Judit — ANÓNIMO

Judith

ANÓNIMO

Judit

  • Las citas bíblicas son de:
  • Biblia de Jerusalén. Ed. Desclée de Brouwer. Bilbao 2009 (BJ)

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Otras biblias usadas:

  • La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino. Traducción Luis Alonso Schökel. Comentarios “equipo internacional”. Ediciones Mensajero. Bilbao 2009 (BNP).
  • Sagrada Biblia. Por Francisco Cantera Burgos y Manuel Iglesias González. B.A.C. Madrid, 2009. (BCI).

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Se trata de un pequeño cuento de exaltación patriótica ―Judit no significa sino “la judía”― escrito, probablemente, en los optimistas tiempos del siglo II a.e.c. en el que tras la revuelta de los Macabeos, el pueblo judío parecía haber recuperado su independencia y, más de siete siglos después, el esplendor del antiguo reino de David. Vana ilusión, pues tras vencer a los Seléucidas ―Antíoco IV Epífanes había intentado terminar con la cultura judía e imponer la helénica, todo a lo bruto, por la fuerza― los judíos no dejaron de rivalizar entre ellos, hasta que en los años sesenta a.e.c., en plena contienda civil, los dos bandos en conflicto solicitan la ayuda de Pompeyo que andaba por allí, y este, en vez de apoyar a uno u otro, decide quedarse Judea para él, vamos, para Roma.

El autor no pretende hacer historia, aunque utilice, junto a nombres inventados ―Holofernes, Betulia― otros históricos, como Nínive o Nabucodonosor, personaje al que hubiera dado lo mismo llamar Napoleón o Julio César ―si los hubieran conocido entonces, claro―. Sin embargo, en defensa del prestigio del verdadero Nabucodonosor habrá que decir algo sobre él, porque en esta historia sale mal parado y no solo nunca fue vencido verdaderamente por los judíos, sino que fue una auténtica pesadilla para ellos.

Nabucodonosor (el auténtico)

nabuco

Para empezar se dice en la historia que era asirio y que tenía su capital en Nínive, que es como decir que Napoleón era emperador del imperio romano y vivía en Roma. Nínive, capital asiria, había sido arrasada por su padre Nabopolasar, que había fundado el imperio que los historiadores llaman “Neobabilónico”, en razón a su famosa capital Babilonia.

Nabucodonosor, que vivió entre los años 605 a.e.c. y el 562 a.e.c., era caldeo y el terror, entre otros, de lo que quedaba por entonces de los asirios. Fue el principal gobernante de su tiempo y nunca sufrió reveses importantes en el campo de batalla frente a sus principales enemigos, los asirios ―ya de capa caída― y los egipcios, que intentaban volver a primera línea de la política internacional. Mucho menos tuvo la más mínima derrota frente a los judíos que soportaron en varias ocasiones el acero toledano de su afilada y triunfadora espada.

Acabó con la dinastía que el rey David había fundado hacía ya más de cuatro siglos, y que nunca más volvería a reinar ―al menos en este mundo terrenal, porque en el plano escatológico, para algunos, la monarquía davídica ha sido restaurada por Jesucristo―. Al último rey de esta dinastía, Matatías ―también llamado Sedecías―, por si alguien dudaba de lo atroz que Nabucodonosor podía llegar a ser con los traidores, después de matar a todos sus hijos en su presencia, y para que esta entrañable escena fuera lo último que viera en la vida, le sacó los ojos. Luego, cargado de cadenas, se lo llevó como trofeo a Babilonia.

Bien es verdad que solo actuaba así con los que consideraba traidores, y no con los enemigos vencidos en noble guerra, pues anteriormente había derrotado a otro rey judío, Joaquín o Jeconías, que no había sufrido más pena que la deportación a Babilonia, donde parece que fue tratado bastante bien permitiéndosele llevar una vida muelle y relajada.

Después de acabar con Sedecías, para terminar de una vez con los judíos, que eran como una china en el zapato en su guerra contra Egipto, deportó a los que quedaban del anterior exilio, arrasó Jerusalén y destruyó su templo, buque insignia del judaísmo de entonces que había sido construido por Salomón cuatro siglos atrás.

