La destruición de Jerusalem — ANÓNIMO

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ANÓNIMO

La destruición de Jerusalem

***

Historia del noble Vespasiano, emperador de Roma; cómo ensalzó la fe de Jesu Cristo porque lo sanó de la lepra que él tenía, y del destruimiento de Jerusalem y de la muerte de Pilatos.

Espasa-Calpe. Buenos Aires 1946

Se puede leer enterita en la página del Instituto Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra/la-destruicion-de-jerusalem-la-historia-del-noble-vespasiano/

***

Es esta una obrita encantadora que, desde nuestra perspectiva socio-cultural, se puede ver hasta con ternura por la ingenuidad con la que se trata el desarrollo y los materiales de la narración. Bien cortita, unas 46 páginas nada más. Comparte el volumen que utilizo con otro precioso relato, el de las aventuras del rey Canamor y su hijo Turian.

Poca información he encontrado sobre ella, aparte de que, como ya había imaginado, puede datar de finales del siglo XV. La edición es pésima. Una pequeña introducción de dos páginas, que bien se podían haber ahorrado, y un glosario al final que si hubiera estado intercalado en el texto como notas a pie de página habría resultado de más provecho.

Y no es que se trate de un libro ilegible sin aparato crítico, pero algunas notas, aclaraciones o mínimas explicaciones adicionales se hubieran agradecido. Es un castellano en evolución pero que se entiende perfectamente, no es Los milagros de Nuestra Señora, ni siquiera El conde Lucanor. Es ese entrañable castellano que hablaba don Quijote cuando le daban sus desvaríos caballerescos.

La edición que se puede leer en la página del Instituto Cervantes, de Adolfo Bonilla y San Martí de 1908 sí que lleva algunas notas, pero de escaso interés.

La calificación de “extravagante”, entiendo yo que se referirá más que a su contenido a su difícil clasificación entre las novelas de caballerías que se encajan en dos sagas principales, las artúricas y las carolingias.

El autor parece recoger temas de leyendas esparcidas por toda la cristiandad medieval occidental, sin que parezca importarle un pimiento los anacronismos o las inexactitudes históricas. O no tenía la más mínima idea de la historia o le daba lo mismo.

Aunque la acción está colocada

a cabo de cuarenta e dos años que Jesu Cristo señor fué puesto en la cruz,

el escenario es totalmente medieval. Describe ciudades, estrategias bélicas, o instituciones típicas de la Baja Edad Media occidental.

PERSONAJES PRINCIPALES:

Puesto que los personajes no tienen la menor conexión con la historia no voy a perder el tiempo poniendo lugares y fechas intentando colocarlos en su auténtico marco histórico. El valor de la novela no va por aquí. Tiene otros muchos, pero la historia es una disciplina que se debe quedar del todo al margen en este caso. Lo único que quizá se acomode un poco es que fue Tito, el hijo de Vespasiano, el que, en el curso de la primera guerra judía, asedió y destruyó Jerusalén en el año 70 de nuestra era. Todo lo demás, incluyendo causas y motivaciones, no tiene nada que ver con la realidad histórica, por más que algunos de los personajes sí que sean sacados de ella.

