Shinto. El camino a casa — THOMAS P. KASULIS

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THOMAS P. KASULIS

Shinto. El camino a casa

 

Ed. Trotta. Madrid.  2012

 

Los dioses shinto no son poderes amenazadores y opresivos ante quienes los humanos tengan que temer y temblar. Son dioses alegres, a veces caprichosos, llenos de fantasía; les gusta la música, la danza y el sake. No siempre están de acuerdo unos con otros, pero saben que el tiempo es demasiado precioso para malgastarlo peleando y discutiendo. Por consiguiente, los dioses shinto son objeto de una veneración alegre. (Hisako Matsubara. Pájaros del crepúsculo)

 

Una de las primeras veces que fui a un restaurante japonés en Madrid, hace ya mucho tiempo, me encontré con unos toscos palillos de madera casi sin pulir y unidos por la parte de arriba. En otras ocasiones ya había visto yo preciosos palillos chinos lacados y hermosamente decorados. Haciendo una interpretación marxista de ese detalle, se me ocurrió pensar que el dueño intentaba ahorrar costes para maximizar beneficios  colocando los palillos más baratos que había encontrado en el mercado.

La metodología marxista para interpretar las realidades sociales, aunque muy útil en muchas ocasiones, no siempre es la más adecuada. Aquella vez, como tantas otras,  me equivoqué, pues la tosquedad y sencillez de aquellos palillos nada tenían que ver con cuestiones económicas, sino que me encontraba delante de una auténtica y genuina manifestación del espíritu shinto que tiene que ver con la pureza y la proximidad a la naturaleza.

palillos

Este librito de menos de doscientas páginas ―198 contando índices y bibliografía― es una estupenda introducción para acercarnos a aquella extraordinaria y singular cultura japonesa, muchas de cuyas peculiaridades tienen que ver, precisamente con su ancestral y particular religión, el shinto.

Si es que consideramos al shinto como una religión. Este será el primer escollo para adentrarnos en una cultura tan diferente, al menos en sus manifestaciones externas, pues ya veremos que por debajo de ellas late la esencia común de una única humanidad.

El concepto de religión, tal y como se define en el DRAE, está fraguado a la medida de las religiones monoteístas helenosemitas, judaísmo, cristianismo e islam. Difícil es encajar en ella a otras espiritualidades, como el budismo, el animismo o el shinto.

Las caracterizaciones genéricas de la religión tienden a ser descaradamente occidentales: eurocéntricas o mediterráneas. Valen y se ajustan bien para el denominador común a las distintas confesiones cristianas, a las religiones monoteístas y a la experiencia mística. Pero son de difícil aplicación, a la vez, al hinduismo, al shinto y al vudú, a los mesianismos y a la religión funeraria paleolítica, al animismo y a los cultos helénicos de misterios. (Alfredo Fierro. El hecho religioso. Salvat, Barcelona, 1981)

Este concepto occidental se introdujo en la lengua japonesa en el siglo XIX  por medio del neologismo shūkyō que hace referencia a la doctrina o enseñanzas (kyō) que pertenecen a una determinada comunidad (shū), de lo que resulta un concepto de contenido muy distinto al occidental “religión”. Por eso lo mejor para entender qué es el shinto es dejar de lado conceptos abstractos y fijarse en sus manifestaciones, domésticas y públicas y en su devenir histórico.

Distingue el autor entre una espiritualidad existencial y otra esencialista. Esta diferencia es muy importante a lo largo de todo el libro pues todos los elementos que nos va mostrando, tanto cuando nos habla de historia como de la vida doméstica o prácticas individuales, los cataloga en una de las dos categorías.

Una espiritualidad existencial sería aquella que nace de la práctica espontanea de una persona o grupo. La otra es una categorización de distintas creencias, prácticas tradicionales, étnicas o culturales para ordenar así una comunidad bien estructurada y uniforme. La espiritualidad existencial nace de la experiencia y la práctica, la esencialista de la convicción de pertenencia a un determinado grupo social o categoría religiosa o filosófica.

Una persona puede rezar el rosario y participar en el sacrificio de la misa porque así se manifiesta su espiritualidad, como una expresión de lo que siente. Por ello se puede decir que es cristiana-católica. Otra puede sentirse miembro de ese grupo o confesión que es el cristianismo católico y por ello participar en sus ritos y ceremonias y rezar el rosario u oír misa porque son normas de conducta a las que está obligada por esa pertencia.

