianos ―o residencias crepusculares, o de vida retirada o de vida tardía o asistida, los eufemismos en todo lo que se relaciona con la vejez, o ancianidad, o mayores, o tercera edad no tienen límite, lo que es bastante significativo―. Visita residencias, asiste a reuniones, participa en proyectos. Está siempre en movimiento y, como suele pasar en personas así, acumula contradicciones.

Cree que el proyecto de hacer que los ancianos vivan con más comodidades, con menos dolores, con menos terror, es un objetivo digno. Resulta incongruente por su parte, porque ella no se procura ninguna clase de comodidad, en su opinión.

Por si no tuviera bastante, también se ha hecho responsable de la alimentación de su antiguo marido al que le llena periódicamente el congelador con guisos que ella misma elabora. La asistenta solo tiene que meter los platos en el microondas y darle al botón de on.

  • CLAUDE STUBBS.

El marido, o lo que sea, de Fran, está en las antípodas existenciales. Había sido un famoso cirujano y ahora yace postrado en cama, con una muy limitada autonomía motora.  En un envidiable ejercicio de disonancia cognitiva, Claude se ha adaptado de maravilla a su estado. Apura las gotas del cáliz del placer.

Claude se la toma con estoicismo  [su futura muerte], calma y filosofía y se ha procurado todas las comodidades posibles.

Disfruta de lo que está dentro de sus posibilidades sin lamentarse de todo aquello irremisiblemente perdido. Su postración y limitaciones le dan derecho al cinismo, aunque nunca a la grosería. Se diría que es un diletante que llega hasta donde sus limitaciones físicas se lo permiten. Es tremendamente egoísta y perezoso. Tiene sus libros, sus enciclopedias de arte y, sobre todo, a Maria Callas. En conserva, es verdad, pero siempre dispuesta, no caduca ni se estropea.

Claude está sorprendentemente empeñado en seguir vivo, y es un paciente sorprendentemente bueno, enclaustrado en su piso de Kensington con su gato obeso, Cyrus, cuidado de manera intermitente por su hiperactiva primera mujer [Fran] y a diario por la glamurosa Persephone. Tras una trayectoria autodestructiva parecía haber descubierto una fuente secreta de adaptación, una tardía voluntad de vivir.

Acepta de buen grado que Fran le lleve la comida, sin estúpidos orgullos que no harían sino aumentar las limitaciones. Ninguno de los dos entiende la actitud del otro. Para Fran Claude es un aburrido y para Claude Fran es una imprudente y una  inconsciente. Pero se llevan bien.

  • CHRISTOPHER STUBBS.

Hijo de Claude y Fran. Es crítico de arte y todavía joven, pero ya ha  visto la muerte de cerca. Su esposa Sara falleció a causa de una desgraciada y repentina enfermedad antes de cumplir los cuarenta años. Lo inesperado del drama, que sorprendió a Sara en la plenitud de su vida y llena de proyectos, la rapidez del desenlace y la dureza de las experiencias, marcaron a Christopher en sus más hondas convicciones existenciales.

  • POPPET  STUBBS.

La hermana de Christopher es, como su madre, activista y librepensadora, pero las soluciones que da a sus problemas vitales poco tienen que ver con las del resto de su familia. Tiene algo más de cuarenta años, pero ya no es joven.

Poppet Stubbs tiene cuarenta y tantos, pero no es precisamente joven. Su sangre no es joven. Se parece a su madre, en cierta energía nervuda, en un físico que combina hombros delgados y piernas fuertes, y posee además la obstinación de su progenitora para todo cuanto se propone.

Algo ocurrió en su vida que la llevó a adoptar posturas ideológicas radicales y a refugiarse en ellas. Poppet huye de algo, pero no sabemos de qué. Vive sola, apartada, en el campo. Está entregada a la ecología y trabaja por ella desde su austero y monacal retiro del que ha desterrado todo consumo superfluo.

Poppet apenas se preocupa por el presente, pero sí por el futuro del planeta y sus habitantes. Ha transferido su lealtad a un punto distante y evanescente. Posee lo que algunos de sus amigos y conocidos consideran una capacidad casi mística para personalizar el planeta y deshumanizar sus propias preocupaciones.

Un detalle significativo nos revela la profunda diferencia vital entre madre e hija:

Su madre todavía sabe reírse. Halla placeres en la vida, su madre, a pesar de que Hamish ha muerto y ella es mayor. Poppet admira ese don, esa bendición.

Me ha sorprendido el desapego que tiene toda la familia. En una ocasión, y casi por accidente, Fran visita a su hija y aunque, por supuesto, es bien recibida, se percibe una tensa distancia entre ambas. Algunos detalles, sin embargo, dejan entrever  que los sentimientos filiales existen pero están un poco escondidos. Desconocemos las circunstancias de ello.