  • VESPASIANO. El cual señoreaba el Imperio Romano e Lombardía e Toscana e Jerusalem e muchas partidas del mundo. […] Este emperador Vespasiano adoraba los ídolos e había grandes riquezas e deleitábase en los vicios carnales de este mundo. Se dice que es hijo de Octavio Augusto.
  • TITUS. Su hijo y comandante de las tropas romanas.
  • GAYS. Senescal de Vespasiano.
  • PONCIO PILATOS. Adelantado del emperador Octavio Augusto y, a su muerte, de Vespasiano. Gobernador de Jerusalén.pilatos
  • BARRABÁS. Senescal de Pilatos.
  • HERODES ARCHILAUS. Hijo de Herodes de quien había heredado el reino de Galilea y que, al tiempo de los hechos, andaba por Jerusalén por las fiestas.
  • JOSEPH ABARIMATIA. Supuesto enterrador de Jesús que habría sido, por ello, encerrado en prisión por los judíos. Se recoge una alusión a la leyenda de que este personaje había sido apresado por los judíos después de su buena acción y liberado prodigiosamente por intervención divina (evangelio de Nicodemo/Hechos de Pilato, y Declaración de José de Arimatea). También se hace una alusión a otra leyenda, esta divulgada, o inventada, por Robert de Boron en los albores del siglo XIII, que lo relaciona con el Santo Grial.200px-Josedearimatea
  • JACOB. Padre de María Jacobé —¿María Magdalena?—. Fiel cristiano que ayudará a Vespasiano en su empresa. Según él mismo cuenta, también ayudó a bajar el cuerpo de Cristo de la cruz.
  • VERÓNICA. Pecadora mujer que dio un poco de consuelo al reo Jesús en su tormento secándole la cara con su paño que adquirirá propiedades mágicas y curativas.
  • CLEMENTE. Piadoso cristiano. Elegido por la divinidad como su portavoz ante Vespasiano y lo señores y el pueblo de Roma. En agradecimiento, Vespasiano lo nombrará apostólico e cabeza de la cristiandad, es decir, papa. San Clemente Romano es considerado por la historia oficial de la Iglesia Católica como el tercer papa, después de Lino y Anacleto.
  • REINA DE ÁFRICA. Así se la llama. Fue la esposa de un rey de África que, al quedar viuda, se marchó a vivir a Jerusalén para servir a la causa de Jesucristo.
  • CLARISA. Dueña a su servicio.
  • JAFEL. Aquí es señor del castillo de Jafa. Se presenta como primo de José de Arimatea y parece que también ayudó en el descenso de la cruz, que debió parecer aquello un jubileo. El hecho de que se le presente como cronista, o amanuense, de la historia y las circunstancias en las que entra en escena, hacen sospechar que bien pudiera ser que el autor tuviera en la cabeza, para caracterizar a este personaje, al historiador Flavio Josefo.

***

La obra se presenta, en un párrafo final, justo antes de la doxología con la que termina el relato, como contada por Jacob e Joseph Abarimatia, aunque difícilmente pudieron ser testigos de muchos de los acontecimientos que se relatan. Y escrita, de su mano, por Jafel.

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EN LA ENFERMEDAD Y EN LA SALUD.

Empezamos con el emperador Vespasiano, que, por adorar a los ídolos y deleitarse en los vicios carnales de este mundo, el celoso guardián de la moral, Nuestro Señor Jesu Cristo,

enviole una enfermedad muy grande y en la su faz.

Y menos mal que no hace esto con frecuencia, porque si no, no íbamos a poder mirarnos a la cara los unos a los otros.

El caso es que Vespasiano recurrió a sus ídolos y a sus médicos y cirujanos para que le curaran aquella enfermedad que le desfiguraba la cara. Pero no había manera.

Su fiel senescal, Gays, le habló de un tal Jesu Cristo del que se hablaba que tenía poderes taumatúrgicos y que fue ejecutado en Jerusalén por su adelantado Poncio Pilatos, y que quizá hubiera por allí alguna reliquia que lo pudiera sanar.

Vespasiano le da orden de ir a Jerusalén a ver si encuentra algún remedio y, de paso, para exigir de su adelantado que pague el tributo a que está obligado y que lleva ya algunos años sin cumplir con ello.

Y para allá que se va el bueno de Gays. En Jerusalén va a conocer a Jacob que le va a hablar de Jesucristo y de una preciosa reliquia con gran poder de sanación. Se trata del paño de la Verónica con el que esta mujer pecadora limpió el rostro de Jesús que, en agradecimiento, la curó de los males que padecía y le dejó impreso su santo rostro en el paño que adquirió con ello poderes milagrosos. Verónica, que debía de tener ya sus añitos, se ofrece a acompañar, junto con su preciosa reliquia, al senescal para curar al emperador.

Primera diligencia cumplida. A Gays le queda ahora otra que no le va a salir tan bien, pues Pilatos se va a negar, abiertamente, a entregar el tributo al emperador, que es una declaración de rebeldía en toda regla, siguiendo el consejo de su senescal, llamado Barrabás, que, con ello, se dice todo, para los lectores de entonces y los de ahora.