La diferencia es menos sutil de lo que parece. La primera es una manifestación espontanea de espiritualidad, la segunda es la participación en una espiritualidad organizada desde arriba y controlada por una autoridad. Para el autor, y ya hablando concretamente de shinto, aunque es exportable a otras manifestaciones religiosas, la espiritualidad existencial es inclusiva y poco organizada, tanto en aspectos rituales como doctrinales. Por su parte la espiritualidad esencialista requiere de una organización centralizada y coordinada racionalmente, con doctrinas rígidas y excluyentes que obligan a unas determinadas prácticas y creencias bajo la condición de que, de no seguirlas, no se podrá considerar a una persona como perteneciente a ese grupo o iglesia. Esto podrá explicar las diferencias entre la práctica shinto como manifestación espontanea de un individuo o grupo y el shinto como religión de estado, nacionalista y exclusivista. Una metodología parecida podríamos emplear para englobar dentro de un mismo concepto de cristianismo a la mística de san Juan de la Cruz y al nacionalcatolicismo de la época de Franco.

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En cuanto a la estructura del libro, los dos primeros capítulos introducen algunas cuestiones conceptuales, un primer acercamiento al shinto como expresión de una espiritualidad animista y ejemplos de cómo esa espiritualidad se manifiesta en la vida cotidiana del Japón. Los tres capítulos que siguen son una breve historia del shinto como expresión del pueblo que habita una región que siempre ha estado muy aislada, desde la prehistoria hasta la actualidad. Un repaso muy concentrado ―¡a ver si no!―, pero muy didáctico. Un buen trabajo que dé unas esclarecedoras nociones de un tema no tiene por qué ser extenso. Me ha parecido que proporciona un esquema estupendo que puede servir de base para profundizar en aquellas tradiciones culturales y para entender mejor sus manifestaciones artísticas y literarias. El último capítulo es una breve recapitulación y contiene algunas reflexiones sobre alguna polémica actual ―el trabajo se publicó en 2004― que tiene al shinto como protagonista o escusa.

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Como toda manifestación religiosa (R. Otto, M. Eliade, L. Strauss…), el shinto nace del asombro y el sobrecogimiento ante lo maravilloso. En el fondo todas las religiones se parecen porque todas nacen de lo mismo, de la toma de conciencia de lo pequeño y lo frágil que es la existencia del ser humano en el mundo y de lo dura que puede llegar a ser la lucha por la supervivencia en un entorno que puede ser tan hostil como benéfico.

Lo que en otras culturas se llama prana, alma, psique, ki, atman, espíritu ―sin que sean términos exactamente intercambiables― en el shinto se llama tama, y las entidades concretas en las que se manifiesta son kami.

El mundo está habitado por kami y dotado de tama.

Para una espiritualidad existencial esto supone una especie de panteísmo pues todo está dotado de vida. Los kami pueden ser desde fuerzas naturales hasta espíritus de difuntos, fantasmas, duendes u otros de los muchos seres fantásticos que pueblan la mitología popular shinto, y que no es tan distinta de la de otras culturas. La espiritualidad esencialista identificará a los kami con dioses creadores y antepasados míticos fundadores de dinastías gobernantes.

Literalmente shinto significa el camino de los kami, y presupone una conexión entre los ámbitos sagrado y profano que se manifiesta a través de símbolos como los torii, esa especie de palos de gallinero ―esa es la traducción literal que propone el profesor Kasulis: percha para pájaros― tan típicos en las postales de Japón, o los shimenawa cuerdas con las que se suelen unir en místico o alegórico matrimonio dos elementos o con las que se rodean objetos o lugares de especial relevancia sagrada, cósmica o telúrica.

torii

Puesto que se presupone una conexión última de todo lo existente, como en tantas y tantas reflexiones teológicas por todo el mundo, el camino de los kami no sería sino el regreso al origen, o el regreso a casa, preciosa imagen utilizada por el autor.

La característica principal  del shinto, como de otras religiones primitivas, es su íntima relación con la naturaleza y su papel de elemento de cohesión social dentro del grupo, tribu o clan. De ello nacen las ideas de simplicidad, pureza, tabú, purificación, y los rituales y las fiestas.

