“El libro de la almohada” (Makura no Sōshi) – SEI SHÔNAGON

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“El libro de la almohada”

(Makura no Sōshi)

SEI SHÔNAGON

Edit. Adriana Hidalgo. Buenos Aires. 2003

 Traducción, prólogo y notas: Amalia Sato

  • “Ved de quánd poco valor
  • son las cosas tras que andamos
  • y corremos,
  • que, en este mundo traidor,
  • aun primero que muramos
  • las perdemos.”

Si a la dama de compañía de la emperatriz del Japón que vivió en aquel lejano país allá por los siglos X y XI de nuestra era le hubieran dicho que mil años más tarde y en los confines occidentales del mundo alguien iba a disfrutar leyendo los apuntes, notas y anécdotas que ella escribía para sí misma, sin mayor pretensión ―quizá― que llenar las horas de tedio y aburrimiento que poblaban sus días ―”fijar la mirada en el espacio”, “sufrir por el tiempo vacío”, “librarse de las horas muertas” (del prólogo de A. Sato)―, se hubiera reído mucho. Con mucha elegancia, eso sí.

Y es que este es uno de los aspectos mágicos y maravillosos de la literatura: traernos al presente otros tiempos, otros lugares; revivir sensaciones, emociones, sentimientos que otros vivieron y dejaron plasmados sobre el papel. Como esas semillas deshidratadas que aguantan el paso del tiempo, que parecen muertas, pero no, pues germinan nada más reciben el agua.

JAPÓN HACIA EL AÑO 1000

(Unos cuantos datos sacados de la Wikipedia)

PERIODO HEIAN (794-1185). Cuando en Europa se vivía aquel saeculum obscurum de la Iglesia romana, y se despertaban los terrores del año 1000, en Japón, unos cuantos kilómetros más al este, disfrutaban (algunos) de la era Heian, que no significa sino paz y tranquilidad. La capital fue Kioto, y la aristocracia se dedicaba a la dolce vita. No tenía que guerrear, no tenía que trabajar, que para eso estaban las clases inferiores. En esta situación, en la que un excedente en la producción de alimentos permitía a una clase social librarse del trabajo, podía pasar, como ya pasó en Mesopotamia o Egipto, que florecieran las ciencias, tanto las aplicadas como las especulativas, o bien, como pasará en el Versalles de la Edad Moderna, que esta aristocracia ociosa se dedique a los amores, al arte y a disfrutar de todos los placeres de los sentidos. Y esto fue lo que pasó también allí. Los japoneses ―los aristócratas, claro― le dirían a Jorge Manrique que las cosas tras que andamos y corremos en este mundo traidor, valen tanto y tan poco como el puro instante, y que no tenemos otra cosa. O dicho en forma de aforismo latino: carpe diem. Se desarrollaron las artes, literatura y pintura principalmente, pero también otras disciplinas más espirituales, como el budismo o el confucianismo.

Para alimentar a esta clase tan sensible como ociosa ―una sensibilidad muy selectiva, como se verá― siempre es necesario un gran ejército de trabajadores que se ocupen de las tareas domésticas y de la provisión de los recursos necesarios para la vida. Pasaba en Mesopotamia ―incluso entre los dioses, los iguigu―, pasaba en Egipto, pasaba en París, y sigue pasando.

Los samuráis terminarían con esta Arcadia feliz e instaurarían el feudalismo en Japón.

  • CLAN FUJIWARA. Familia que controlaba el poder.
  • ICHIJÔ TENNÔ. Emperador entre el 986 ―tenía seis añitos― y el 1011.
  • TEISHI (976-1000), primera esposa de Ichijô.
  • SHOSHI (988-1074), segunda esposa de Ichijô.
  • FUJIWARA NO MICHITAKA. Fue regente durante la minoría de edad de Ichijô, padre de la emperatriz Teishi.
  • FUJIWARA NO MICHINAGA. Jefe de la familia Fujiwara y mandamás de aquellos tiempos. Padre de la emperatriz Shoshi.
  • FUJIWARA NO KORECHIKA. (974-1010) Hijo de Michitaka. Ocupaba un puesto importante en la corte y es nombrado frecuentemente por Shônagon.
  • SEI SHÔNAGON. Dama de compañía, o Ayudante de Menor Rango, de la emperatriz Teishi.
  • MURASAKI SHIKIBU. Dama de compañía de la emperatriz Shoshi. Autora del Genji Monogatari.

SEI SHÔNAGON y su diario secreto.