***

Y ahora, puesto a Nabucodonosor en el sitio que le corresponde en la historia, nos metemos en el universo de fantasía del relato, donde Nabucodonosor es asirio, su capital Nínive, Betulia un lugar de Judea, “el abadejo truchas, el pan candeal y las rameras damas y el ventero castellano del castillo.”

Judit, la judía valiente.

  1. La guerra.

Después de otra tediosa noche en el harén, cansado de ver los mismos cientos de cuerpos de siempre ―¡ay, qué traballo!―, el asirio Nabucodonosor se levanta decidido a romper con la rutina y el aburrimiento. Como los poderosos de entonces no tenían más distracción que el amor y la guerra ―no se habían inventado todavía el pádel, ni los viajes al Caribe, ni los casinos―, ordena a sus generales que vayan preparando el ejército. Echa un vistazo al entorno internacional y se decide por Arfaxad, rey de los medos. A parte de diversión, en esta campaña, como en todas, también se buscaban gloria, riquezas y territorio, pero sobre todo riquezas, que gustaban tanto como ahora, por muchas que ya se tuvieran ¡la codicia humana ni ha tenido ni tiene límites!

Para esta aventura solicita el apoyo de los demás reinos de por allí, pero todos se lo niegan. La fama de Nabucodonosor era todavía poca, y ninguno de los reyes vecinos se lo toma en serio. Pero poco le importaba a Nabucodonosor, que había solicitado apoyo más por cortesía que por necesidad. Mejor, así no tendrá que repartir con nadie el botín.

Pero que se fueran preparando para soportar su venganza todos los que lo habían menospreciado. Vencido Arfaxad y conquistada Ecbátana, su orgullosa capital, sin mayores dificultades, Nabucodonosor emprende una campaña de castigo contra ellos. Nombra general del ejército vengador a Holofernes que avanza al mando de sus tropas por el Creciente Fértil como una plaga de langostas, arrasando por donde pasa, sin dejar títere con cabeza.

Conforme avanza se va corriendo la voz. Los pueblos que se encuentran en el camino de esta plaga vengadora, y que ven la que se les viene encima, se percatan de que es mejor rendirse cuanto antes, pedir humildemente disculpas, prometer que no lo harán más y que serán, de aquí en adelante, fieles súbditos de Nabucodonosor. Holofernes no pretendía destruir por destruir, le bastaba con el reconocimiento de su superioridad, la sumisión y el vasallaje. Dos condiciones habían de aceptar los pueblos que se rendían para evitar la devastación: una era, por supuesto, el tributo que debían pagar -¡faltaría más!- y otra la destrucción de los templos y lugares sagrados para que Nabucodonosor fuera el único soberano, en el cielo y en la tierra. Ante una amenaza de tal calibre, y viendo lo que habían hecho a los demás pueblos, todos aceptan renegar de sus dioses y adoptar a uno nuevo. ¡Qué más daba uno que otro!, ¡había tantos! Y este tenía poderosos argumentos.

  1. Terra Philisthiorum.

Pero mira por dónde, bajando hacia Palestina ―en latín “terra Philisthiorum”, o sea, de filisteos, nombre que le dieron los romanos a mala idea, para fastidiar a los judíos―, se encuentra Holofernes con el reino de Judá, el reino del sur del antiguo y dividido reino de David ―el reino del norte, Israel, había ya pasado a la historia invadido por los asirios, los verdaderos asirios, no los de esta historia, en el 722 a.e.c.―.

Los judíos son un pueblo orgulloso, celoso de sus tradiciones, y sobre todo fieles a su Dios, y no están dispuestos a renunciar a ello así como así. Pagar el tributo sí lo aceptarían, de mala gana claro, tampoco se exige que se dé con alegría, pero su templo que no se lo toquen. Además que si los judíos son celosos, también es celoso, y mucho, su Dios, Yahvé. Ya otras veces que han adorado a otros dioses han degustado el terrible aliento de su cólera. Así que se enfrentan, por un lado, al miedo a Holofernes, y por otro al temor a su Dios ―temor en los dos sentidos de miedo y respeto y devoción―. Los líderes en Jerusalén, deciden, por penoso, duro y arriesgado que fuera, por su templo y por su Dios, resistir. El cordero se dispone a hacer frente al tigre.