Las prácticas rituales del shinto abarcan tanto a la persona, los llamados por todo el mundo ritos de paso, como a los ciclos anuales. Poca imaginación respecto del resto de culturas: De la persona se celebra el nacimiento, la edad intermedia y el matrimonio. Aquí sí encontramos una peculiaridad, pues en esta lista lo normal sería que el siguiente elemento fuera la muerte o las exequias, pero el shinto es una religión de la vida (luego se verá la deriva histórica). En Japón, por regla general, de la muerte y sus rituales se ocupa el budismo, no el shinto. Los sacerdotes shinto pueden participar en funerales, algo que estuvo prohibido durante la restauración Meiji, pero en ningún caso en un santuario shinto.

Respecto de los ciclos anuales, pues tampoco nada nuevo. El shinto es una religión que nace en sociedades agrarias y, por tanto, acomoda sus ciclos litúrgicos a los naturales. Por un lado los astronómicos (año nuevo, solsticios y equinoccios), por otro las rutinas agrícolas de siembras y cosechas.

En cuanto a los lugares de culto, según el shinto todo está lleno de la misma fuerza espiritual, pero en algunos puntos concretos esta fuerza se manifiesta de manera especial, que quizá tenga que ver con fuerzas telúricas. El monte Fuji es el lugar más icónico, pero los hay a montones. Todos lugares de una especial belleza natural, ríos, cascadas, montañas, bosques, son lugares propicios para la peregrinación, aunque ahora, en un mundo cada vez más secularizado, incluso en Japón, la peregrinación religiosa o espiritual se haya transformado en ecoturismo. Aunque para el profesor Kasulis, incluso esto tenga unas profundas raíces shinto, más o menos conscientes.

Monte Fuji y grullas

 

También el shinto dispone de un surtido catálogo de objetos sagrados, amuletos que se venden en los santuarios y que son una importante fuente de ingresos. Ni más ni menos que lo que pasa en capillas, ermitas o iglesias por todo el mundo. Entre ellos se encuentran formularios petitorios ya impresos que contienen norito, ensalmos o rezos.

También es tema importante la pureza y la impureza. No hay noción de pecado como en occidente, más bien, al estilo veterotestamentario, el factor contaminante, tsumi, es inmanente y se encuentra, por ejemplo, en los cadáveres o en la sangre ―poco original, otra vez―. Víctimas de estos tabús han sido siempre las mujeres, que tenían prohibida la entrada a los santuarios en periodos de menstruación ―Uta Ranke-Heinemann  dedica un capítulo en su estupendo libro Eunucos por el reino de los cielos (Ed. Trotta, 2005) al “antiguo tabú de la  sangre femenina y sus repercusiones en el cristianismo”―. Parece que actualmente esta prohibición, aunque formalmente siga vigente, no se observa y las mujeres tienen la libertad para entrar en los santuarios en cualquier momento.

Antes de participar en un ritual o realizar una ofrenda hay que pasar por el rito de la purificación, principalmente por medio del agua, aunque también se usa a veces la sal ―por ejemplo en el sumo que es un deporte con mucho ritual shinto― o el fuego. Como en cualquier mezquita que se precie ―también en las iglesias católicas, aunque reducido el símbolo a la mínima expresión, se encuentran a la entrada pilas de agua (bendita)―, a la entrada de todos los santuarios shinto hay una fuente con agua para las abluciones, aquí testimoniadas en manos y boca. Los japoneses son extremadamente limpios y, según noticias que de allí me han llegado, no se ve basura por ningún sitio, ciudades, calles, plazas, campos, caminos… Y los santuarios, todos en lugares preciosos y espléndidamente cuidados, brillan, además, por su limpieza.

temizuya

Otro concepto importante en toda religión  es el más allá. En el shinto antiguo el lugar al que van los muertos se parece mucho al Seol judío o al Hades griego. Un lugar lóbrego, triste, oscuro, sin especiales penas ni tampoco alegrías, la Tierra de Yomi. En el siglo XIX esto va a cambiar y, por necesidad ideológica, se van a construir algo parecido a nuestros cielo e infierno. Luego lo comento.

Tierra de Yomi

Como se ve, aunque los japoneses nos parecen tan extraños, en el fondo no lo son tanto. Pocos cambios tuvo que hacer Kurosawa para adaptar las intrigas escocesas de Macbeth al Japón medieval. Bien podía decir Séneca con toda la razón: patria mea totus hic mundus est.

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HISTORIA.