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Según el prólogo de Amalia Sato, cortito pero ilustrativo, poco se sabe de la vida de esta mujer, si no es lo que se deduce de sus propios escritos, muy focalizados en una etapa de su vida, la de dama de compañía de la emperatriz Teishi. Lo que fue de ella después parece que se pierde en la leyenda, la más bonita es, sin duda, la de que, después de una vida dedicada al lujo y al placer, renunció a todo ello, se hizo monja itinerante y vivió una vida de pobreza, renuncia y desapego. No sería extraño, porque personas con una gran inteligencia y una gran sensibilidad pueden tener derivas importantes en su vida. Se cuenta del mismo Buda.

El caso es que al momento de escribir sus impresiones, Shônagon es una mujer brillante, inteligente, culta. Le divertía rivalizar intelectualmente con unos y con otros.

“Cosas agradables. […] me encanta molestar a alguien pagado de sí mismo, sobre todo si es hombre. Me divierte observar cómo espera alerta mi siguiente agudeza, y también me regocijo cuando veo cómo intenta hacerme bajar la guardia, adoptando un aire indiferente, como si nada pasara por su cabeza”. (148)

Con una vida amorosa movidita pero que no le hacía perder la cabeza. Muy atenta a los pequeños detalles, al canto de los pájaros, a los colores de las flores de los ciruelos  o los cerezos. También a los grandes,  los paisajes nevados o el cielo nocturno. Capaz de retratar con aguda sutileza y con una gran plasticidad sencillas escenas.

“En otra parte de la habitación hay algunas damas que se han agrupado tras una cortina. El fuego arde en rescoldo en el incensario, perfumando con un aroma vagamente melancólico que da una sensación de tranquila elegancia”. (179)

[…] incluso las miserables chozas de los pobres eran muy hermosas cubiertas de nieve, parejamente iluminadas por la pálida luna como si estuvieran techadas de plata. Los carámbanos, que parecían haber sido deliberadamente colgados en diferentes tamaños en todos los aleros, eran indescriptiblemente hermosos y lucían como cascadas de cristal”. (161)

***

El libro de la almohada es una colección de notas, impresiones y apuntes escritos por Shônagon para su consumo particular. Según dice ella misma no pretendía que sus escritos trascendieran. No sabemos si era cierto o solo era una fantasmada fruto de la vanidad, el caso es que, por suerte, no fue así y ahora, gracias a ellos, podemos disfrutar de su agudo ingenio, de su gran sensibilidad ―para algunas cosas― y conocer lo que era la vida cotidiana en la corte del periodo Heian. En una visión muy parcial y sesgada, eso sí, lo que no le quita mérito ninguno.

El libro se compone de apuntes inconexos sobre temas variados. Todos relacionados con la vida en la corte: anécdotas sobre las relaciones con la emperatriz y otras damas de compañía, juegos, fiestas, alguna peregrinación a un monasterio, cortejos amorosos, lo que procede y lo que no, lo que es de buen gusto o mal gusto. Minuciosas descripciones, haciendo hincapié en los pequeños detalles, tanto de la naturaleza ―flores, pájaros, árboles, insectos…―, o de objetos, situaciones domésticas, personas, vestidos, ceremonias… Veladas de música y poesías. Y, lo que quizá llama más la atención, por lo que oigo y leo por ahí, esto es, catálogos y listas que recogen sus gustos ―y disgustos― personales: Cosas deprimentes, cosas odiosas, cosas que emocionan, cosas inapropiadas, cosas raras, cosas espléndidas…

Especial importancia se da al respeto y a la atención a los más pequeños detalles de los protocolos, tanto a los formales de la corte como a los otros, a los que, sin estar establecidos expresamente, son signos de respeto, buen gusto y buena educación, muy importantes en lo concerniente al cortejo y a las aventuras amorosas. La exigencia en el cumplimiento de estas convenciones empezaba por sí misma y se extendía a todos.

Otra preocupación importante era la ropa, tanto de hombres como de mujeres. No poca complejidad suponía la elección de vestidos para determinadas ocasiones, que no tenían por qué ser especiales. Cuidaban al detalle hasta la ropa de andar por casa. Había que elegir con exquisito gusto y lucir con no menos exquisita elegancia y distinción si uno no se quería ver relegado por chabacano y vulgar. Llevaban encima cientos de vestidos. Bueno, si no cientos, sí que podían ponerse en determinadas ocasiones siete, ocho, o diez kimonos, unos encima de otros, ninguno al azar, todos conjuntaditos, todos visibles en su justa medida, especialmente en las mangas. Y ¿¡cómo se podrían mover llevando más trapo que un bergantín pirata!?