La resistencia se organiza desde la capital, donde el sumo sacerdote detenta el poder, pero el primer contacto con el ejército invasor se va a producir en Betulia. Hacia ella se dirige Holofernes triunfante.

En el camino hacia el país de los hebreos Holofernes recibe informes detallados sobre ellos de parte de Ajior, jefe de los amonitas, uno de los pueblos que habitaban aquellos territorios a quien Holofernes ya había sometido. Ajior le explicó quiénes eran los judíos, de dónde venían y cuál era su punto débil. Le resumió su historia desde que Abrahán, cuando todavía se llamaba Abrán, salió de Ur de los Caldeos camino de la tierra prometida, hasta el retorno del exilio en el siglo VI a.e.c.

Según Ajior la clave del éxito o fracaso de la empresa de Holofernes estaba en la fidelidad del pueblo judío hacia su Dios: Si habían sido infieles Él los castigaría, utilizando en este caso, porque es lo que más a mano tenía, el ejército de Holofernes, que los podría someter sin mayor dificultad a su poder. Pero si los israelitas se habían portado como Dios manda y no habían incumplido sus mandamientos, especialmente si no habían adorado a otros dioses, que era lo que más irritaba a Yahvé, Holofernes y su poderoso ejército ya podían ir dando la vuelta porque no tenían nada que hacer, si Yahvé estaba con su pueblo fiel, nadie, ni en este mundo ni en ningún otro, podría vencerlo. “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? como diría más tarde san Pablo ―Rom 8, 31―.

Es seguro que Holofernes no pudo evitar la risa ante tan ingenua insolencia, y sin hacer caso de Ajior, continuó la marcha con la intención de exterminar a los judíos, que no solo habían menospreciado a Nabucodonosor negándoles la ayuda que les solicitó, sino que ahora, con gran temeridad, se le resistían. Ajior, naturalmente, tenía que ser castigado por las manifestaciones derrotistas que había hecho, pero, en vez de darle su lección inmediatamente, y para que el castigo fuera ejemplar y, además, con algo de emoción, lo despachó para Betulia, diciéndole que ya se enteraría él del poderío del ejército asirio cuando entrara en la ciudad.

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  1. El asedio.

Nosotros, clases medias de países desarrollados, que vivimos en ciudades abiertas, y para quienes el monstruo más grande que atormenta nuestras pesadillas es el paro, la troika y la señora Merkel, no podemos imaginar lo que debía ser ver cómo un tremendo ejército de hombres despiadados y armados hasta los dientes se iba acercando poco a poco a tu ciudad, cuyas murallas parecerían de cartulina ante lo que se acercaba; que van a violar a tus hijas, que se van a comer a tus hijos y que a ti, después de sacarte los ojos y arrancarte la piel, te van a colgar de un palo al solecito del desierto para que mueras despacio. Y no pensemos que por ser moneda corriente en aquellos tiempos la gente de entonces estaría más acostumbrada y sentiría menos pavor del que sentiríamos nosotros. Seguro que los infartos no los ha inventado la sociedad del progreso y de la técnica y que más de uno terminaría sus días ante la vista de lo que se avecinaba. Temblaban ante la visión del ejército que se aproximaba, pero, además, temblaban ante el terrible intervalo de tiempo que había desde la llegada a las puertas de la ciudad hasta su entrada en ella: el asedio.

