“Cuando los dioses hacían de hombres.” Bottéro – Kramer. “El poema de Atrahasis o del muy Sabio. El gran Génesis Babilonio” (I)

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El poema de Atrahasis o del muy Sabio.

El gran Génesis Babilonio” (I)

ANÓNIMO

 

Texto y comentarios en Jean Bottéro y Samuel Noah Kramer. “Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología mesopotámica”. Ed. Akal. Madrid 2004. (Pgs. 540 ss.)

 

Este libro de los historiadores Bottéro y Kramer es una auténtica biblia sumeria y acadia. Al igual que la de siempre, la Biblia de toda la vida, se compone de una recopilación de textos de la mitología de los antiguos pueblos, en este caso, de Mesopotamia, realizada por dos importantes historiadores que tienen, además,  un gran trabajo de divulgación y publicados numerosos libros sobre aquellos tiempos y aquellas gentes. El libro tiene, además, un excelente trabajo introductorio y un aparato crítico que facilita mucho su lectura y su comprensión.

Por muy antiguos que sean, estos escritos son muy importantes para nosotros porque también han contribuido a modelar nuestra cultura, aunque haya sido de manera indirecta a través de las influencias que ejercieron sobre la Biblia  judía y cristiana y sobre la Grecia antigua y el helenismo posterior.

Así que, al igual que es muy importante para una persona culta de nuestro tiempo y nuestro entorno cultural tener un mínimo conocimiento de la Biblia, también lo es conocer esta literatura que no por remota deja de ser una pieza importante en la esencia de nuestra civilización. Además, con un sentido práctico, este conocimiento bien podría servir para que los distintos pueblos y culturas nos sintiéramos todos más próximos unos de otros y dejáramos de rivalizar aferrándonos a lamentables e injustificados chovinismos.

Y, por si alguien necesita una motivación menos ética, sofisticada o erudita, diré que, además, su lectura es muy divertida.

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1ª parte: “Cuando los dioses hacían de hombres”.

 

  • La opresión
  • La revolución
  • La primera sociedad de clases
  • La primera huelga
  • La primera revolución
  • La primera victoria

 

Allá por el siglo XVII antes de nuestra era –¡hace más de 3.600 años!– un tal Kasap-Aya, en la antigua Mesopotamia, se entretenía arañando una tablilla de barro con la superficie blanda en la que grababa curiosos signos cuneiformes. Y no era por aburrimiento, hacía una copia de un escrito compuesto en lengua acadia unos cien años antes, quizá en tiempos del famoso Hammurabi. El fruto de su trabajo, perdido durante siglos y siglos, fue encontrado por los pacientes arqueólogos que escarban centímetro a centímetro las arenas de los desiertos (cuando los señores de las guerras les dejan), y hoy reposa seguro en las vitrinas del Museo Británico. Ahora, gracias a los sabios de este mundo (como W. G. Lambert, G. Smith, J. Bottéro, S. N. Kramer) que, no con menos paciencia, se ocupan en desentrañar el significado de esos abigarrados signos, podemos nosotros, “la gente sencilla” (Mt 11, 25) disfrutar de su genio.

No es de poca importancia tener una copia tan antigua si tenemos en cuenta que los grandes códices hebreos de nuestro libro sagrado por excelencia, la Biblia, antes de los descubrimientos de los manuscritos del Mar Muerto, “proceden de la época medieval, y distan más de un milenio de los textos originales. Los grandes códices del NT proceden del siglo IV y distan, por lo tanto, de sus autógrafos poco más de un par de siglos”, (Trebolle Barrera, Julio. “La Biblia judía y la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia”. Ed. Trotta. Madrid 1998. Pg. 287); y que, aun después del hallazgo de los manuscritos de Qumrán, las copias más antiguas que tenemos de los libros bíblicos no se remontan más allá del siglo III a.e.c. (Ibd. pg. 288). Que podamos disfrutar de un escrito realizado hace casi cuatro mil años pone la carne de gallina y en verdad, en verdad, emociona.

