El clamor de la montaña — YASUNARI KAWABATA

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YASUNARI KAWABATA

El clamor de la montaña

 

Ediciones G.P. Barcelona. 1971

 

Se acusa, a veces, a Murakami de ser más occidental que japonés en sus escritos. A parte de que esto no me parezca ningún defecto, como la acusación sugiere, hay que reconocer que leyendo a Murakami, un occidental se siente como en casa incluso en esos mundos entre lo mágico y lo maravilloso que recrea. El meta-universo o los códigos de conducta que subyacen  son reconocidos como próximos y no se necesitan notas aclaratorias.

Cuando se lee a Kawabata la cosa cambia. Entramos en un mundo más lejano, más extraño, cuyos vínculos sociales y familiares están regidos por costumbres muy distintas a las occidentales. La forma de comportarse en los distintos ámbitos de la vida, las normas de buena educación en el comer, en el vestir, en la higiene o en el ocio, valores estéticos o principios morales.

Todo resulta mucho más extraño que, por ejemplo, la vida y costumbres de pueblos semitas, persas o norteafricanos sobre los que parece que se difunde, en algunos medios, un discurso de absoluta diferencia –o alteridad, que queda más erudito− con el occidente cristiano, como si el cristianismo fuera originario de Albacete y no una religión helenista con raíces semitas y persas.

Con Japón sí que se ha tenido poco contacto. Los misioneros jesuitas que intentaron llevar el cristianismo a aquellas remotas islas tuvieron un éxito relativo en su propósito y muy poco, o nada, trajeron hacia aquí de aquellas maneras de vivir y de entender el mundo. No hace tanto que comer sushi en Madrid era toda una aventura, mientras que las berenjenas de Almagro se han vendido siempre como si fueran más castizas que el barberillo de Lavapiés, aunque es de Siria de donde proceden.

Para más complicación, la sociedad japonesa ha cambiado mucho a lo largo del siglo XX al haberse hecho muy permeable a influencias occidentales, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, aunque los cambios más importantes en lo que a redes y sistemas familiares se refiere se habían producido antes, cuando una institución basada en la familia extensa, el ie, perdió terreno frente a un modelo familiar  que tiene como soporte un matrimonio monógamo, generalmente basado en el amor o afecto mutuos de los cónyuges, y su descendencia. Lo que en occidente se llama familia nuclear. Los conflictos, que necesariamente surgen en todos los cambios sociales, y que provocó la sustitución de un sistema familiar por otro, son el trasfondo de Namiko, novela del escritor japonés –y cristiano− Tokutomi Roka.

El clamor de la montaña está ambientada después de la guerra, alrededor de 1953. La familia nuclear ya se había instalado en la sociedad japonesa que, además, estaba muy marcada por los desastres de la guerra. Los escenarios, al contrario que en Murakami, se recrean en ambientes tradicionales, con sus puertas correderas de papel, sus rincones domésticos casi sagrados –el tokonoma–, adornados con kakemono e ikebana, o su curioso kotatsu, especie de mesa camilla con su brasero, que parece tan acogedora como la nuestra o más. La familia vive en un pueblo, cerca de Tokio, en una casita unifamiliar con su pequeño jardín. Los personajes visten kimonos, que se ciñen con el obi, calzan getas y se arrodillan en el tatami. Cultivan bonsáis, recitan haikus, y en la sobremesa se charla sobre el teatro noh y se debate con entusiasmo, al amor del brasero, sobre las distintas tradiciones de la ceremonia de té, unos, vehementes defensores de la escuela Rikyu, otros de Enshu. Los hombres, cuando van a sus oficinas donde trabajan, visten a la europea, con chaqueta y corbata.

La primera dificultad que con la que topé al empezar a leer la novela fue la desconcertante cacofonía de los nombres propios. Estoy seguro de que ninguno de ellos está allí por azar. Este viejo volumen que releo tiene algunas notas a pie de página muy ilustrativas, pero no dan el significado de los nombres. Solo de uno de ellos, de manera indirecta, por tener relación con un personaje tipo del teatro noh, se nos dice el significado: kiku, crisantemo.