Murallas tan fuertes como las de Constantinopla, que resistieron durante siglos las acometidas enemigas, no las había. Pero aunque las murallas fueran firmes, no lo era todo, ni siquiera lo principal. La acumulación de provisiones y, más importante, disponer de vías de aprovisionamiento era de vital importancia. Sin ello ni todas las murallas del mundo serían suficientes. Aparcado el jinete de la guerra a las afueras de la ciudad, otro de los jinetes del Apocalipsis se acercaba sigiloso día a día: el hambre. Si no pueden entrar los víveres en la ciudad, después de terminar con todas las existencias, los asediados se comen tolo lo que encuentran, perros, gatos, ratas, y otras cosas que nuestros saciados paladares calificarían de inmundicias: cadáveres humanos, incluso unos a otros se comen. Dependiendo de las provisiones iniciales de que se dispusiera en la ciudad sitiada, podían aguantar meses, incluso años, esperando el milagro de la retirada del ejército sitiador por puro aburrimiento o la llegada de ayuda, porque hacerles frente era impensable. Pero algo más inmediato y urgente era necesario para una resistencia duradera: el agua, que para nosotros es un bien que casi ni tenemos en cuenta, con un pequeño toque a una palanca la tenemos en nuestra propia casa, potable, incluso calentita. Si no había agua la resistencia no iba más allá de unos cuantos días. La propia orina y la sangre de los caballos y otros mamíferos no daba para mucho. Controlar las fuentes era la mejor arma de la que disponían los atacantes para lograr una rendición rápida.

Las que proveían de agua a Betulia estaban, para su desgracia, fuera de las murallas. Holofernes no tuvo más que apoderarse de ellas y esperar tranquilamente.

***

En la asediada Betulia Ajior es recibido por las autoridades, con quienes ahora comparte la suerte, y les informa de lo que se les avecina.

También eran conscientes de lo que ya había dicho Ajior a Holofernes: si habían sido fieles a su Dios, no tenían nada que temer, Él los salvaría, si no… Pero ¿cómo tener la seguridad de que Yahvé no estaba enojado con ellos? ¡Había tantas normas!, ¡era tan fácil el desliz!, ¡Yahvé se enfadaba tan a menudo! No tuvo compasión del más grande de los profetas, del mismísimo Moisés, a quien impidió entrar en la tierra prometida por quítame allá unas pajas, después de haberle servido fielmente durante cuarenta años.

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En principio tenían la conciencia tranquila. El pecado que más odiaba el celoso Yahvé era la adoración de otros dioses, y ellos eran inocentes de tal culpa. Aun con esta conciencia de no haber faltado a la fidelidad a su Dios, en todos los rincones de la ciudad sitiada se alzó un clamor hacia el cielo pidiendo su favor y ayuda. La gente hacía penitencia, ayunaba y cubría sus cabezas con ceniza. Bien sabían ellos que Yahvé es más propicio si se acude a Él con el pelo enmarañado por la ceniza, vestido de arpillera y con el estómago vacío que si se va bien vestido y con la cara lavada y recién peiná ―como la niña de mis amores ¡qué guapa estás! ― ¡Cosas de Dios! ¡No pretendamos entrar en los abismos insondables de lo numinoso!

El caso es que los betunianos clamaban y clamaban y volvían a clamar, y los días pasaban y pasaban y volvían a pasar, y la situación era cada vez más penosa. Hasta que ya el pueblo que por aquél entonces quizá fuera más soberano de lo que lo es ahora, llegado al límite de su capacidad de sufrimiento solicita de las autoridades la rendición. Mejor convertirse en esclavos que perecer ―¡lo que es el apego a la vida!―. La única ayuda que esperaban solo del cielo podía venir, pero no venía. Los jefes de la comunidad eran ya de la misma opinión, pero antes de rendirse le dieron a Dios un plazo de cinco días para que, al menos, mandara una señal que confirmara que estaba con ellos, y qué mejor señal que la lluvia. Así que se pusieron a mirar el cielo por si caía de él la bendita agua que apagaría la sed de sus gargantas y llenaría sus pozos. Si en cinco días no llueve se rendirán. Si hubieran hecho rogativas sacando en procesión a la virgen de Manjavacas ni Dios podría haber evitado la lluvia.

  1. Judit.

En esas estaba el pueblo, a punto de ser doblegada su voluntad por el miedo, cuando se presenta ante la asamblea una mujer, bien conocida de todos: Judit, viuda, aunque todavía joven, hermosa y atractiva, rica pero humilde, intachable en la virtud, y por si fuera poco, valiente y lista. Con tanta humildad como aplomo, reprocha al pueblo y a sus jefes la falta de confianza en el Señor, y el desatino que supone darle un ultimátum como se pretendía. Ella confiaba plenamente en que no los dejaría desamparados. También confiaba en su pueblo, y en que en estos tiempos, no como en otros pasados, nadie había adorado a otros dioses, que sería la única razón por la que Yahvé los dejaría desamparados en las manos de sus enemigos.