Los dioses.

Los dioses, como todo en la vida, van evolucionando, y hay mucha diferencia entre aquellos de la antigua Mesopotamia y estos que tenemos ahora con pretensiones de exclusividad. Entonces los dioses eran mucho más humanos de lo que lo son ahora. Necesitaban comida, cobijo, ropa, descansar, dormir, se apareaban, tenían descendencia. ¡Pues vaya dioses! dirá alguno. No hay que preocuparse, que evolucionan rápido.

El caso es que para satisfacer estas necesidades había que trabajar. ¡Quién lo diría! Embrujada, con un pequeño movimiento de la nariz, podía hacer que apareciera sobre la mesa una hermosa tortilla de patatas, pero aquellos dioses tenían que trabajar.

Cuando los dioses hacían de hombres, // tenían que trabajar y estaban atareados: // su tarea era considerable, // su trabajo pesado, su labor infinita.

Pero resulta que, igual que ahora hay listos que viven con el sudor del de enfrente, porque el sudor de su frente solo se lo provoca el sol al que se tuestan ociosos, también entonces estaban los que querían vivir sin trabajar, y así nacieron las clases sociales. ¡Qué cierto es eso de que siempre ha habido clases!

Y como diría Russell “el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos” (Russell, Bertrand. “Elogio de la ociosidad”. Ed. Edhasa. Barcelona, 1986. Pg. 17).

La aristocracia divina eran los Anunnaku, los grandes dioses, entre ellos la tríada –que no trinidad– cósmica, compuesta por el venerable Anu, padre de todos los dioses, cuyo primer puesto era más honorífico que práctico, puesto que después de haber realizado ese tremendo esfuerzo de la generación de los demás dioses, se había convertido en lo que M. Eliade llama “Deus otiosus” (Eliade, Mircea. “Tratado de Historia de las Religiones. Morfología y dialéctica de lo sagrado”. Ediciones Cristiandad. Madrid 2009. Pg. 122 ss), y quien detentaba el poder realmente era el segundo: Enlil. Algo así como el rey y el presidente del gobierno nuestros, un rey otiosus y un primer ministro sin moderación ni medida. Enlil era puro nervio, pura pasión irreflexiva, a quien intentaba poner freno, cuando se propasaba, la inteligencia, la astucia, la sensatez del tercero: Ea –en acadio, Enki en sumerio–.

En la parte baja de la estratificación social divina estaban los Igigu, dioses también, hijos del mismo padre, Anu, aunque convertidos por los dioses tiranos en dioses de segunda, la plebe, el proletariado, los que tenían que trabajar duramente para que los primeros pudieran rascarse la barriga a placer. ¿Dirá alguien que hay algo nuevo bajo el sol?

Fue entonces cuando los Anunnaku celestes // impusieron a los Igigu su prestación de trabajos. // Y estos dioses tuvieron que excavar los cursos de agua // abrir los canales que vivifican la tierra. // […] // Así, ellos abrieron el curso del Tigris, // y después el del Éufrates.

La explotación.

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Los Igigu trabajaban y trabajaban sin que hubieran oído hablar jamás de derechos laborales. Bajo la atenta vigilancia de los mastines del poder –los opresores necesitan mastines–: el encargado Ninurta y el capataz Ennugi –también dioses, claro, entonces no había otra cosa– con sus cohortes de antidisturbios a su disposición. Tan explotados como lo estarían los obreros –humanos– en tiempos de la revolución industrial, como lo están ahora mismo millones de humanos en todo el mundo o como quieren los “Anunnaku” humanos que estemos todos.

¡Durante dos mil quinientos años, y más, // habían, día y noche, // soportado esta pesada carga!

Lo de la jornada de trabajo de ocho horas era desconocido entonces, como lo será dentro de no mucho tiempo. Aunque quizá los actuales propietarios de la riqueza debieran aprender de la historia y no tensar la cadena de la explotación más de la cuenta, porque podría parar lo que ya pasó otras veces: la revolución. A pesar de que las clases medias tengan unas grandes tragaderas, todo tiene un límite.

