“Sansón” – ANÓNIMO

sansón

“Sansón” (Jueces 13-16)

ANÓNIMO

Las citas bíblicas serán de: Biblia de Jerusalén. Ed. Desclée de Brouwer. Bilbao 2009.

Un toque religioso, que estamos en Semana Santa, aunque no tenga nada que ver con Jesucristo ni con su pasión.

La Biblia es una colección de literatura antigua que, por cuestiones religiosas, hemos tenido la enorme suerte de que se haya conservado para la posteridad. Es un conjuto de escritos muy variado en cuanto a temas, formas y estilos. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre su datación, pero sí en que las tradiciones más antiguas que en ellos se conservan tienen más de tres mil años, recopiladas, quizá entre los siglos VII y VI a.e.c. Los más recientes, ya de lo que los cristianos llaman Nuevo Testamento, podrían ser, quizá, del siglo II de nuestra era.

Esta es una divertida historia recogida en el libro de los Jueces, que trata sobre el periodo anterior a la monarquía instaurada por Saúl y después David y su dinastía, cuando tribus israelitas compartían el espacio con otras que había por allí, especialmente cananeos y filisteos. Un juez, en este contexto, es un jefe de una o varias tribus.

***

      Si alguna cualidad especial se nos viene a la cabeza cuando oímos el nombre de Sansón es, sin duda, la prodigiosa fuerza. Tal es el grado de fusión que han alcanzado esta singular característica y el nombre del personaje que –al menos en castellano– de Sansón –nombre propio de persona– ha derivado “sansón”, así, con minúscula, sustantivo que aparece en el diccionario de la Real Academia con el significado de “hombre muy forzudo”. Naturalmente que no hay una correspondencia necesaria entre ser Sansón y ser un sansón, como lo demuestra el bachiller Sansón Carrasco, que aunque se llamaba Sansón era no muy grande de cuerpo y de color macilenta.

Y, efectivamente, Sansón, juez de Israel, poseía una fuerza descomunal, como quedará demostrado en el relato de sus aventuras. Pero también es cierto que no era el único atributo que poseía en grado sumo, y quizá, para ser más preciso, en el DRAE deberían figurar, además, las siguientes acepciones: hombre muy imbécil, hombre muy lascivo, hombre iracundo, bruto infantilizado, gorila que no mide sus fuerzas, hombre fácilmente manipulable, hombre visceral e irreflexivo.

Pero, al pasar Sansón a la historia como héroe, todas estas, que podríamos llamar virtudes negativas –por no poner una palabra mal sonante–, han quedado en la sombra por más que el nivel alcanzado en todas ellas haya superado al de la fuerza.

a)   Nacimiento de Sansón

Curiosamente, tanto en el relato bíblico como en toda la tradición posterior, Sansón es considerado un personaje importante en la historia de Israel. Y utilizo el adverbio “curiosamente” porque el relato no justifica tal importancia, pues no se trata más que de un conjunto de historias protagonizadas por un forzudo cuya capacidad intelectual o psicológica no se ha desarrollado a la par que su cuerpo físico, más propias de las Mil y una noches que de la historia sagrada.

***

Considerando Yahvé que tras cuarenta años de sometimiento a los filisteos su pueblo había purgado ya el último de sus innumerables deslices, empezó a preparar el escenario para una nueva liberación, y lo primero es crear al personaje encargado de llevarla a efecto.

Sea o no importante Sansón, por tal es tenido, y su exaltación comenzará desde antes de nacer, práctica habitual dentro de la Biblia y también fuera de ella (Ismael, Samuel, Jeremías, Jesucristo, Juan Bautista, Buda, Lao Tse, Alejandro Magno…). Y para que quedara claro que Dios intervenía en el asunto desde el principio, la madre había de ser estéril (como la madre de Jacob-Israel, la de Samuel, la de Juan el Bautista, en fin, lugares comunes). El anunciador de embarazos se pone manos a la obra y  comunica a la anónima mujer de Manóaj, de la tribu de Dan, que va a concebir y a dar a luz un hijo. En ningún sitio se habla de intervención de varón en este nacimiento, lo que no ha servido para que nadie defienda  una naturaleza divina de la criatura, algo que sí se hará en el nacimiento de Jesús.