Aquí me parece un poco temeraria Judit. No digo que me parezca mal que confiara en su Dios, pero se arriesga demasiado al confiar de igual manera en su pueblo, que, en el pasado, había caído en la idolatría y en la desobediencia al tres por dos.

Haga bien o no, Judit se muestra plenamente confiada. Pero no se queda en los reproches, ni se sienta de brazos cruzados a esperar a ver cómo los salva su Dios. Ella cree en el principio “a Dios rogando y con el mazo dando”. Tenía un plan. Un plan arriesgado, pero la confianza en su Dios le daba todas las fuerzas que necesitaba. No contó a los suyos en qué consistía, solo pidió que la dejaran hacer. Interpelada con tal autoridad, la asamblea no pudo menos que otorgar a Judit su beneplácito para que pusiera en marcha su proyecto.

Judit se retira. Después de encomendarse encarecidamente a su Dios, se despoja de sus humildes vestidos de viuda penitente y se enfunda sus mejores galas, se baña, se perfuma, se pone una cinta en el limpio y peinado cabello, se adorna con sus más ricas joyas, y esplendorosa, como si fuera a arrasar en Paris la nuit, sale de la ciudad camino del campamento enemigo. La acompañaba su fiel doncella llevando en unos cestos provisiones kosher, es decir, alimentos de los permitidos por sus leyes.

  1. En el campamento enemigo.

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En el camino es detenida por los soldados asirios que vigilaban los alrededores de la ciudad, y que, de haber tenido, se habrían puesto sus gafas de sol para no verse deslumbrados por el resplandor que irradiaba Judit. Puesto que no habían sido inventadas todavía, no pudieron hacer más que entornar los ojos, al mismo tiempo que se quedaban pasmados y con la boca abierta ante aquella visión.

Cumpliendo con su obligación la detienen, y ella les dice que quiere ser conducida ante el general en jefe de las tropas porque tiene un mensaje para él. Si hubiera sido yo allí mismo habrían terminado con mi vida, pero una mujer guapa es una mujer guapa. Así lo hacen y la llevan ante Holofernes, que también se queda boquiabierto, y cuya sangre se va encendiendo mientras escucha el mensaje de Judit, no por lo que oye, sino por lo que ve, claro. Judit le explica que ha huido de su pueblo para salvar la vida, porque no podrán resistir al ejército asirio; que lo que le había dicho Ajior era cierto, que si su Dios estaba con ellos no podrían ser derrotados, pero que estaban a punto de caer en un terrible pecado, después de lo cual Dios los abandonaría a su suerte. El pecado al que se refiere es que, acuciados por el hambre, se van a comer las ofrendas del templo, lo que está totalmente prohibido. En el momento en el que lo hagan Holofernes podrá atacar, pero no antes, pues hasta que eso no suceda Dios está con su pueblo y no puede ser vencido.

Holofernes pregunta si falta mucho para eso y que cómo sabrá ella cuándo sucederá. A lo primero Judit contesta que en pocos días se cometerá el fatal pecado, a lo segundo que ella cada mañana bajará hasta el río que separa el campamento asirio de su ciudad para hacer sus abluciones rituales, donde su Dios le comunicará el momento en el que se haya cometido la fatal ofensa. Con esto la astuta Judit está preparando su vía de escape, pues el arroyo está fuera del campamento, y necesitará el permiso de Holofernes para abandonarlo cada mañana. Por supuesto Holofernes le concede el permiso para abandonar el campamento al amanecer, dando órdenes a su guardia para que la dejen salir todos los días. Mientras llega el momento propicio para el ataque Judit sería su invitada. Las tiendas de campaña que utilizaban aquellos hombres poderosos no eran como las que usamos nosotros cuando vamos al campo, sino auténticos palacios, Judit dispuso de una habitación para ella y su doncella.