El libro nos ofrece un esquemático pero ilustrativo resumen de lo que ha sido la religión en Japón desde la prehistoria a la actualidad que divide en tres grandes períodos: 1.- Shinto antiguo (prehistoria – 794 e.c.); 2.- De Nara a Norinaga (794-1801); y 3.- Desde el fallecimiento de Norinaga a la actualidad (1801-2002). Quizá el último apartado debía haberlo desglosado en dos, pues hay una gran diferencia en el shinto, su significado y su práctica, tanto popular como oficial, antes y después del año 1945.

Las peripecias y transformaciones del shinto fueron numerosas, y pasó de ser una religión chamánica y animista en inmediato contacto con la naturaleza, a convertirse en fundamento y pilar del nacionalismo militarista que llevaría a Japón desde el orgulloso imperialismo invasor a la humillación y la derrota.

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1.- Hasta 794 e.c.

Ya lo he dicho varias veces, el shinto en sus orígenes no es sino una religión animista en pleno contacto con la naturaleza que está poblada por kami, dioses, espíritus ―especialmente de difuntos―  y otras fuerzas naturales que se muestran al ser humano, a veces propicias, a veces hostiles. Los kami pueden ser apacibles, amables, benefactores, alegres, pero también se manifiestan con una gran voracidad y mala uva, o mal arroz, porque todos ellos suelen ser bastante amigos del sake y las fiestas. Los que tratan con ellos, para neutralizar su peligro o atraerlos a su causa, son los chamanes, que eran especialmente mujeres, y que tenían la especial virtud de interactuar con esa otra dimensión que, aunque comparte la realidad con los humanos, estos no siempre la podemos percibir.

Por entonces el territorio se lo repartían distintos clanes, tribus o familias ―uji―, y cada uno tenía su kami protector. Amaterasu, diosa solar, era el kami  del uji de  Yamato, y a la par que este clan se hacía con un gran poder territorial, aquella ascendía hasta ser el principal representante del panteón shinto, que, por cierto, era enorme, más de ¡ocho millones de dioses! ―El ocho, para el shinto es como el siete para los judíos, símbolo de la totalidad―. Recuerdo que Marduk también se hizo con el trono de los cielos mesopotámicos conforme crecía el poder de su protegida, Babilonia.

Amaterasu

En el siglo VIII, a instancias de los estamentos dirigentes, como suele pasar ―ahora me viene a la cabeza Josías―, se compiló por escrito todo el bagaje de tradiciones legendarias que conformaban la religiosidad de aquellos pueblos, que hasta entonces eran de transmisión oral, y que servirán de base para la justificación histórico-mítica del sistema imperial.

Dos proyectos, dos encargos y dos frutos, cada uno con su peculiaridad en cuanto a la función que les tocará representar a cada uno de ellos: el Kojiki y el Nihonshoki.

kojiki

El Kojiki parece que pretendía servir de preservación cultural para consumo de los propios japoneses. El Nihonshoki pudiera tener un interés más diplomático para mostrar su cultura a los pueblos vecinos, Corea y, sobre todo, China, incluso a Persia dicen que llegó. Este se escribió en chino, la lengua franca y culta de entonces por aquellos pagos, el Kojiki en un japonés arcaico que comenzaba su andadura sobre el papel y cuyo sistema de escritura aun no estaba del todo definido por lo que el resultado causaba un poco de desconcierto en los lectores. Norinaga, auténtico enamorado del Kojiki, dedicó más de treinta años de su vida a realizar una edición a la vez moderna y absolutamente respetuosa con el texto original.

Ambos tratan la historia de Japón desde la creación del mundo ―o de las islas japonesas, según se mire―  hasta el siglo VIII, pero el Kojiki se entretiene más en el período mítico y el Nihonshoki  se ocupa especialmente de la casa imperial durante los siglos VI-VIII. Cuando relatan las mismas cosas parece que no hay especiales contradicciones entre ellos.

La función principal de ambos no era sino la legitimación del gobierno de los emperadores de la familia Yamato que se hacían descendientes de Amaterasu. Recurrir a dioses y tiempos míticos originarios para legitimar un gobierno también es algo bastante frecuente en el mundo.

Estos textos no tienen el carácter sagrado, revelado o inspirado  como pasa en otras religiones a las que se las llama “del libro”, en especial las tres grandes monoteístas.

Por entonces el shinto no contaba con una doctrina que lo hiciera exclusivista por lo que resultó muy permeable al contacto con otras formas religiosas o políticas, como el budismo o el confucianismo.

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2.- Del periodo Heian a Norinaga (s. XIX).