La futura mamá recibe instrucciones estrictas:

“En adelante guárdate de beber vino ni bebida fermentada, y no comas nada impuro, porque vas a concebir y a dar a luz un hijo, que será nazireo de Dios desde el seno materno: no pasará la navaja por su cabeza.” (Jc 13,4-5).

Conozco a algunas para las que hubiera sido un tremendo disgusto recibir estas órdenes.

Los nazir, nazireos o nazoreos

“eran, dentro de Israel, personas consagradas de Yahvé: se abstenían de vino, se dejaban el pelo largo y se entregaban a la causa de Yahvé como soldados de la guerra santa”. [Pikaza, Xavier. Diccionario de la Biblia. Ed. Verbo Divino. Pamplona 2007. Pg 694].

Su concreta regulación jurídica se encuentra en el libro de los Números (6, 1-12).

La mujer corre a contárselo a su marido que, con la mosca en la oreja, dice que quiere ver él mismo a ese portador de tan extraño anuncio, así que invoca a Dios para que le informe personalmente. El Ángel del Señor atiende la petición y se presenta otra vez, pero –no sé si calculando mal– lo hace de nuevo ante la esposa encontrándose sola. Pero no hay mayor problema, pues esta le dice al mensajero que espere un momento que va a llamar a su marido, que se presenta raudo y recibe, de primera mano, toda la información. Manóaj pide al extraño que se identifique, pero este responde

¿Por qué me preguntas el nombre, si es misterioso?” (Jc 13, 18).

Alonso Schökel traduce este pasaje así:

¿Por qué preguntas mi nombre? Es Misterioso”.  [La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino. Ediciones Mensajero. Bilbao 2009]

lo cual no deja de plantear interesantes cuestiones, pero no me voy a meter en dibujos, que toda afectación es mala.

Los esposos invitan a Misterioso a comer, invitación que rechaza diciendo que mejor preparen un bonito holocausto para Yahvé. Cuando la pira empieza a consumir la ofrenda Misterioso se arroja al fuego y asciende entre las llamas hacia el cielo, por lo que Manóaj y su esposa se dan cuenta de que Misterioso no era sino Yahvé en persona y se asustan pues sabían que:

pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida” (Ex 33, 20).

Pero esto, como otras tantas cosas de la Biblia, no es verdad y no les pasó nada. La mujer –que no se nos dice cómo se llamaba– quedó embarazada –supongo que por el procedimiento ordinario– y, llegado el momento, dio a luz a un hijo, al que llamaron Sansón, que fue bendecido por Yahvé (Jc 13, 24) y que tendrá la misión de salvar a Israel de la mano de los filisteos (Jc 13, 5).

b) Aventura primera: Sansón se enamora.

 Ya crecidito correteaba Sansón por aquellos campos de Dios cuando vio un día a una preciosa filistea de Timná de la que se encapricha y  pide a sus padres que se la den por esposa. El disgusto que se debieron de llevar no tuvo que ser pequeño, pues aunque no sea la primera vez que pasa –recordemos, por ejemplo a Esaú– ni la última –Salomón se casará con cientos de mujeres de toda raza y procedencia–, a su Dios no le gusta que los de su pueblo emparienten con extranjeros (Ex 34, 16).

“Su padre y su madre le dijeron: «¿No hay ninguna mujer entre las hijas de tus parientes y en todo mi pueblo, para que vayas a tomar esposa entre esos filisteos incircuncisos?»” (Jc 14,3)

Pero no hay nada que hacer, Sansón se ha encaprichado de la muchacha y no admitirá una negativa. Eso sí,

“su padre y su madre no sabían que esto era asunto de Yahvé, que buscaba un pretexto contra los filisteos, pues por aquel tiempo los filisteos dominaban a Israel” (Jc 14, 4),

y es que los caminos del Señor son, además de inescrutables, retorcidos.

c) Aventura segunda: Sansón y el león.

 Primera parte: Sansón mata al león.