Judit permanecía en sus aposentos, y cada mañana abandonaba el campamento para hacer sus rituales mañaneros. Los guardias, obedeciendo las órdenes le dejaban el paso franco.

Los días pasaban y Holofernes no podía soportar más el deseo ¿qué clase de hombre sería y qué pensarían de él si dejaba escapar aquella belleza sin haberse acostado con ella? (12, 12). Pero no quería recurrir a la fuerza.

  1. Holofernes el macho.

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Una noche invita a cenar a sus más próximos oficiales, y pide a Judit que los acompañe. Judit, que ve cómo el gran momento se acerca, acepta la invitación con la única condición de que le dejen comer de sus propios alimentos. Ya reunidos Holofernes aparenta conversar distendidamente con sus generales, pero con el rabillo del ojo no deja de mirar al objeto de su deseo. Fiero y valeroso en el campo de batalla, tiembla ahora como un adolescente mientras mira de soslayo a la mujer a quien quiere seducir, buscando el valor que necesita en el fondo de los odres de vino que vacía sin descanso.

Holofernes, que se hallaba bajo el influjo de su encanto, [de Judit] bebió vino tan copiosamente como jamás lo había hecho en toda su vida.” (12, 20)

Terminada la reunión todos se retiran y se quedan solos Judit y Holofernes, pero este con una borrachera tan descomunal que, no digo yo acostarse con Judit, ni tenerse en pie podía, y cayó desmayado. ¡Valientes hombres que se comen el mundo con la punta de su espada y caen abatidos sin violencia alguna víctimas de la serena belleza!

Y aquí llega la hora de Judit, que con aplomo y entereza, sin que le temblara la mano ni se le agitara la respiración ―esto no lo dice la historia, pero me lo imagino yo―, cogió la propia espada de Holofernes y, ¡zas!, le cortó la cabeza. Dos golpes necesitó para hacerlo ―esto sí lo dice la historia―. Guardó la cabeza en su hatillo y esperó a que fuera la hora en la que salía cada mañana del campamento. Sin infundir la menor sospecha, con su criada y la cabeza del soberbio enemigo bajo el brazo, Judit cruzó las guardias, que, como tenían por costumbre, la dejaron pasar camino del río.

Caravaggio Judith Holofernes

Pero esta vez no se detuvo en él, sino que continuó hasta su ciudad, donde fue recibida por sus paisanos que no daban crédito a lo que veían, y menos a lo que vieron cuando Judit mostró su trofeo. Los jefes, ya sin autoridad alguna, que habían delegado tácitamente en la generala Judit, le preguntaron qué habían de hacer ahora. Sus órdenes fueron formar las tropas en orden de ataque fuera de las murallas, pero sin atacar. Cuando los asirios los vieron preparados para el ataque corrieron a avisar a Holofernes, al que, con toda discreción no habían querido molestar hasta entonces, pues le hacían dulcemente dormido en los brazos de Judit. Pero lo que encontraron cuando llegaron a su dormitorio fue otra cosa muy distinta.

  1. Hiere al pastor, que se dispersen las ovejas.” (Za 13, 7)

Conocida la noticia el terror se propagó por todo el ejército asirio, y más cuando vieron cómo desde las almenas de Betulia se exhibía con ostentación la cabeza de su general. Como si se tratara de un hormiguero pisoteado por los chiquillos, los soldados asirios comenzaron a correr sin orden ni concierto en todas direcciones intentando huir, pues un ejército dependía totalmente de su jefe, si este muere la batalla se daba por perdida.

Ahora sí que fueron valientes los ciudadanos de Betulia y de toda Judea, haciendo leña del árbol caído. Persiguieron a los asirios en su huída, mataron a todos los que pudieron y se cobraron un gran botín. ―El auténtico Nabucodonosor no habría dejado las cosas así.―

Ajior el amonita viendo las grandes obras de Yahvé, se convirtió al judaísmo, se circuncidó “y quedó anexionado para siempre a la casa de Israel” ―14, 10―. Habían olvidado los encargados de aceptar aquella conversión que el mismo Yahvé había prohibido: “Ni el amonita ni el moabita serán admitidos en la asamblea de Yahvé; ni aun en la décima generación serán admitidos en la asamblea de Yahvé, nunca jamás.” ―Dt 23, 4―. Para los comentaristas de la Biblia de Jerusalén esta conversión es una rehabilitación de los amonitas, aunque a mí me parece, por la claridad y contundencia del texto del Deuteronomio ―“nunca jamás” dice Dios―, una vulneración de sus preceptos.