El budismo había ido entrando en las islas japonesas desde el siglo VI y en el IX llegó el budismo esotérico que se desarrolló en las escuelas shingon y tendai, y más tarde en los siglos XII y XIII, el zen y el nichiren. El budismo aportó al shinto la fundamentación filosófica de la que este carecía y formaron entre los dos un duradero sincretismo que encontraba intercambiables sus símbolos, como los mantras que se identificaban con los norito ―ambos suponen el poder de las palabras―, los kami con los bodhisattva celestiales, o la importancia de un corazón atento y puro, makoto no kokoro. Para las dos religiones el mundo es materia y espíritu a la vez y todo está lleno de vida.

Una buena muestra del fruto de este sincretismo podría ser el teatro que participa de la disciplina y el progreso espiritual zen, y de las danzas rituales, temas o la estética minimalista shinto.

El segundo huésped que se asentó en Japón fue el confucianismo chino. Nunca me ha parecido a mí el confucianismo una religión sino más bien una filosofía política. En todo caso aportó a la sociedad japonesa una justificación o legitimación de la jerarquía de clases e introdujo los importantes conceptos de piedad filial y lealtad. Mientras que el budismo promovía, al menos en teoría, una sociedad más igualitaria y ponía especial énfasis en la educación, para el confucianismo era más importante un sistema social ordenado y estratificado en el que las clases inferiores debían absoluta lealtad a las superiores, y todas al estamento más elevado, al emperador, hasta el límite del autosacrificio ―kamikaze, kami de los vientos―, bien entendido que lo importante es la colectividad en la que cada elemento, cada individuo, no tiene valor por sí solo sino en cuanto parte del conjunto, por lo que dar la vida por el emperador es, en realidad, dar la vida por la comunidad, y por extensión, dar la vida por uno mismo. O eso dicen.

El bushidō, la vía del guerrero, es un buen ejemplo de sincretismo a tres bandas, autenticidad, pureza de corazón y gobierno imperial son influencias shinto, jerarquía, piedad filial, lealtad y condición sagrada del emperador, aportaciones confucianas, y el autocontrol y la disciplina interior, budistas.

A lo largo de este extenso periodo del que se trata en este capítulo, no siempre fueron amistosas las relaciones entre las tres religiones-filosofías. Aunque la tensión más dramática llegará en el siglo XIX cuando se proclame la pureza nacional y se condenen influencias extranjeras.

Entre tanto los monasterios budistas habían ido adquiriendo un gran poder tanto cultural como militar y muchos monasterios contaban con importantes ejércitos.

Menos éxito tuvo un tercer visitante, allá por el siglo XV, que no quería confundirse con nadie, que traía una verdad absoluta incompatible con cualquier otra y que, si los japoneses se querían salvar, debían dejarse de tanta tontería, de tanto mito, de tanta fantasía y besar la cruz de Cristo. Tuvieron que salir de allí pitando, víctimas de una despiadada persecución. Algún rescoldo quedó, pero las iglesias cristianas en Japón no se consolidarían hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando los norteamericanos obligaran, a fuerza de cañón, a los japoneses a abrirse al mundo y permitir la libertad religiosa, supongo que muy a su pesar en plena restauración Meiji.

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Durante el periodo Heian, mientras la diletante nobleza se dedicaba a la dolce vita, y al dolce far niente entre suspiros amorosos y poesías que se arrojaban unos a otras y viceversa, embebidos en la contemplación de la fugacidad de la flor de cerezo, los samuráis fueron tomando posiciones y cuando ya les cansó tanta blandería decidieron poner la casa patas arriba y se acabó la paz ―Heian significa, precisamente, paz y tranquilidad―. A raíz de las constantes guerras se organizó una importante aristocracia militar, incluso, como ya he dicho, proliferaron también monjes budistas guerreros. A partir del siglo XVI la situación se estabilizó y el sogun ―general, jefe, cacique― Ieyasu Tokugawa se hizo con el control del poder que detentaría su estirpe al margen del poder imperial, que como otras veces, no fue más que un puro elemento decorativo, hasta la restauración Meiji.

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3.- NORINAGA (1730-1801).

Norinaga

Poco a poco fue naciendo en algunas personas la idea de que confucianismo, taoísmo y budismo no eran sino elementos contaminantes de la auténtica identidad japonesa y se organizaron para una limpieza étnico-cultural. Y para ello se volvió la vista hacia los orígenes míticos y nacieron los kokugaku, los Estudios Nativos en busca del yamato damashii, el espíritu japonés original.