 Aventura famosa inmortalizada en innumerables ocasiones tanto en pintura (Rubens, por ejemplo) como en escultura. Iba Sansón por el campo cuando un león se le acerca rugiendo (las traducciones hablan de un “leoncillo” –BJ, BNP–, o “león joven” –BCI–). En todo caso, y por muy “leoncillo” que fuera, yo preferiría no encontrármelo en mis correrías campestres. Y sin intercambiar palabra ni encomendarse a nadie

el espíritu de Yahvé le invadió [a Sansón, claro] y, sin tener nada en la mano, Sansón despedazó al león como se despedaza un cabrito” (Jc 14, 6).

Segunda parte: la miel y las abejas.

Otro día fue Sansón a ver lo que había quedado del león al que mató y se encontró con que entre los huesos de las quijadas había construido su panal un enjambre de abejas. Como si fuera el oso Yogui, Sansón cogió el panal y se fue comiendo la miel por el camino como quien come pipas. Pero a nadie dijo de dónde lo había sacado.

d) Aventura tercera: Adivina adivinanza.

 En el banquete de bodas Sansón propone una adivinanza a los amigos de la novia. Se apuestan treinta túnicas y treinta mudas, y les da siete días de plazo –los que duraba el convite, que no debían de costar como ahora– para resolverla.

El acertijo es el siguiente:

del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura” (Jc 14, 14).

Si los retados hubieran conocido a Lewis Carroll quizá hubieran impugnado el acertijo. Pero no, optaron por responder con juego sucio. Y como en este caso no hay San Gúguel a quien recurrir, y las claves solo Sansón las conoce, no queda otra que extraer la información mediante alguna artimaña. Sin contemplaciones recurren a la novia para sonsacar la respuesta:

“Al cuarto día dijeron a la mujer de Sansón: «Convence a tu marido para que nos descifre la adivinanza, si no, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre»” (Jc 14, 15).

Aquella gente no se andaba con tonterías y se tomaban el juego muy a pecho.

¿Quién se podrá resistir ante una petición acompañada de tales prevenciones? La mujer de Sansón ―cuyo nombre tampoco conocemos― se pone manos a la obra para intentar sonsacar la información. Utiliza la estrategia del chantaje emocional, y llora que te llora, que me digas la respuesta, que si ya no me quieres, un día, y otro día, y un día más, hasta que Sansón, que pudo con el leoncillo, no puede ahora resistir esta presión y al séptimo día ―ya los tenía en el bote, si hubiera aguantado un poquito más…― le revela la solución a su pesada esposa, que rápidamente pone en conocimiento de los contrincantes para salvar el pellejo, que ya tenían la cerilla en la mano preparados para cumplir su amenaza. Estos dijeron a Sansón:

“¿Qué hay más dulce que la miel, qué más fuerte que el león?” (Jc 14, 18).

¡Y se sentirán satisfechos! De todas formas Sansón llevaba mal lo de perder y se pilla un cabreo de tres pares de narices, y, además, que se olía lo que había pasado:

“Si no hubierais arado con mi novilla, no habríais acertado mi adivinanza” (Jc 14, 18).

Y en ese momento

el espíritu de Yahvé le invadió” (Jc 14, 19).

Y ya hemos visto que el espíritu de Yahvé le hace a Sansón el mismo efecto que a Popeye las espinacas. Por muy enfadado que esté, Sansón es un jugador de honor y pagará su deuda, para ello, ni corto ni perezoso, el bendito de Yahvé

“bajó a Ascalón y mató allí a treinta hombres. Tomó sus despojos y entregó las mudas a los acertantes de la adivinanza.” (Jc 14, 19)

¡Palabra de Dios! No puedo menos que traer aquí la famosa cita de Orígenes de Alejandría:

nada hay en las Escrituras malo ni torpe, impuro ni abominable; a lo más tal parece a los que no saben cómo haya de entenderse la Escritura divina. [Orígenes de Alejandría. Contra Celso VII,12. B.A.C. Madrid 2001. Pg 470]

Y es que no entendemos nada. Por ejemplo no entendemos por qué Yahvé infunde su espíritu a Sansón para cometer tan gran villanía.

Pero las consecuencias del enfado no se van a quedar ahí. Después de pagar la deuda del juego Sansón,

encendido en cólera, subió a la casa de su padre” (Jc 14,19).