Menos mal que son pocos, si no me habría perdido sin remisión. El sufijo –ko hace de la palabra que precede un nombre de mujer −parece que esta costumbre está en desuso en el japonés moderno, como me ha digo alguien que entiende; un personaje de una novela de Murakami, por ejemplo, es Yuki (nieve), antes habría sido Yukiko−, lo que convierte al conjunto de nombres femeninos en un auténtico trabalenguas: Kikuko, Kuniko, Kunuko, además de Yasuko y Fusako.

Los protagonistas varones solo son dos, y  ¡menos mal!, Shuichi y Shingo, que también, hasta que se acostumbra el oído a los sonidos se vive en la confusión. Pasada la primera impresión de desconcierto todo es más fácil de lo que parece.

Hay temas que, aunque aparentemente nos suenen muy familiares, como el matrimonio, el aborto, el suicidio o la eutanasia –que aparecen con más o menos relevancia en la novela−, la visión que de ellos se tiene en el Japón de mediados del siglo XX, puede ser sustancialmente distinta de la nuestra.

El matrimonio ―que algunos nos quieren hacer creer que es una institución natural y universal―, aunque esté muy occidentalizado, en el sentido de la monogamia y del derecho absoluto que cada uno de los cónyuges tiene sobre la actividad sexual del otro, por lo que se ve en la novela, era de relativamente fácil disolución. Sin poder entrar en detalles que desconozco, se trasluce que el divorcio dependía únicamente de la voluntad de una de las partes, igual para la mujer que para el hombre, y que se resolvía con un no muy complicado procedimiento legal. Antes, en plena vigencia del sistema ie, todo era bastante distinto, pero eso lo veré en otra parte, cuando le llegue su turno a Namiko.

El aborto es siempre un drama más o menos intenso, pero nunca una fiesta, ni una juerga, ni un capricho, como se presenta algunas veces en los fragores de los debates a favor o en contra. Por lo que se ve en la novela, el aborto en Japón por aquel entonces, era de fácil acceso, legal y aceptado socialmente, no hacía falta más que dinero para pagar la operación. Ello no suponía que dejara de ser un trauma para la mujer que se veía en la necesidad de pasar por ese trance, que se enfrentaba, además, a agudos conflictos internos, emocionales y sentimentales, aunque no parece que hubiera reproche social, que no es poco.

ceremonia del té

***

AWARE

Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra […], es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz […]. (D.Q. II, 62)

Hace ya tiempo que en filosofía se renunció a traducir la palabra griega logos que se ha incorporado a los idiomas modernos tal cual, con todo su imponente significado que se resiste a traducciones superficiales. También con esta palabra japonesa habría que hacer otro tanto. Aware no tiene correspondencia exacta en castellano porque se trata de una manifestación muy particular de aquella cultura.

Así lo define Jaime Fernández, traductor de la novela, en una pequeña introducción, muy ilustrativa, por otra parte:

Tristeza de las cosas, tristeza compasiva de lo efímero bello; reconocimiento de que lo bello, lo pleno, ha de pasar; contemplación triste, inmersión en las cosas, sintonía melancólica que alimenta y enriquece el corazón.

aware

Aunque mejor que las palabras es la sensación con la que uno se queda leyendo. El drama familiar y humano que se relata se vive con una particular serena zozobra por parte del protagonista. Muy lejos de los estereotipos occidentales que habrían aportado a los mismos problemas, universalmente humanos, muy distintos planteamientos y soluciones.

La novela  rezuma aware en cada una de sus páginas porque aware es la actitud del protagonista ante la vida, ante sus alegrías y sus tristezas. Su sensibilidad percibe la belleza tanto de lo grande como de lo pequeño, desde el majestuoso monte Fuji o preciosos y tranquilos monasterios budistas o sintoístas, hasta las flores del cerezo caídas al suelo en primavera o el graznido del milano. El protagonista posee una exquisita capacidad de observación para captar la belleza allí donde se encuentre, sea a través de estímulos grandes o pequeños.

Pero la contemplación de la belleza  proporciona un placer agridulce que no es fácil de entender para un occidental, más propenso al arrebato místico ante lo bello sin otras implicaciones que las placenteras. El sentimiento aware vive intensamente lo bello pero es consciente de su fugacidad que, en el caso de la novela, hace al protagonista relacionar esas impresiones con su propia finitud y decadencia. No parece que se relacione la belleza con lo agradable y el optimismo, sino todo lo contrario. El protagonista se mueve entre la contemplación y el pesimismo. En un momento rememora una canción del teatro noh que recuerda la desazón del más pesimista de los poetas de todos los tiempos, el sirio Abú Al-Ma’arri.