Motoori Norinaga ―finales del siglo XVIII― concentró sus energías en la religiosidad shinto, y en especial en el Kojiki, al que le dedicó toda la vida, y eso que no es demasiado largo ―la edición castellana de Trotta tiene 282 páginas contando el prólogo, índices y gran cantidad de notas―. En este libro veía la compilación del auténtico espíritu japonés y reprochaba a budistas y confucianistas la excesiva dependencia del racionalismo que perturba el acceso al mundo de los kami, al que se llega más con el kokoro que con la mente. Pura mística.

De acuerdo con Norinaga, cuando usamos la razón disolvemos el misterio en lugar de descubrir los lazos íntimos que le unen con nosotros, corremos el riesgo de distorsionar la naturaleza verdaderamente maravillosa de la realidad. Si todo tiene sentido, no queda lugar para el asombro.

Si observamos las características que Kasulis atribuye a Norinaga y a su obra,  me atrevo a decir que el sabio japonés era un auténtico romántico en el sentido más espiritual del término. Su nacionalismo no era invasor ni excluyente, tenía una visión nostálgica e idealizada del pasado, propugnaba un pacifismo que debía tener como fundamento un corazón puro ―makoto no kokoro―  y veía necesario un retorno a la cualidad femenina del ser humano, dejando de lado la violencia y otros desafueros de los samuráis. Su ideal estético se encontraba en la época Heian.

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4.- De  ATSUTANE (1776-1843) al final de la guerra (1945).

Atsutane

De muy distinto talante va a ser la aportación de Hirata Atsutane, que se presenta como discípulo de Norinaga aunque esto no queda muy claro en el texto, y más parece que el autor está hablando de un auténtico charlatán reaccionario o un activista político radical e intolerante que de un auténtico filósofo o reformador religioso, pero esto es una impresión mía, quizá no lo entendí bien. Su beligerancia nacionalista tendrá poco que ver con las posturas casi gnósticas de su maestro.

Su fuente de inspiración será no solo el Kojiki, como en Norinaga, sino, además, las creencias populares de las que pensaba que eran las que mejor transmitían la esencia del pueblo japonés, lo que escondía detrás una postura claramente antiintelectualista. Su nacionalismo será agresivo y excluyente y preconiza la expulsión de lo que él denomina bárbaros, o sea, extranjeros ―¡nihil novum sub sole!―, y no solo eso, sino además imperialista. Algo así decían algunos grupos nacionalistas irlandeses: sinn  fein, nosotros solos ―no sé si la traducción será correcta, lo vi en una película del teniente Colombo―, y ahora también lo dicen algunas opciones políticas por toda Europa. El valor que Atsutane le da al pueblo llano parece indicar una posición antielitista, sin embargo reverencia al emperador por encima de todo, incluso, como pasa en una mentalidad fanática, por encima de la propia vida de vasallo. Parece que su lema era:

Reverencia al emperador, expulsión de los bárbaros.

¿A qué me suena? En fin, continúo. Para que este mensaje pudiera ser aceptado por los que tendrían que dar vida y hacienda, había que cambiar la idea tradicional que el shinto tenía sobre el otro mundo, porque poco interés podía tener nadie en morir por ninguna causa si el resultado final era el mismo para todos, para leales y desleales. Había que organizar un más allá al estilo zoroástrico, musulmán o cristiano, con premios  especiales para los fieles y abnegados mártires y castigos despiadados para los demás.

Esta mentalidad nacionalista, excluyente e imperialista fue el componente principal del shinto hitara, que más que una corriente religiosa o espiritual era ya una excusa o un puntal de una incipiente ideología nacionalista y militarista que llevaría a los gobernantes japoneses a meterse en guerras que terminarían en la catástrofe atómica de 1945.

Estas nuevas corrientes de pensamiento añadidas por un lado a campesinos descontentos con el sogunato Tokugawa y por otro a señores feudales leales al emperador, llevaron a la restauración Meiji que  contó con importantes apoyos tanto intelectuales como populares y militares.

En 1868 el emperador volvió a tomar las riendas del poder. Como elemento legitimador utilizó, como suele ser habitual, la religión ―aquí, en España, lo sabemos muy bien―. Se proclamó un Shinto de Estado que establecía la naturaleza sagrada del emperador y se purgó de toda influencia extranjera, especialmente del budismo contra el que se desató una feroz persecución, ante la que los budistas tampoco se quedaron sentados en la posición del loto, sus monasterios tenían importantes ejércitos, pero al final fueron neutralizados.