Judit, colmada de honores, volvió, por su propia voluntad, a llevar su anterior vida de humilde y sobria penitencia, sin hacer ostentación de su riqueza ni aceptar las incontables solicitudes de matrimonio. A los 105 años tuvo el detalle de manumitir a su doncella, que no sabemos si lo seguiría siendo a esa edad. Y entregó su espíritu.

  1. Reflexiones a porfía.

cabeza-de-Holofernes-colgada-en-el-muro-de-betulia-y-Judit-decapita-a-Holofernes

Se apresura el comentarista de la BCI a afirmar que

sería minimizar el contenido del libro si viéramos en él una mera aplicación del principio «el fin justifica los medios»”.

¡Excusatio non petita accusatio manifesta! No hay que ser demasiado retorcido para sacar, entre otras, esta conclusión. No voy a ocultar mi simpatía por este personaje, pero los medios que utiliza para liberar a su pueblo son la mentira, el engaño y el homicidio.

Dame una palabra seductora para herir y matar a los que traman duras decisiones contra tu alianza” (9, 13),

le pide Judit a Dios.

En Lv 19, 11 ordena Dios: “no mentiréis, no os engañaréis unos a otros”. [El 9º mandamiento del Decálogo ―el 8º según cuenta la tradición católica desde San Agustín―, lo que prohíbe no es tanto la mentira como el falso testimonio, que no es lo mismo. “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20, 16 y Dt 5, 20). En el catecismo de la Iglesia Católica ―donde se reconocen vagamente los mandamientos bíblicos― se lee: “no dirás falso testimonio ni mentirás” , y no ahorran en tinta ―o dígitos― para justificar el añadido, que no sé muy bien de dónde lo sacan, “ni mentirás”].

Y en el decálogo, 6º o 5º mandamiento, según se cuente, Ex 20, 13 y Dt 5, 17, la contundente orden “no matarás”.

No hay que dejarse impresionar demasiado por esta contundencia en la orden de no matar, pues el mismo Dios en seguida impone excepciones a este mandato: hay que matar a la hechicera (Ex 22, 17); al que “yaciere con bestia” (Ex 22, 18) ―a la bestia también se la mata (Lv 20, 15)―; al idólatra (Ex 22, 19); a los adúlteros (Dt 22, 22); al que trabaje en sábado (Ex 31, 15); al varón que se acuesta con otro varón “como se hace con mujer”, ambos deben morir (Lv 20, 13); “si uno toma por esposas a una mujer y a su madre,[…] serán quemados tanto él como ellas” (Lv 20, 14); en Dt 17, 1-7 ordena apedrear a los que adoren a otros dioses; etc. etc. Y si el mismo Dios hace excepciones, no van a dejar de hacerlas los suyos: en el Catecismo de la Iglesia Católica (2258 ss) se recogen las excepciones tradicionales desde Santo Tomás: la legítima defensa, la guerra justa y la pena de muerte ―esta última está tan condicionada en el catecismo de 1992 que bien se la podrían haber ahorrado, pero la pusieron y puesta está―. No debemos olvidar que hay mortales que, equivocados o no, han negado que pueda haber excepción alguna al “no matarás”, como Gandhi, y algunas tradiciones budistas o hinduistas.

No veo ningún problema, dentro de nuestra tradición occidental, en que no solo absolvamos a Judit por los medios empleados para la defensa de su pueblo, sino incluso que la alabemos por su valor, su osadía, su arrojo, su astucia, su coraje, su temple. En nuestras legislaciones penales se recoge, como causa de justificación ―esto es que aunque se realice la acción prohibida (en este caso matar) no se considera que haya habido delito, y que no hay que confundir con la exención de culpabilidad, en la que sí existe comisión del delito, pero no se declara culpable al autor por determinadas razones― la legítima defensa, con determinados requisitos que en este caso se cumplen.