Si antes de nacer pudiéramos sabernos, / si antes de nacer pudiéramos sabernos, /  ni padres que se apiaden /  ni hijos que nos amen y nos lloren / tendríamos…

¿Se podría, quizá, comparar el aware a la triste languidez con la que un romántico alemán del siglo XIX contemplaría el lento y cadencioso caer de los pétalos de una rosa mientras la sujeta entre sus manos, o a unas ruinas perdidas en un bosque e iluminadas por el claro de la luna,  que inundan los espíritus de fugaces impresiones sobre el ser y la nada? ¿Son aware  Debussy, Bécquer, Antonio Machado, Gaspar Sanz, Chopin, Amália Rodrigues…?

romanticismo alemán

***

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • SHINGO. 62 años
  • YASUKO. 63 años, esposa
  • LA HERMANA DE YASUKO.  No es propiamente un personaje de la novela, pero marcó el destino de los esposos Shingo y Yasuko. No sabemos su nombre.
  • SHUICHI, hijo de Shingo y Yasuko.
  • KIKUKO, su esposa.
  • FUSAKO, hija de Shingo y Yasuko. Esposa de Aihara.
  • SATOKO, hija de 4 años de Fusako.
  • KUNUKO, hija de 1 año de Fusako.
  • EIKO. Joven oficinista,  empleada en el despacho donde trabaja Shingo.
  • KINUKO. Amante de Shuichi.
  • IKEDA. Compañera de Kinuko.

 

La novela está escrita en tercera persona, quizá para marcar una cierta distancia y con ella aportar mejor perspectiva, pero el narrador nos presenta el relato a través de la mirada de Shingo, el auténtico protagonista. Es desde su interior desde el que se contempla el drama. Sus sentimientos, sus vivencias, sus impresiones, su angustia, que por ser aware, no es escandalosa sino tranquila y serena, lo que no significa menos dolorosa.

Estoy seguro de que una lectura superficial como la mía se pierde mucho de la riqueza simbólica que se intuye a cada momento. Igual que dije con los nombres propios, no creo que ningún elemento, ninguna situación estén ahí por casualidad. Por supuesto que está bastante claro la importancia del curso de las estaciones, pero otras cosas no tanto. Las alas de las cigarras que le gusta arrancar a Satoko, la hemorragia de Kikuko por la nariz o su cicatriz de nacimiento, los cerezos en flor, el milano y otros pájaros, los insectos, las culebras, las campanas del monasterio zen.

jardín

Algunos son más evidentes, como los huevos de avestruz y de serpiente con los que sueña en cierta ocasión Shingo, o como la alegoría de las truchas del final. Otros, para nuestra fortuna, están explicados, como la vinculación de Kikuko, a través del nombre, con el personaje del noh, Jidó, que representa al eterno joven. Ya dije que kiku es crisantemo, que es  la flor de Jidó. O también el mal presagio que suponía la caída de una castaña en el momento del brindis nupcial de Shingo y Yasuko.

Entremedias de la historia principal, como aderezos que complementan el contexto vital de Shingo, se apuntan historias paralelas. A veces leídas en los periódicos, como esa pareja de ancianos que huye de su casa para suicidarse, o la noticia de los muchos abortos que se producían en aquel tiempo entre adolescentes. Otras sacadas de la vida de antiguos amigos o compañeros de Shingo, normalmente en razón de sus respectivos entierros. Toriyama, que tenía pánico a su mujer que lo maltrataba; Miyamoto, que quería tener siempre cerca una buena dosis de cianuro para poder escapar a tiempo de la enfermedad; Mizuta, a quien la muerte sorprende cuando estaba de lío con una mujer en un balneario; o Kitamoto, que no asume su vejez y se arranca obsesivamente las canas.

El ámbito familiar en el que se desarrolla la historia es bastante simple: Shingo y Yasuko comparten la casa con su hijo Shuichi y su nuera Kikuko. También su hija Fusako, después de abandonar a su marido con el que tiene una mala relación, se irá a vivir con ellos, junto con sus dos hijas, la terrible Satoko y la pequeña Kunuko de un añito de edad.