La revolución.

Los Anunnaku llevaron la explotación hasta unos extremos intolerables, y los Igigu se rebelaron.

Ellos, entonces, comenzaron a despotricar y a quejarse, // lamentándose de sus labores de excavación.

Un grito se alzó de entre sus filas: ¡A LA HUELGA! Y uno de ellos, el líder, los arengó con el resultado de que

los dioses escucharon su súplica // y quemaron su utillaje, // arrojaron sus azadas al fuego, // y a las llamas sus capazos. // Después, agrupados, marcharon // a la puerta del santuario de Enlil el valiente.

Durante toda la lectura es muy recomendable no dejar de tener presente que estas cosas se escribieron ¡hace más de 3.600 años!

La revolución estaba en marcha. Cogieron sus pitos, sus pancartas, sus megáfonos, sus cacerolas, y todos juntos, cantando a Quilapayún

“…Unámonos como hermanos que nadie nos vencerá,// si quieren esclavizarnos jamás lo podrán lograr. // La tierra será de todos, también será nuestro el mar, // justicia habrá para todos y habrá también libertad. // Luchemos por los derechos que todos deben tener // luchemos por lo que es nuestro, de nadie más ha de ser… // …¡¡¡Si quieren esclavizarnos jamás lo podrán lograr!!!”

se dirigieron hacia el palacio de la Moncloa, perdón, quiero decir hacia el palacio de Enlil, con la nada sana intención de destruirlo todo, tal era el odio que la opresión había generado –y genera–.

Es verdad que el miedo es la gran arma de la que disponen los explotadores para mantener su situación de privilegio, pero ellos no son inmunes a esta emoción. Avisado Enlil de que su palacio está rodeado le entra el pánico, y Nuska, su paje, le pregunta:

¡Mi señor, tu rostro está verdoso! // Son tus propios hijos, ¿qué temes?

¡Así, con esa cara verdosa, me gustaría a mí ver a más de uno!

Enlil el valiente está acojonado y convoca al gabinete de crisis pidiendo la comparecencia de Anu, al que hace descender del cielo, su morada. Reunidos se preparan para hacer frente a la revuelta. Ahora el fogoso, iracundo, primitivo Enlil, que ya se siente más seguro y confiado, propone exterminar a todos los huelguistas. Anu pide calma y propone iniciar conversaciones enviando una embajada a los rebeldes para recabar información sobre las razones que han llevado a los Igigu a la huelga, que exponen a Nuska, el mensajero:

¡El trabajo excesivo nos ha matado! // ¡Nuestra carga era demasiado pesada, el trabajo era infinito! // Esta es la razón que a los dioses al completo // nos ha llevado a quejarnos contra Enlil!

A Enlil el valiente lo desconcierta el enfrentamiento, debe de ser porque no está acostumbrado, y no sabe qué hacer. Después de escuchar el informe de Nuska

Enlil derramó lágrimas

aunque no parece que sean de pena, de arrepentimiento o de dolor, sino más bien de rabia, pues la solución que se le ocurre no es otra que eliminar al cabecilla.

Haz comparecer a uno de estos dioses // y que sea condenado al castigo supremo.

Aquí hay un poco de confusión en los textos. La copia principal no está completa y los editores, Bottéro y Kramer van llenando las lagunas como pueden con los textos de otras tablillas, que, después de casi cuatro mil años, no encajan todo lo bien que deseáramos. Por un lado parece que se cuenta el arresto y ejecución del líder: Los Anunnaku envían a Nuska para que haga las averiguaciones necesarias. Nuska se planta ante los Igigu y los interpela:

¿Quién es el instigador del combate, el jefe bélico, // el dios que ha empezado la lucha?