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Los cánones de belleza entre aquella gente nos pueden resultar un poco chocantes: Melenas impresionantes que arrastraban por el suelo; caras completamente blancas, pero blancas blancas, como la del Comendador de don Juan más o menos; dientes negros; cejas pintadas en lo alto de la frente…

Curiosas son también las relaciones amorosas, a lo que parece, bastante libres y relajadas. Y, aunque era de buen gusto que se mantuvieran en una elegante discreción, parece que eran de dominio público. En el cortejo era muy importante estar a una digna altura, tanto intelectual como sensible. Había que conocer la poesía ya escrita ―tenían un gran surtido: el Manyôshû, el Kokinshû, el chino Po Chü-i…―, ser capaz de improvisar unos versos ad hoc sobre la marcha, así como tener reflejos para responder al antagónico amoroso con gracia y salero. Y no valía lo que hacemos ahora, que con tal de no callar decimos cualquier tontería. No. Cuando un amante lanzaba un reto en forma de poesía, la respuesta debía mejorarlo, si no, era mejor callar. En los mensajes escritos se tenía en cuenta no solo el texto, también el papel ―textura, calidad y color― la tinta, la forma de la escritura y algún complemento significativo que lo acompañaba, como una rama florecida de ciruelo o cerezo.

Después de una noche de amor el hombre, que era el que solía visitar a la dama, debía tener mucho cuidado al despedirse: No debía mostrar prisa. Tenía que vestirse despacito y retirarse como queriendo no hacerlo. Pero no acababa ahí la cosa. Al llegar a casa, ahora sí, con toda premura, debía mandar un mensaje a su amada, cuidando todo el protocolo dicho antes, si es que quería continuar con sus amores, pues la más mínima torpeza podía poner en juego su relación. ¿Eran fruto estos rituales de una gran sensibilidad o de una escasa necesidad?

¡Ah!, y si uno llegaba al día siguiente y se encontraba con un sustituto, pues ¡chitón!, media vuelta y a casita, a esperar mejores momentos.

“Personas que hacen sufrir […]. Una mujer locamente amada por un hombre absurdamente celoso”. (102)

***

Algo de lo que Shônagon no habla, por más que nos haga catálogos de cosas desagradables o molestas, que más parecen desagrados o molestias estéticas que no verdaderos desasosiegos, es de las rivalidades que, sin duda, se daban en aquella sociedad pequeña y cerrada que vivía en palacio. Ella no, pero M. Shikibu ―¿cabecilla del bando rival?― hace un comentario revelador en su diario:

Sei Shônagon, por ejemplo, es terriblemente engreída. Se juzga tan aguda, que hasta esparce en sus escritos caracteres chinos, pero si uno los examina con atención, dejando mucho que desear. Alguien que hace un esfuerzo tal para diferenciarse de los otros está condenado a perder la estima de la gente, y solo puede augurársele un futuro infausto. Sin duda es una mujer dotada. Sin embargo, si una da rienda suelta a sus emociones en las circunstancia menos apropiadas, si prueba cada cosa interesante que se le presenta, las personas la considerarán frívola”. (Citado en el prólogo de A. Sato)

***

No sé si sería engreída o serían acusaciones basadas, quizá, en una mutua enemistad. Lo que sí estoy seguro, porque en esto no se esconde, es que era terriblemente elitista.

Ya he mencionado repetidamente la gran sensibilidad de la que hace gala constantemente.

“[…] Y cuando algo bueno le sucede a la persona que amo me alegro más que si me sucediera a mí misma”. (148)

Cuando cuenta una anécdota sobre una gatita y un perro que andaban por el palacio Shônagon muestra una  especial ternura:

Incluso hoy en día, cuando recuerdo cómo lloriqueaba [el perro] y temblaba cuando respondía a nuestra simpatía, me conmueve la extraña y emotiva escena y cada vez que alguien habla de esto me dan ganas de llorar”. (8)

¿Y cómo no vamos a resaltar su sensibilidad, su emotividad y su delicadeza? ¿Pero es así para todo? En absoluto, pues muestra una especial falta de empatía, por no decir desprecio, hacia las personas que no pertenecen a la clase social de la aristocracia, hacia la plebe. Que, por otra parte, eran los que trabajaban para que los cortesanos y las cortesanas pudieran dedicarse en cuerpo y alma a la poesía, a la música y al amor. Lavar y preparar la ropa, guisar, limpiar…, en fin, esas cosas que la mayoría de los mortales nos tenemos que hacer nosotros mismos.

Y su elitismo, esto es, su admiración por “los de arriba” y su desprecio por “los de abajo”, lo exterioriza sin ningún pudor.