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De vuelta a Roma el extraordinario objeto de poder no va a decepcionar y Vespasiano será curado de su mal, bien es verdad que después de renunciar a sus ídolos y de aceptar la fe en Jesu Cristo de la que le pone al tanto Sant Clemente, que se pasa la obra dando sermones y diciendo misas. Es curioso que este personaje, que, según la historia oficial, con sus más y sus menos, fue obispo de Roma a finales del siglo I, sea designado para el cargo, en este relato, por el propio emperador en agradecimiento a sus servicios. También va a ordenar la construcción de una iglesia para la veneración adecuada del mágico paño. Se conservan en la cristiandad varios paños que dicen ser de la Verónica. Dos de ellos, parece ser, en España, en Alicante y en Jaén. Ya he dicho en alguna parte de este blog que lo de las reliquias en el cristianismo es un auténtico novelón.

Pero vamos con Vespasiano que, después de oír lo que hicieron Jesucristo clama venganza y se dispone a realizarla de su propia mano. Al tiempo que hace el viaje aprovechará también para reclamar a su adelantado Pilatos en tributo que le debe. Con la promesa que si todo le sale bien

e como haya tomado venganza en Jerusalem e seré tornado en Roma si a Dios place, yo me faré baptizar e todo el pueblo e todos mis caballeros.

Y para allá que se va, con una expedición organizada como una auténtica cruzada.

El primer puerto al que arribarán será el de Acre, por cierto, puerto muy importante en tiempos de las cruzadas, las auténticas, las de los siglos XI y XII. De allí asediarán el castillo de Jafa, gobernado por Jafel.

El relato de la destrucción el castillo de Jafa y la salvación de su jefe, Jafel, es singularmente parecido al que Flavio Josefo hace del asedio y conquista de la ciudad de Jotapata del que el propio Josefo logró salvarse de la misma manera que aquí Jafel, y ambos se convirtieron después en asesores del emperador.

Y la forma en la que ambos personajes, el real y el imaginario, se salvaron de la conquista de la fortaleza fue de las más mezquinas que se cuentan en toda la historia universal: Un grupo de los asediados había logrado escapar pero quedaron atrapados en unas cuevas. Viendo que no tenían salida, y antes de entregarse al enemigo, deciden darse muerte ellos mismos. Así lo acuerdan pero cuando ya solo quedan dos con vida, Josefo y Jafel, cada uno en su realidad, junto con otro compañero, cambian de opinión y se entregan, curiosamente los dos a Vespasiano, Josefo al auténtico, Jafel al de la novela. Y a los dos perdona la vida, y los dos se convierten en asesores suyos.

EL SITIO DE JERUSALÉN.

A Pilatos no le va a llegar la camisa al cuerpo cuando vea al ejército de Vespasiano acampado frente a su ciudad. Y, además, estaba rodeado de consejeros ineptos que le van a dar muy malos consejos. Por una parte el senescal Barrabás, y por otra el rey Archilaus, que andaba por allí. Los dos le incitaron a resistir al emperador.

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Pilatos va a presentar batalla a las huestes de Vespasiano y Titus. No va a salir bien parado y, después de perder a 11.940 hombres, frente a solo 3.050 de los atacantes —es mejor no preguntar cómo se llegan a estas cifras, porque las cuentas no salen de ninguna manera—, se va a encastillar en la ciudad que va a sufrir el terror del asedio.

Grande fué la fambre e la careza que era en la ciudad, […] E cuando Pilatos vido que las gentes menudas se morían de fambre e muchos que iban diciendo por la ciudad: ¡Fambre, fambre!, tóvose por mal andante e hobo gran dolor de las gentes que se morían de fambre.

Un asedio es una cosa muy seria y allí se vivieron escenas extremadamente dramáticas que comentaré en otro apartado.

Viendo Pilatos que su resistencia no conducía a ningún sitio pidió clemencia al emperador, pero Vespasiano, que quería vengar la muerte de su nuevo señor Jesu Cristo, le dijo que de ninguna manera. El rey Archilaus también suplicó al emperador y tampoco lo atendió, esta vez por un delito cometido por su padre.