Para condescender con los norteamericanos ―que desde 1854 habían mostrado su poder en el puerto de Shimoda, a las puertas de la bahía  de Tokio―, la constitución Meiji de 1889 proclamaba la libertad religiosa. Sin embargo el Shinto de Estado era algo más que una religión y no se podía ir en contra de sus preceptos aunque se practicaran otras religiones. Algo así como en el Imperio Romano en el que se permitía que cada cual profesara la religión o adorara a los dioses y diosas que les viniera en gana pero no se eximía a nadie, excepto a los judíos, de participar en el culto al emperador que estaba por encima de toda esa variedad religiosa.

Los santuarios shinto, ya liberados de la contaminación budista, fueron nacionalizados y se instituyó el Shinto de Estado que más que una práctica religiosa era una responsabilidad civil que obligaba a todos los ciudadanos a creer en la sacralidad del trono y a ofrecerle su lealtad incondicional. La ideología nacionalista que destacaba la pureza de la esencia del estado japonés la llamaban kokutai. El profesor Kasulis reconoce la dificultad para la traducción de este concepto, mucho más rico que lo que acabo de decir.

Las expresiones auténticamente religiosas o espirituales shinto se realizaban a través de lo que se llamó shinto de secta, que no tenía especial significación negativa, era simplemente la práctica religiosa del shinto al margen de los deberes oficiales que imponía el Shinto de Estado.

Desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, Japón desarrollo una política imperialista y no les fue mal al principio. Ocuparon importantes zonas del continente, China, Manchuria, Indochina, Corea, y otras islas hacia el sur, como Filipinas. Como en todas las guerras, no fueron pocas las atrocidades que los japoneses cometieron en los territorios ocupados. Espeluznantemente famoso fue el llamado Escuadrón 731.

https://es.wikipedia.org/wiki/Escuadr%C3%B3n_731

Como en tantos y tantos episodios de la historia de la humanidad ―recordemos la tremenda manipulación a la que Hassan ibn Sabbah sometió a sus fedayines, por no mentar historias más próximas en el tiempo y en el espacio―, las autoridades japonesas habían convencido a sus súbditos de que su individualidad no tenía sentido por sí misma sino que lo importante era la pertenencia al grupo, algo así como si se tratara de una colmena de abejas o una colonia de hormigas. La vida de cada individuo no valía nada, solo la comunidad era importante y que, dando la vida por ella se ganaba más que se perdía. Tan viejo como el mundo. Y, también como siempre, la religión era una poderosa arma al servicio de las reinas de la colmena.

Pero, ay, las glorias en este mundo son vanidad. En 1945 cayeron sobre Japón dos tremendas bombas que ni los ocho millones de kami de las Altas Planicies Celestiales fueron capaces de detener. Los japoneses, atónitos, escucharon en la propia voz del emperador, que salía de sus aparatos de radio, que no era ningún dios, sino tan mortal como cualquiera y que, además, el pueblo japonés no era superior a otras etnias ―¡bien lo habían comprobado algunos!― y, por si fuera poco, que el gobierno se ha de basar en el consentimiento del pueblo. Los norteamericanos habían llevado la democracia al Japón.

bomba atómica

Aunque el emperador hubiera perdido su carácter divino no perdió su impunidad y, por razones que no he visto nunca claras, aunque se barajan bastantes, el general MacArthur libró a Hirohito de un juicio por crímenes de guerra que hubiera sido humillante no solo para su persona sino para todo el pueblo japonés dada la ideología que se les había inculcado.

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5.- 1945

A partir de la constitución redactada e impuesta por los norteamericanos, y que sigue vigente desde entonces, se impuso en Japón una democracia liberal en la que se establecía, entre otras cosas, la libertad de culto y la laicidad o neutralidad religiosa del estado. Y allí, a pesar de todo su bagaje histórico y cultural, sí que se respetó esta norma, no como, por ejemplo, en España después de 1978 donde se siguen concediendo honores públicos a vírgenes, santos y otras reliquias y donde instituciones y cargos públicos siguen participando, como tales, en rituales religiosos, católicos, claro, nada más que católicos.

Por aquel tiempo el estado japonés dejó de apoyar económicamente a los santuarios que, desde entonces tienen el carácter de asociaciones religiosas privadas y se valen por sí solos,  bastante bien además.