Aunque quizá habría que hacer la calificación de los hechos atendiendo mejor al derecho de guerra que al derecho penal. En nuestros civilizados tiempos existe en derecho internacional un derecho de guerra, cuando a mi parecer el único derecho de guerra es que no la haya. Los reglamentos de la Haya y las convenciones de Ginebra no dejan de legitimar la guerra como medio para solucionar conflictos internacionales, por más que lo condicionen, y a los que, además, una vez en faena, nadie hace caso. Y si no operibus credite…

En aquellos tiempos no había derecho de guerra, valía todo, pero Judit gana la batalla con el mínimo daño ―otra cosa fue lo que vino después―, sin causar eso que ahora llaman eufemísticamente en los foros políticos “daños colaterales”, como cuando un avión arrasa una ciudad y, por ejemplo, destruye una guardería ¡qué le vamos a hacer, c’est la vie!

En todo momento el personaje, que además de valiente es humilde ―cualidades que no siempre van juntas―, se ve como un mero instrumento de Dios que es el verdadero autor de la victoria.

Me parece a mí que se pasa de humilde, y habría que decir con Santa Teresa de Jesús que “la humildad es andar en verdad” (libro de las Moradas, Moradas sextas, capítulo X.7), aunque la santa de Ávila también se pasa de humilde diciendo a continuación “que lo es [verdad] muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira”.

Yo creo que hay personas que sí tienen cosas buenas, como por ejemplo la misma Santa Teresa y la propia Judit ―aunque sea este un personaje de ficción― y que no va contra la virtud de la humildad reconocer esos valores.

Por otra parte, no me parece ni medio bien el versículo 5 del capítulo 16:

El señor Omnipotente por mano de mujer los anuló”,

porque el papel de Judit queda así reducido al de mero instrumento, poniéndose en tela de juicio su propia libertad ―ya sabemos que Dios cuando quiere respeta la libertad de los mortales y cuando quiere pasa por encima de ella, como hizo con Jonás, por ejemplo― y careciendo de cualquier mérito, como no fuera el de aceptar que Dios la utilizara, y es Dios quien se coloca todas las medallas, cuando la que dio la cara fue ella.

Concediéndole todos los méritos a la propia Judit, me quedo con este fragmento del cántico de acción de gracias del capítulo 16 (16, 6-10):

  • No cayó su jefe ante soldados,
  • ni lo hirieron hijos de titanes,
  • ni gigantes corpulentos lo vencieron,
  • sino Judit, hija de Merarí,
  • lo paralizó con la belleza de su rostro:
  • se quitó su vestido de luto
  • para levantar a los afligidos de Israel,
  • se ungió el rostro con perfumes,
  • sujetó sus cabellos con una diadema
  • y se vistió de lino para seducirlo.
  • Su sandalia cautivó sus ojos,
  • su hermosura esclavizó su alma,
  • la espada le cortó el cuello.
  • Los persas se asustaron de su audacia,
  • los medos temblaron de su osadía.” (Traducción BNP)

***

En resumidas cuentas, se trata de una de las mejores lecturas de las que se recogen en la Biblia. No tiene la fuerza de los libros de los profetas, que es un listón muy alto, pero está muy entretenida y amena de leer, con una historia muy bien trabada y un estilo en la exposición, descripciones, diálogos, que más parece del realismo decimonónico que de literatura antigua.

Eso sí, este libro hay que buscarlo en una Biblia católica ―u ortodoxa―, pues en las protestantes, como la Reina-Valera, no viene. Para estas confesiones cristianas Judit no pasa de ser un libro piadoso, pero que no contiene ninguna revelación divina.

Yo diría que ni falta que le hace. Lo dicho, un libro muy divertido. Lo de los mensajes para nuestras vidas y las interpretaciones místico-alegóricas lo podemos dejar para mejor ocasión, no son imprescindibles para disfrutar con su lectura.

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