El matrimonio de Shuichi y Kikuko tampoco va bien. Shuichi es irritable e informal, tiene una amante, Kinuko, y le gusta beber más de la cuenta. A veces es violento y desconsiderado, muy marcado por la guerra en la que tuvo que participar como soldado en el frente. Por supuesto no podrá afrontar la responsabilidad de la paternidad, lo que tendrá importantes repercusiones, tanto para su esposa como para su amante.

El desasosiego con el que cada personaje vive su drama particular contrasta con la serenidad de los escenarios donde se desarrollan, serenos entornos domésticos del Japón más tradicional. Sin embargo la procesión va por dentro.

Empezando por Shingo, el protagonista. Su vida y la de su esposa estuvo marcada por la hermana de Yasuko, que había muerto hacía ya unos cuarenta años, cuando tenía veinte. La hermana de Yasuko era hermosa, Yasuko menos. Shingo estuvo perdidamente ―adverbio que, en un espíritu aware, habrá que entender bastante descafeinado para nuestra mentalidad occidental―  enamorado de ella. Pero se casó con otro. Yasuko, por su parte estaba enamorada de su cuñado que, quizá prefirió a la hermana por su mayor belleza. Cuando la hermana murió, Yasuko se entregó en cuerpo y alma a servir a su cuñado y a sus sobrinitos. La entrega de Yasuko llegaba hasta la humillación, y Shingo, incapaz de soportar aquella situación, le propuso el matrimonio como refugio para ambos.

Aquella castaña que cayó del árbol en el momento del brindis nupcial  presagió un matrimonio sin demasiada felicidad, como así fue. El espíritu de la hermosa hermana de Yasuko planeó siempre, como una sombra, sobre aquel matrimonio. Los hijos que vinieron, Shuichi y Fusako no ayudaron a la felicidad de los esposos, y también, como si fuera una maldición de la familia, llegarían a vivir desdichados matrimonios, lo que entristecía mucho a Shingo.

[Shingo] ―Pero si hay que juzgar la vida de un padre respecto al triunfo o fracaso de la vida conyugal de los hijos, entonces, no creo haber triunfado.

Ahora Shingo se siente próximo a la muerte. Sus amigos y compañeros van muriendo. Su mundo familiar se descompone, como si fuera el protagonista de El rey se muere de Ionesco. Le acecha la vejez y la decadencia. Reflexionando sobre sus tristes circunstancias, personales y familiares, en una tranquila tarde de verano…

Se escuchaba el sonido del rocío nocturno cayendo entre las hojas de los árboles. Y, de pronto, Shingo oyó el clamor de la montaña.

Aquello fue un mal presagio, aunque reconozco que no es un símbolo fácil de interpretar desde la razón, pero con un poquito de esfuerzo de concentración y empatía, se puede llegar a sentir un extraño desasosiego.

fuji

***

Con la llegada de Kikuko a la familia se habían despertado viejos fantasmas y se va a reproducir, en cierta medida, la historia de Yasuko y su hermana. Esta nueva versión va a ser protagonizada por Kikuko y por Fusako. Kikuko es hermosa y se va a casar con un hombre que, de ninguna manera, la merece. Fusako es menos agraciada. De cuerpo esbelto y proporcionado, el rostro no hacía juego con él. En una palabra: era fea, circunstancia que, quizá, la llevó a contraer un matrimonio con un hombre desgraciado que tampoco la hará feliz.

El inconsciente de Shingo, que a veces se deja ver a través de sus sueños, identifica a su nuera con su cuñada y le va a profesar un especial afecto. Fusako notará esto y se sentirá celosa de la atención que su padre presta a la mujer de Shuichi en perjuicio del que ella cree merecer.

Fusako abandonó a su marido, Aihara, porque la convivencia era imposible. Aihara se drogaba y no tenía el necesario valor para afrontar la vida. No trabajaba y la situación económica del matrimonio era mala. Shingo los ayudaba en ocasiones. Quien también estaba en una situación lamentable era la madre de Aihara a la que Shingo, con su buen corazón, procuraba ayudar aunque en secreto. No sé si conocería aquella máxima evangélica de cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt 6, 3), pero eso era exactamente lo que hacía con la madre de Aihara. La desdichada vida matrimonial de Fusako quizá fuera la causa de que su hija de cuatro años, Satoko, fuera una niña rebelde y violenta, es posible que también miedosa.