La organización y características del shinto después de la guerra la comentaré con más detalle en la reseña del libro de Sokyo Ono, Sintoísmo, la vía de los kami.

sokyo ono contraportada

El shinto en la actualidad está muy vivo y forma parte de la forma de ser de Japón y los japoneses. Modela su vida cotidiana, los cánones estéticos y sus estructuras mentales, afectando tanto a los que practican esa religión como a los que profesan cualquier otra o ninguna, que también los hay, claro. El shinto ha vuelto a sus orígenes de llevarse bien con cualquier otra concepción religiosa, es compatible con todas.

Que las manifestaciones religiosas shinto por parte de los japoneses sean sinceras y nazcan de su kokoro identitario es algo que yo no puedo valorar. Si aplico la analogía según lo que veo en mi propia cultura en la que el cristianismo no es, en la mayoría de los casos ―por supuesto conozco personalmente honrosas excepciones―, más que un barniz debajo del cual no hay esencia espiritual alguna, y que no consiste más que en el consumo irreflexivo de tradiciones religiosas… Bueno, no quiero hacer suposiciones sobre una sociedad que no conozco nada más que por la literatura.

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No me queda más que hacer referencia a la polémica que tienen por aquellas lejanías a vueltas con el santuario Yasunuki, en Tokio, cuyas circunstancias hacen recordar vagamente a nuestro popular Valle de los Caídos. Allí se veneran dos millones y medio de difuntos, identificados uno por uno individualmente, que dieron su vida por el emperador en empresas militares desde 1853 hasta 1945. La polémica viene por dos frentes. Uno, si no lo he entendido mal, porque la estancia en ese enorme camposanto de los fieles difuntos es independiente, incluso, de la voluntad de las familias, allí se quedan quieran o no quieran los familiares. Y, segundo, que en el santuario están venerados, como otros leales más, los que merecieron el reproche internacional como criminales de guerra.

Yasunuki

Los críticos dicen que en el santuario se proclama una retórica bélica que tiene por héroes a los que no fueron sino criminales. Es cierto que Yasunuki se ha convertido en centro de peregrinación de la extrema derecha japonesa. Los que justifican la veneración de estos personajes difuntos  aducen que crímenes se cometieron en ambos bandos, lo que me parece un argumento bastante flojo. Otro que tiene más que ver con la espiritualidad shinto mantiene que los kami en los que se convierten los espíritus difuntos que obraron mal en su vida, en concreto los autores de aquellos crímenes horrendos, son kami que mantienen un especial estado de ansiedad y que pueden resultar incluso violentos y peligrosos, así que allí, en el santuario, están bien custodiados para que su negatividad no perjudique a los vivos. Si es así, mejor que no se escapen.

Es muy difícil juzgar desde la España del siglo XXI  este caso, y recurrir a la analogía no siempre da buenos resultados. Sin embargo es bien cierto que cuando en este polémico santuario ha habido algún acto oficial, más o menos explícito, como la visita de un primer ministro, aunque haya sido a título particular, no ha gustado nada en países que fueron víctimas de los atropellos japoneses durante la guerra, como Corea, Filipinas o China, y que se producen enérgicas protestas.

https://www.eldiario.es/politica/ministro-polemico-santuario-Yasukuni-Tokio_0_595640460.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Santuario_Yasukuni

 

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En resumen, un librito muy agradable de leer que nos ofrece un marco estupendo y básico para el conocimiento de aquella apasionante cultura.

4 comentarios sobre “Shinto. El camino a casa — THOMAS P. KASULIS

  1. Sólo quiero puntualizar una cosilla de nada, a riesgo de resultar repipi. en japonés “Kamikaze” quiere decir “viento de los dioses” y no al revés. Este tipo de estrucutras se construyen como el genitivo sajón: “makoto no kokoro” es “corazón de sinceridad”, “Kimono” de “kimasu” y “mono”, es “cosa de ponerse”…. Y así todo, incluso “shinto” de “shin” y “to” (en chino) sería “camino de los dioses, con ese “to” tan frecuente como “do” en “aikido”, “bushido”, etc. El término proviene de un tifón que en el siglo XIII se cargó dos veces a la flota de Kublai Khan, que tenía intenciones de invadir Japón. En aquel caso debió de ser que los ocho millones de kami se pusieron a soplar como si fuera su cumpleaños, pero con las bombas atómicas, lamentablemente, no pudieron.

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    1. Lo que es una chica lista! En el libro viene como yo lo he puesto pero te creo a ti más que a la letra impresa, sobre todo con los argumentos contundentes que utilizas

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