Me gustaría pensar que los Igigu contestaron con una sola voz: “Fuenteovejuna lo hizo, señor”, pero el caso es que, en esta misma versión, aunque un poco antes se decía:

En presencia de los Anunnaku, reunidos en sesión, // y de Bêlet-ilî, la Matriz, // ¡hace comparecer a uno de esos dioses y se le mata!

lo que hace sospechar si no se chivaron algunos pringaos. Sin embargo la aparición de Bêlet-ilî, la Matriz, tiene que ver con la segunda solución, de más calado. Vamos con ella.

La solución definitiva.

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Bien Anu, bien Ea, según una versión u otra, hacen a Enlil un llamamiento a la calma y a la sensatez. Por un lado se muestran comprensivos con la situación desesperada de los Igigu:

¿Por qué los culpamos? // ¡su carga era pesada, su trabajo infinito! // Cada día […] su grito de auxilio era cosa seria: // nosotros no les oímos dar voces.

¡Ahora se enteran de su sufrimiento! ¡Y luego dicen que las huelgas y las manifestaciones no sirven para nada! Claro que no siempre los interpelados tienen la sensibilidad que aquí demuestran Anu y Ea, que no parece que carecieran del todo de ella, solo que antes estaban tan a gusto y no miraban otra cosa. Ellos vivían estupendamente sin trabajar y no les preocupaba nada hasta que se les muestra ante los ojos el gran sufrimiento que soportaban sus iguales. Algo así le pasó al protagonista masculino de “Metrópolis”, la estupenda película de Fritz Lang. De todas formas temo que sea más probable encontrarse con un Enlil, que malamente atiende a razones y que no haya quien lo contenga.

Hay que buscar una solución, aunque ni se les puede eliminar ni se les puede conceder gracia, porque las necesidades han de ser atendidas y hay que trabajar para ello, y lo de que todos se pongan a trabajar es impensable.

Pero aquí viene Ea, antepasado de Prometeo, con una genial propuesta. Las reclamaciones de los Igigu son completamente justas y no pueden ser desatendidas, pues, al fin y al cabo, todos, Anunnaku e Igigu, son de la misma naturaleza, son dioses todos ellos, y pueden reclamar con todo el derecho del mundo que se materialicen los principios que muchos milenios después proclamarían los revolucionarios –humanos– franceses: ¡Liberté, égalité, fraternité! ¿Y cuál será la solución que propondrá Ea? Recursos tienen, que para algo son dioses:

Pero existe un remedio para esta situación: // dado que Bêlet-ilî, la Matriz, está aquí, // que fabrique un prototipo de hombre: // será él quien cargue con el yugo de los dioses // quien cargue con el yugo de los Igigu // será el hombre quien cargue con su trabajo!

¡Pues claro! se crea a un ser realmente inferior, que no sea de la misma naturaleza divina, para que realice el trabajo.

¡Cuántas cosas entendemos ahora! Resulta que el sentido de nuestra vida es proveer a los dioses en sus necesidades. Que, se mire por donde se mire, nuestro destino es trabajar, como dicen los neoliberales. Nosotros no podemos revelarnos porque no somos iguales que ellos –que los dioses, aunque tampoco seamos iguales que los neoliberales–, no hay nada que justifique una revuelta ya que somos inferiores por naturaleza –a los dioses, ¿quizá también a los neoliberales? Eso piensan ellos–.

Bien es verdad que igual que hubo dioses espabilados también ha habido seres humanos de igual condición, y unos cuantos “Anunnaku” humanos, desde el principio de los tiempos, pusieron a trabajar sin medida al resto de los mortales, los “Igigu” humanos, que ahora tienen que trabajar para ellos y para los dioses, o sea, doble penitencia. Aunque bien pudiera ser que se repitiera la historia, porque “Anunnaku” humanos e “Igigu” humanos, sí somos de la misma naturaleza y se pueden reclamar, en este nivel infradivino, con todo derecho y toda justicia, como se han reclamado ya otras veces aunque con penosos resultados, los sacrosantos principios liberté, égalité, fraternité. Frente a los dioses nada podemos hacer, pero frente a los humanos “Anunnaku” quizá sí.