“Pues todo lo relacionado con personas de alcurnia me deleita”. (162)

[Al amanecer un hombre a caballo pasa recitando una preciosa poesía] “Cuando dejé de lado lo que estaba haciendo y levanté la vista, casi me desmayo al ver que se trataba de un vulgar plebeyo”. (180)

[En una peregrinación en un monasterio] “Para mi disgusto me encontré con que un tropel de plebeyos se había ubicado directamente frente a mí […]. Parecían bichos canasto así agrupados con sus horribles vestidos, dejando apenas algo de espacio entre ellos y yo. Realmente tenía ganas de dispersarlos hacia los cuatro costados. Los visitantes importantes siempre cuentan con servidores que despejan sus recintos de estas plagas, pero esto no es fácil para personas comunes como yo”. (173)

Pero esto no es lo peor. Una mujer sensible que se enternece ante los gestos de un perrillo, no siente la más mínima compasión por una persona que sufre un terrible percance: (168) Un incendio, comenzado en los establos de palacio, ha quemado la casa de un pobre hombre que llega llorando, abatido, sin saber qué hacer ni a quién reclamar.

“todas nos echamos a reír”.

Y le hicieron un poema.

“El sol primaveral arde lo suficiente // para hacer germinar las raíces de las tiernas hierbas, // un lugar como la llanura de Yodo // mal puede sobre vivir a su calor”.

En una nota a pie de página la editora nos aclara el alcance de tal ocurrencia: “Un poema lleno de juegos de palabras, en el que se burla del plebeyo infortunado”.

Este se va creyendo que lleva en el papel, que no puede leer debido a su deficiente vista, algún regalo o beneficio con el que podrá hacer frente a su desgracia. Las elegantes y delicadas damas se parten de risa imaginándose la cara que se le pondrá al pobre hombre cuando se dé cuenta de que lo que lleva en realidad no vale nada.

***

Para no terminar con este mal sabor de boca, voy a citar uno de los comentarios que me parecen más graciosos, ocurrentes y picantes de toda la obra.

“Un predicador debe ser apuesto ya que, si hemos de comprender sus respetables sentimientos, debemos mantener nuestros ojos sobre él mientras habla, pues si miramos hacia otro lado, olvidaremos lo que escuchamos. Por consiguiente, un predicador feo podría ser fuente de pecado”. (21)

***

Y cuando el amigo aguafiestas que a las cuatro o las cinco de la madrugada dice que se quiere marchar ya a casa, que ya está bien de fiesta (que suelo ser yo), siempre se le puede decir: Hasta el dios de Kazuraki se quedaría un poco más.

“Al amanecer estaba por escapar a mi habitación cuando Su Majestad la Emperatriz dijo: «hasta el Dios de Kazuraki se quedaría un poco más».” (116)

Y es que el dios de la montaña de Kazuraki era tan feo que cuando llegaba el día se escondía para que nadie lo viera.

***

Y ahora me toca a mí hacer mi propia lista, aunque sea con un único elemento:

Cosas extremadamente deliciosas: El libro de la almohada de Sei Shônagon.

***

Respecto a la edición, según se dice en la contraportada, es la primera completa en castellano y traducida directamente del japonés. Sin que llegue a ser una edición crítica lleva un prólogo muy ilustrativo y un juego de notas que ayuda mucho en la lectura.

Hay otra edición en castellano, aunque es una selección y  no traducida directamente del japonés , en Alianza Editorial, a cargo de J. L. Borges y María Kodama. Que no nos deslumbres los nombres. La anterior es más completa.

***

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Me parece este el lugar apropiado para hacer referencia al gran trabajo que, entre otros, está realizando Carlos Rubio López de la Llave para acercar la cultura japonesa, en general, a los lectores castellanoparlantes. Desde el Kojiki hasta trabajos sobre el Japón actual. No lo conozco personalmente pero tengo referencias muy directas sobre él y su trabajo.

https://carlosrubiolopezdelallave.wordpress.com/

***

Me llega la noticia de que hay otra edición, parece que más completa todavía (tiene 301 capítulos y más de 500 páginas y un importante aparato crítico) y que yo no conocía, editada por la Pontificia Universidad Católica del Perú en 2002.

https://isaimoreno.files.wordpress.com/2015/04/el-libro-de-la-almohada-sei-shonagon.pdf

 ***

 Aquí hay otro comentario muy apasionado, además de interesante, sobre Shônagon:

https://marymer.wordpress.com/2012/09/10/mi-inspiracion-sei-shonagon/

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6 comentarios sobre ““El libro de la almohada” (Makura no Sōshi) – SEI SHÔNAGON

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