Bien ves tú que no es razón que nos te tomemos a merced. Esto por cuanto tu padre a gran tuerto fizo matar los inocentes, porque acertase en el sancto profeta Jesu Cristo, por miedo que cuando sería grande que le quitaría la tierra […]. E por esto que tu padre fué malo e no hobo merced de los infantes e inocentes que fueron por cuenta ciento cuarenta y cuatro mil [!!!], los cuales murieron por aquel sancto profeta Jesu Cristo, e tú pagará la su muerte e la su iniquidad.

Vespasiano era un tipo riguroso. Y el pobre Archilaus, viendo lo razonable de los argumentos y no quedándole ya ninguno en su defensa, se quitó la vida por su propia mano.

El final es inevitable. Pilato se rinde sin condiciones y Vespasiano entrará en Jerusalén que la va a dejar hecha una ruina aunque, curiosamente, el Templo lo va a salvar de la destrucción.

E después todas las otras casas fueron derribadas, salvo el tempo de Salomón e la torre de David, ca Dios no quiso que fuese derribado.

Vale. Lo que ellos digan.

Con los judíos que quedaron vivos después de la masacre, el emperador se propuso hacer un y para vengan simbólicamente la muerte de Jesucristo, los vendió a sus hombres. Si el Nazareno fue vendido por un judío por treinta monedas, Vespasiano va a vender a sus caballeros lotes de treinta judíos por una moneda. ¡Ocurrente!

Pero no mataron a todos. Algunos quedaron vivos. Con ellos se propuso Vespasiano utilizar otra técnica de tortura, para vengar bien vengada la muerte de Jesu Cristo. Los colocó en unos barcos sin alimentos y sin jarcias ni aparejos de ninguna clase que lo hicieran gobernable, y los abandonó en el mar. Pero he aquí que nuestro señor Jesu Cristo interviene en el asunto.

[Jesu Cristo] salvó todas las naves e cuantos dentro eran e vino a arribar la una nave en Inglaterra e la otra en Burdeos e la otra en Narbona e todos salieron sanos e salvos, de la cual osa hobieron gran gozo y placer, e cuidaban que Dios lo había hecho por amor de ellos…

Pero los caminos del Señor son retorcidos y resulta que no, que no lo hizo por amor de ellos, sino por motivaciones bastante más rastreras y miserables.

… e hízolo porque a todos tiempos fuesen vituperados e denostados e escarnecidos de todas las gentes por la su muerte.

O sea, ni más ni menos que los salvó para que siguieran sufriendo, ellos y su descendencia.

***

DE VUELTA A CASA

triunfo

Vespasiano y sus gentes vuelven, victoriosos, a Roma, donde, como tenía prometido, es bautizado, él y todos sus caballeros y toda la gente de Roma, por el papa Clemente. Para celebrarlo el emperador ordenó que fueran destruidos todos los templos paganos, y a ello se dedicaron, que o es mal deporte lo de quemar iglesias, siempre que sean las de los otros.

Sin duda no hizo esto el Vespasiano histórico, pero sí lo harán sus sucesores trescientos años más tarde.

A Barrabás ya lo dejaron bien muerto antes de salir de Jerusalén. Pilatos fue llevado a Roma donde fue acusado ante el Senado de la muerte del profeta Jesu Cristo, y condenado a muerte. Lo metieron en un pozo y lo dejaron

ahí atado tan estrecho que no se podía volver ni mover a una parte ni a otra.

Así aguantó el miserable dos años. Después lo abandonaron en una casa que había en el centro de un río y, nada más ponerlo allí, la casa y su inquilino fueron devorados por las aguas, que ya Dios se había cansado. Y el caso es que, el contumaz de Pilatos, después de todo lo que tuvo que sufrir, no se arrepintió de sus actos

mas por cuanto no se arrepintió, nuestro señor Jesu Cristo quiso que fuese compañero del diablo.

***

Algunos episodios he omitido en su momento para dedicarles ahora una atención especial que, ciertamente, merecen. Historias que dicen mucho de la mentalidad de aquella sociedad que produjo este libro, tanto de su autor como de sus destinatarios.

¿DE QUÉ ESTÁN LLENAS LAS BARRIGAS DE LOS JUDÍOS?