El destino de Aihara será extraño. Una noticia en el periódico parece que habla sobre su suicidio junto a otra mujer en un hotel, pero la cosa no está tan clara. Por si las moscas Fusako acelerará los trámites del divorcio. Al final no se sabe bien si queda viuda o divorciada.

Tampoco en casa de sus padres se sentirá Fusako cómoda del todo. A veces se sentirá como una carga, otras sufrirá los celos por la atención que su padre dedica a Kikuko.

Al final de la novela se reflexiona sobre el apogeo y la decadencia de la vida con la metáfora de las truchas que ponen huevos y bajan después al mar a morir, pero algunas quedan extraviadas en los remolinos del río, “truchas que quedan”. ¿Es Fusako una “trucha que queda”?

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Kinuko, la amante de Shuichi representa un papel subalterno aunque nada fácil. Shingo intentará hablar con ella para pedirle que rompa la relación con su hijo. La trata con respeto y nunca parece que la haga responsable de nada. El auténtico responsable a los ojos de Shingo y Yasuko no es otro que su propio hijo. La motivación última que mueve a Shingo a intentar que la relación de su hijo con Kinuko acabe será el interés de Kikuko que sufre el alejamiento y la desconsideración de su marido que le causan gran tristeza.

Kinuko  mostrará con entereza ante Shingo. Ella también es objeto de malos tratos por parte de Shuichi y reclama su propia dignidad. Kinuko es una viuda de guerra, una circunstancia desgraciada muy frecuente entonces.

Yo devolveré a este hombre, si me devuelven a mi marido muerto en la guerra.

Cuando Shingo le sugiera que aborte el hijo del que está embarazada de Shuichi ella se negará con rotundidad. Shuichi también había intentado obligarla a abortar, con bastantes menos modales que su padre, y ya  no le importará a Kinuko renunciar a su amante, incluso lo agradecerá, pero no renunciará a su hijo.

Si Shingo es el protagonista, el segundo papel en importancia es, sin duda, Kikuko  ―¡ya verás como alguna vez me equivoco y pongo el nombre que no es!―. La causa de sus desdichas es, sin duda, su marido, aunque ella se encuentra muy a gusto en casa de Shingo. Incluso planteando la posibilidad del divorcio no querría abandonar su casa. Shingo y Kikuko se tienen gran cariño. Ya he dicho que Shingo veía en Kikuko una representación de su cuñada. Cuando él entrevea esto por los contenidos de sus sueños, se asustará.

La frustración de Kikuko es la maternidad. Pero cuando el embarazo se produzca será en una situación emocional tan complicada que decidirá abortar. No llegué a saber muy bien si por iniciativa propia o por sugerencia, imposición o requerimiento de su marido. Un detalle desagradablemente importante es que a Shuichi, que no andaba muy bien económicamente, no se le ocurre otra que pagar el aborto de Kikuko con dinero de su amante Kinuko. El caso es que aquello supuso una gran tristeza para Kikuko y también para Shingo que, aparte de sufrir con la pena de su nuera, sentía además la frustración por la falta de descendencia legítima.

Fue muy explícito su sueño en el que veía un huevo de avestruz y otro de serpiente. Solo este último era fecundo y se veía dentro una culebrilla.

También el sueño de Yasuko fue de fácil explicación: soñó que su casa del pueblo se desmoronaba.

Después de que Shuichi abandonara a su amante, en la familia se sugirió que, para mayor compromiso y compenetración entre él y su esposa Kikuko, ambos deberían dejar la casa paterna e irse a vivir solos, pero Kikuko no quería dejar a Shingo con quien había establecido un vínculo que quizá fuera más allá de lo razonable o, incluso, lo permitido. ¡Siempre platónicamente, aware, no vayamos a pensar…! ¿Debería Shingo conceder la libertad a Kikuko por el bien de ella?

Cuando esta idea pasó por su cabeza, Shingo volvió a oír un misterioso ruido, esta vez en el cielo.

La novela acaba así, sin final, sin resolución de conflictos. Cada personaje seguirá cargando con sus frustraciones y sus limitaciones en aquel sosegado ambiente doméstico. Shingo y Yasuko quizá por poco tiempo ya.

 

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