  • IVOR WALTERS y BENNET CARPENTER.

Son una pareja conviviente que llevan ya casi cincuenta años juntos. Si antes he hecho referencia a un ―quizá― significativo detalle en el aspecto temporal, pudiera ser que también en lo espacial hubiera algún mensaje escondido. La acción se desarrolla en islas. En la de Gran Bretaña despliega su frenética actividad Francesca, y esta pareja vive en Lanzarote.

Lanzarote

Bennet fue un eminente historiador. Ahora vive retirado en una preciosa mansión en Lanzarote. Prepara un trabajo sobre la historia de las Canarias, pero ya sin la entrega y la pasión de antaño. Su salud es delicada y su movilidad cada vez más torpe. Ivor es el báculo de su vejez. Bennet representaba, dentro de la pareja, el prestigio social,  el glamour de la alta sociedad intelectual. Ivor era la belleza, la fortaleza. Después de tantos años de convivencia se han acostumbrado el uno al otro. Bennet se ha alejado de la vanidad de las reuniones sociales, y la belleza de Ivor ha ido languideciendo, aunque todavía disfruta de buena salud y siente atracción cuando ve a un chico joven, o no tan joven. Chistopher es amigo de la pareja que lo acoge cuando viaja a Canarias con gran hospitalidad. De todas formas, aunque Ivor todavía tiene viva la llama del deseo, no le pesa lo más mínimo su compromiso con Bennet, al que deberá ir prestando cada vez más atención conforme el anciano historiador vaya perdiendo, irremisiblemente, sus facultades, tanto físicas como mentales. Parece que ambos son felices, incluso siendo conscientes de sus necesarias renuncias.

Y Bennett ve alzarse inmensa, alzarse sin hacer ruido, en lontananza, la gran ola que pronto lo saludará y se lo llevará a la octava isla.

Lo de la “octava isla” es una preciosa metáfora que hace referencia a una mitológica isla canaria, la isla de San Borondón, que aparece y desaparece de esta dimensión en la que nos movemos, entre La Palma y El Hierro.

San Borondón

  • JOSEPHINE DRUMMOND.

Amiga de Fran de toda la vida, tanto que los hijos de esta la llaman tía Jo. Vive su ancianidad en una residencia de lujo. Da clases de literatura a mayores y disfruta de agradables veladas con su compañero de residencia, Owen. Fran la visita de vez en cuando y en sus conversaciones se mezclan el inquietante futuro y el lejano pasado.

  • OWEN ENGLAND.

Un solterón educado y pedante siempre elogioso, buen turista y buen interlocutor, de trato fácil.

Amigo de Bennet e Ivor a quienes siempre visita con agrado. Ahora vive en la misma residencia que Josephine y los jueves se juntan para saborear deliciosos licores y charlar de lo divino y de lo humano, del presente, algo menos del futuro y, sobre todo, del pasado.

  • TERESA QUINN.

Otra amiga de la infancia de Fran que vive retirada en una confortable residencia a la que esta visita con frecuencia, recuerdan la infancia que pasaron juntas y repasan sus trayectorias vitales.

***

  • Otros personajes.

Además de estos personajes, que representan un papel en la historia, se hace referencia a muchos otros y a las diversas formas de afrontar el final de la vida.

  • La señora Taylor, creyente católica, que en los últimos años de su vida se vio acosada por el pánico de los novísimos ─muerte, juicio, infierno y gloria─. En el evangelio de Mateo (12, 32) se habla de un pecado que no se perdona, el pecado contra el Espíritu Santo. Los exégetas no saben qué pecado es este, pero la señora Taylor estaba convencida de que había incurrido en él y que estaba perdida. Un irracional complejo de culpabilidad la atormentaba.
  • Betty Figueroa, con noventa años y llena de vitalidad y energía, que me recuerda a Alejandra David-Néel que, con cien años, se renovó el pasaporte porque decía que nunca se sabe.

Betty tiene algo extraordinariamente valiente y conmovedor: la superviviente, la noble atea de izquierdas. Roza los noventa y sin embargo brilla con un fulgor que no disminuye, que va en aumento.

  • Dorothy,  que pasa sus últimos días en una pequeña residencia gestionada como si fuera una casa particular, con muy pocos residentes. Está algo senil, va perdiendo agilidad mental pero cuida mucho su aspecto físico porque la belleza había sido a lo largo de su vida, el valor por el que había apostado con más entrega. Cada uno tenemos algún talento, cualidad o habilidad, tanto físico como intelectual, natural o trabajado, e intentamos sacarle el máximo partido. La belleza física es un valor que, con el tiempo, naturalmente se agota. Y es conveniente ir adaptando ilusiones y valores a nuestra realidad presente, sin nostalgias, sin dramatismo, con una aceptación serena.