El caso es que los hombres fueron creados para trabajar, para atender las necesidades de los dioses. Como el Tigris y el Éufrates ya se los encontraron hechos, se pusieron manos a la obra a construir templos, la morada de los dioses.

Un dios mucho más joven que aquellos y mucho después, también pide a sus hijos humanos que le construyan un templo:

“Vino la palabra de Dios a Natán: «Ve y di a mi siervo David: esto dice Yahvé. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite en ella? No he habitado en una casa desde el día en que hice subir a los israelitas de Egipto hasta el día de hoy, sino que he ido de un lado para otro en una tienda, en un refugio».(2 Samuel 7, 4-6)

Da penita ver a Yahvé, el pobre, de acá para allá, sin un techo de verdad que le cobije. No podrá, sin embargo, David atender a esta petición pues está muy ocupado extendiendo sus dominios, pero su hijo Salomón, por fin, construirá una casa para que su Dios se encuentre a gustito. (Diré así, entre paréntesis, para no dejar las historias demasiado colgadas, que este dios jovencito, andando el tiempo también irá madurando, y cuando mil años más tarde, en el 70 de nuestra era, le destruyan definitivamente su templo ya estará preparado para poder habitar en los corazones de los que le aman, o eso dicen).

Construida la casa, o sea, el templo,

“cada día había que alimentar a los augustos habitantes de ese lugar” (Bottéro, Jean. “Mesopotamia. La escritura, la razón y los dioses”. Ed. Cátedra. Madrid 2004. Pg. 266).

Pero ya sabemos que los dioses no tratan directamente con la gente, sino a través de los sacerdotes, que eran, y son, los encargados de recibir las “ofrendas” de los trabajadores para después hacérselas llegar ellos a sus destinatarios últimos. Y como estos eran muchos, y además con buen apetito, las provisiones eran considerables, como considerable debía de ser el trabajo de los Igigu humanos para producirlas:

“Cada día de todo el año, en la gran comida de la mañana, se aprestará ante (la imagen del culto de) Anu, además de sus vasos de libaciones, 18 vasos de oro sobre su mesa (nosotros diríamos su altar): […aquí va cerveza, leche, vino…] Se sacrificará en total (para cada comida) 21 carneros de primera calidad, cebados y puros, […] 25 carneros de calidad menor […] además 2 bueyes de gran tamaño y 1 ternero de leche”. (F. Thureau-Dangin. “Rituels akkadiens”. Citado por Jean Bottéro, op. cit. pg. 267)

Y el caso es que toda esa comida depositada en el templo desaparecía día tras día. Claro, se lo comían los dioses que tenían un hambre canina. ¿O pensará algún mal pensado que se lo comían o lo vendían los propios sacerdotes?

O sin ser mal pensado. En el libro bíblico de Daniel ya se denunciaba esto (Dn 14) en el caso de los sacerdotes de Bel. Después de depositadas las ofrendas en el templo

“los sacerdotes llegaron por la noche, como de costumbre, con sus mujeres y sus hijos, y se lo comieron y bebieron todo.” (Dn 14, 15)

Eso sí, a estos los pillan infraganti.

Volvamos a relato de Kasap-Aya.

Dicho y hecho: mezcla de barro y de la sangre de un dios inmolado para la ocasión, ‒por eso en nosotros hay algo divino‒ los dioses crean al ser humano para que trabaje para ellos.

El poema continúa ya con nosotros, los humanos, en escena. Este Génesis, mil años más antiguo que el nuestro de toda la vida, trata ahora de las vicisitudes de este nuevo ser. Del follón que monta, de lo que irrita a Enlil, de lo que este se enfada y de las ganas que le dan de eliminar de sobre la faz de la tierra a tan ruidoso animal. De cómo, montado en cólera les manda el diluvio para exterminarlos a todos, y de cómo Ea/Enki, que se ha encariñado con su creatura, ayuda a su fiel devoto, el “Muy Sabio”, para que escape a esta amenaza y se pueda salvar así el género humano.

Pero todas estas divertidas historias no se pueden quedar así. Prometo segunda parte insha’Allah.

 

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