Cuenta Flavio Josefo, el auténtico, en su libro La guerra de los judíos (Libro VI, capítulo XV) que algunos de sus compatriotas, para evitar la rapiña y salvar sus propiedades, se habían tragado el oro y la plata que llevaban. Descubiertos, fueron perseguidos con saña para rajarlos de arriba a abajo y sacarles el codiciado tesoro de las entrañas.

Esta historia debió de correr como la pólvora por el imaginario colectivo antiguo y medieval, y no fueron pocas las ocasiones en que judíos de toda Europa fueron masacrados para sacarles el oro que, supuestamente, llevaban en su interior. Especialmente funesta en este sentido fue la expedición popular de Pedro el Ermitaño durante la Primera Cruzada cada vez que llegaban a una ciudad en su camino desde Alemania hasta Constantinopla.

En esta historia se recrea el relato de Josefo. Aquí fue el listo de Pilatos a quien se le ocurrió la feliz idea de reducir a pequeños trozos todo el tesoro de la ciudad para que fuera tragado por sus habitantes y así evitar que Vespasiano se hiciera con él cuando entrara en la ciudad. Así se hizo, y todos engulleron una parte de aquellas riquezas.

Ya dije que cuando el emperador entró en la ciudad vendió a los judíos como esclavos a razón de treinta judíos por una moneda. Un caballero, que había adquirido el primer lote, no sé si por pura diversión o por vengar un poquito la muerte de su señor Jesu Cristo, mató a uno de los que acababa de comprar, con la sorpresa que, al retirar la espada de su cuerpo, comenzó a salir oro y plata de sus entrañas.

Intrigado preguntó a otro de los judíos recién adquirido cuál era la causa de aquel prodigio. El judío le desveló el misterio después de haberle arrancado la promesa de que lo dejaría con vida si se lo contaba todo. Promesa que cumplió como buen y noble caballero que sin duda era. Pero no dejó de percatarse de que el no poder disponer de la vida de su esclavo lo perjudicaba en sus intereses al tiempo que beneficiaba a todos los demás caballeros que, sabedores de aquello se aprestaron a comprar judíos y a enriquecerse a costa de sus vidas. Así que se presentó al emperador a pedir justicia.

Le dijo que había comprometido su palabra y que, por tanto, no podía matar a aquel judío que legítimamente le correspondía. Así que le pidió que se lo cambiara por otro. Que Vespasiano se quedara con el defectuoso, que no podía ser matado, y le diera otro para poder sacarle de los hígados su merecida recompensa. Vespasiano, sin pedirle el recibo de compra ni nada, le concedió lo que pedía. Se quedó con el que no podía ser muerto y le dio uno nuevo al que no tardó ni un instante en abrirle las tripas.

LOS MILAGROS DE NUESTRO SEÑOR.

milagro

Los milagros son un fenómeno que, cuando se atribuyen a un ser con libre albedrío y voluntad propia, pueden tener diferentes interpretaciones. Normalmente se ven como algo positivo y la persona agraciada —los milagros suelen aportar, normalmente, algún beneficio, aunque no necesariamente es así, también hay milagros que dejan lesiones o, incluso matan, recordemos, por ejemplo, el milagro de la Casulla de san Ildefonso que tan maravillosamente nos cuenta Berceo— digo que la persona agraciada se muestra contenta y agradecida. Pero yo siempre he cuestionado la arbitrariedad con la que se produce el fenómeno.

Que entre todas las personas desesperadas que acuden a Lourdes a recibir un milagro de la virgen solo muy pocas se beneficien del ansiado don divino lleva a cuestionar las motivaciones del donante. Aunque el incondicional siempre podrá decir aquello de que los caminos del Señor son inescrutables.

Razonamientos de este estilo, pero mucho mejor argumentados y más complejos, claro, llevan a teólogos como Torres Queiruga —Repensar el mal. De la ponerología a la teodicea. Edt. Trotta. Madrid. 2011. Pgs. 276 y ss— incluso a negar la posibilidad de esta intervención maravillosa por parte del Dios en el que él cree.

No me voy a meter en dibujos teológicos y solo paso a comentar algunos milagros que se producen en el desarrollo de esta historia, que, como ya dije, reflejan muy bien la mentalidad del autor y de sus lectores u oyentes.