Tiene la piel limpia, sin manchas y casi sin arrugas, los ojos de un azul luminoso, los labios rosados lucen una capa perfecta y aplicada con espero de pintalabios claro y juvenil, el pelo plateado clarea pero lo lleva arreglado a la perfección. […] había sido una belleza. Todavía es una belleza. Es frágil. Es delicada, una figurilla de porcelana.

  • Maroussia Darlin que, después de su exitosa puesta en escena de los Días felices de Beckett, a cuya representación acuden Fran y Jo, optó por el suicidio para morir en la cumbre de su carrera.

  • En la novela se sugiere que la muerte de Maria Callas podría haber sido también un suicidio motivado por sus decepciones sentimentales, problemas familiares y el miedo ante el inevitable declive de su talento artístico.
  • Ghalia Namarone es joven, pero ya afronta la muerte y lo hace por ideales. Es una activista saharaui que hace una huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote en denuncia de la situación de su pueblo, abandonado por la comunidad internacional, expoliado por Marruecos y otras corporaciones que expolian sus riquezas.

Muro Marruecos Sahara

A lo largo de la novela se encuentran, más o menos insinuadas, referencias a problemas sociales como esta del pueblo saharaui o al drama de los inmigrantes africanos que, expulsados de sus hogares por la miseria o las guerras, arriesgan sus vidas en el Mediterráneo o en el Atlántico intentando llegar a algún país de Europa.  En ningún momento hay una condena explícita de la situación por parte de la narradora, pero se ve una clara simpatía por la causa. Ivor y Bennet son, a veces, testigos directos del drama, porque Lanzarote y, sobre todo, Fuerteventura, son lugares a los que se dirigen con frecuencia los inmigrantes desde las costas africanas. También Sara, la esposa de Christopher, guionista de cine y televisión, estaba entregada en su trabajo a la denuncia de estas situaciones cuya injusticia debería ser un clamor mundial.

[Sara] era guapa, tenía talento, era poderosa, seria, demasiado seria para él [Christopher], estaba comprometida a otro nivel con su carrera profesional. Sus temas le venían grandes a Christopher. Política en el Sahara, Ghalia Namarome, el Muro de la Vergüenza, Port-Étienne, las fronteras trazadas en la arena, los barcos oxidados, las pateras hundidas, los inmigrantes envueltos en mantas térmicas, la Cruz roja de Puerto del Rosario.

Pateras Canarias

Otros temas que se tratan, aunque de manera tangencial, son el suicidio y la eutanasia, inexcusablemente ligados al tema de la enfermedad y la vejez.

Y no quiero dejar de referirme a la costumbre del funeral inglés, tal como se ve en la obra. Después de una ceremonia como la que vemos en las películas americanas en la que se habla, se recitan poemas y se hace un panegírico del fallecido, se da una recepción en la que, entre otras cosas,  beben vino y champán ―y no poco―. Yo, en mi limitada visión del mundo, siempre relaciono el champán con el brindis, así que me ha parecido una costumbre simpática.

No puedo dejar de decir que las descripciones de los lugares son extraordinarias, tanto de las escenas que se desarrollan por las carreteras, campos e interores en Gran Bretaña como en Canarias.

***

En resumen, es una deliciosa lectura pues, aunque se traten temas amargos, se hace con una exquisita sensibilidad y, como dije al principio, no me ha suscitado ningún rechazo, sino que la he leído con gusto y me ha proporcionado mucho material para la reflexión.

***

De entre las misas de réquiem que conozco, ninguna tan emotiva y serena como la de Fauré, carente de estridencias en la música y de mensajes perturbadores en la letra, razón por la cual prescinde del inquietante y nada consolador dies irae.

***

Para terminar solo dar las gracias a Karma Tenpa por haber sugerido una lectura tan entretenida, interesante y emotiva. https://karmatenpa.com/

 

5 comentarios sobre “Llega la negra crecida — MARGARET DRABBLE

  1. Una reseña muy trabajada, Víctor, muy completa. Estoy muy de acuerdo contigo en la riqueza de la novela, es como un disparadero de ideas; toca tantos temas que cada lector encontrará el que le toque la fibra; probablemente, más de uno. Para mí, esa es una de las cualidades de los buenos libros, que te llevan a otros intereses, que siembran semillas de inquietud intelectual, que despiertan las ganas de conocer más sobre algo apuntado o profundizado entre sus páginas. Gracias a Karma por la propuesta del libro; gracias a Mercedes y a Karma por la conversación compartida sobre esta lectura y gracias a ti por esta reseña que también me hace pensar y agranda mi lectura.

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    1. Muchas gracias. Me alegra haberte aportado algo. Cuando llegue el momento tan deseado de volver a vernos, que ya se aplaza demasiado, espero que me des tus puntos de vista sobre la novela que seguro veré cosas que se me han pasado.

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