Ya comenté los milagros de la prodigiosa salvación de los judíos que fueron abandonados en el mar y de la muerte de Pilatos.

El de la sanación de Vespasiano está vinculado al contacto con una reliquia sagrada, o quizá habría que decir mágica. Verónica fue a Roma con su milagroso paño que llevaba impreso el rostro de Cristo para, con él, sanar la enfermedad del emperador. Y yo me pregunto ¿cómo es que no se propusieron, Verónica, Clemente o el propio emperador, utilizar aquel prodigioso objeto para eliminar de toda Roma o de todo el Imperio, las dolencias y enfermedades que, sin duda, sufrían muchísimas de sus gentes?

Jacob, el judío bueno que había acogido en su casa al senescal Gays, es encarcelado por Pilatos cuando llegan las tropas de Vespasiano. En la cárcel se le va a presentar un ángel que, como ya hizo muchos años atrás con el apóstol Pedro (Hch 12, 7-10), lo va a sacar de su prisión por los aires y lo va a llevar directamente, sin escalas, a la tienda de Vespasiano.

san pedro liberado

El milagro más prodigioso que se relata es de esos que llaman “de naturaleza”, va a recordar al que ya aconteció en tiempos de Josué (Jos 10, 13). Aquí va a ser al contrario. El sol no se va a detener, sino que va a emprender una carrera frenética.

El caso es que la batalla que enfrentaba las huestes de Pilatos contra las de Vespasiano se alargaba. El emperador llevaba ventaja pero el sol llegaba a su ocaso. La noche se venía encima y con ella un respiro y alivio para Pilatos. Pero no lo consintió Dios que hizo que el sol, nada más ponerse volviera a salir de nuevo por el oriente para que el emperador pudiera continuar con la lucha y derrotar definitivamente al traidor.

Se dice que Dios apoyó en la batalla a Vespasiano, lo que no se dice es lo que pensarían todos los soldados de su ejército que se dejaron la piel en el campo de batalla.

El último milagro que voy a comentar tiene unos tintes de lo más siniestro.

Jerusalén asediada, la fambre que se extendía, la gente que moría. Las piadosas reina de África y su dueña Clarisa, que, recuerdo, se habían ido a Jerusalén a defender la causa de Jesucristo, pierden la una a su hijita, la otra a su pequeño. Como el hambre las acucia, Clarisa propone, no sin gran dolor y angustia, que, para mantenerse con vida, se comerse a sus pobres criaturitas muertas. La reina fue víctima de un gran estupor ante la ocurrencia y se niega en redondo. Prefiere morir antes que cometer esa terrible abominación que indigna a su conciencia moral.

Mas nuestro señor Jesu Cristo, que no olvida los suyos, enviole un ángel, el cual le dixo: Levántate y esfuerza

En lo más crudo de la desesperación en la que se encontraban las dos pobres seguidoras del nazareno se les aparece un ángel, supongo que con toda la puesta en escena de las que estas criaturas suelen hacer gala.

Y el lector, que se había encariñado con estos dos personajes dice: «¡ya está!, ¡salvadas! ¡Van a poder comer hasta hartarse estas dos buenas mujeres!».

Pero ¡ca! El señor ángel vino a decirles, de parte del otro Señor, el que se escribe con mayúscula, que no sean tontas, que se dejen de melindres y tonterías y que se coman a sus criaturas, que a Dios no le importa, que les da permiso, porque se tiene que cumplir una profecía que había proclamado hace ya algún tiempo y que decía que las gentes se comerían a sus hijos.

Las consoladas mujeres asaron a sus hijos por partes y se los zamparon con el beneplácito del Señor de los mundos.

canibalismo-de-los-mercaderes

El olorcito a carne asada se va a extender por la ciudad y llegará hasta las hambrientas narices del propio Pilatos que, cuando se entere de lo que está pasando, desesperará del todo y se dará por perdido.

***

Casi me ha salido más larga la reseña que el propio libro, que no tiene más que 46 páginas, realmente divertidas todas ellas.

E según que habéis oído fué vengada la muerte e la pasión de Jesu Cristo por el emperador Vespasiano, emperador de Roma, e por Titus su hijo fué destruida la ciudad de Jerusalem.

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