¡A hacer puñetas la novia y su familia!

e) Aventura cuarta: ¡Vendetta! Despropósitos a porfía (Jc 15).

 Al cabo de algún tiempo a Sansón se le pasa el enfado, se acuerda de su esposa y decide reconciliarse con ella. Y ¿qué mejor para tal propósito que un bonito ramo de flores? Sansón, más pragmático opta, sin embargo, por llevar un hermoso cabrito para cenar. Se presenta ante su suegro, y sin más ceremonias le dice:

Quiero acostarme con mi mujer, en la alcoba” (v.1).

¡Palabra del Niño Jesús que dice eso!

“– ¡Eh!, no tan deprisa”, diría el padre que, creyendo que Sansón se había ido para siempre, había vuelto a casar a su hija con otro. Así se lo hace saber, y para que el viaje de Sansón no fuera en balde le ofrece a su segunda hija. Pero Sansón, ya encendido en cólera ―otra vez―, no atiende a razones, y no acierta a decir más que

esta vez soy inocente del daño que pueda hacer a los filisteos” (v.3).

Y ya se sabe que excusatio non petita… ¿Qué se le habrá venido a la cabeza?

Casi era el tiempo de la siega. Los trigos de los filisteos se erguían dorados en los campos en espera de la caricia de las hoces. De ellos dependía la supervivencia del pueblo durante el invierno.

Vamos a ver qué estratagema ideó este forzudo y rencoroso juez de Israel para vengarse de la afrenta: Cazó (vivas) trescientas zorras, ¡que ya son zorras! Las ató por el rabo de dos en dos y entre cada pareja ató una antorcha encendida, después las soltó por entre las mieses. Allí ardió lo que no está escrito, ¡hasta las viñas y los olivares ardieron! (v.5). Supongo que Sansón, cual Nerón desde Tarpella, se sentiría aplacado en su ira ante la contemplación de aquel prodigioso incendio.

Pero los filisteos también eran de armas tomar y no se van a quedar con los brazos cruzados viendo cómo arde su sustento. Averiguan las causas de lo ocurrido, y se enteran de que el incendio lo había provocado Sansón porque su suegro había dado  su esposa a otro. Y sin más se organizan para matar a Sansón.

¡Qué va, qué va! Esto sería lógico y razonable. Pero no, a por quien van es a por la pobre esposa que no tenía más culpa que la de ser mujer y tener la obligación de obedecer a unos y a otros.

Así que van a por ella y sin explicaciones de ninguna clase, sin “traslado a la parte” ni “a prueba y estese”, la queman viva, que le tenían ganas ―y es que esta historia está llena de  pirómanos psicópatas, no vayamos a pensar que esto de quemar a la gente lo inventó la Santa Inquisición―. Y ya puestos, para sacar el máximo rendimiento posible de la cerilla que utilizaron para encender la pira donde quemaron a la pobre infeliz, queman también la casa de su padre.

Aunque pudiera parecer que a Sansón ya ni le iba ni le venía lo que aquella gente pudieran hacerse entre ellos y que había quedado completamente satisfecho con el destrozo de las zorras, sin embargo se tomó esta retorsión como algo personal, y destilando furor gritó:

ya que os portáis así, no he de parar hasta vengarme de vosotros” (v.7).

Y él solito, sin ayuda de nadie, que para eso era un sansón, los molió a palos

causándoles un gran estrago” (v.8).

Ahora sí, los filisteos van a por Sansón, pero por vía indirecta, o sea, haciendo incursiones entre los judíos (de la tribu de Judá) a quienes hacen saber que la culpa de estos ataques la tiene Sansón, y que si se lo entregan se retirarán. Los judíos buscan a Sansón y le piden explicaciones de lo que había pasado. Sansón les dice:

“les he tratado del mismo modo que me trataron ellos a mí” (v.11)

¿? ¡Si él lo dice! Sus hermanos israelitas, sintiéndolo mucho, le dicen a Sansón que no tienen más remedio que entregarlo al enemigo para que cesen los ataques, no quisieron en esta ocasión molestar a su Dios para que les hiciese el favor. Sansón se deja hacer con la única condición de que no sean ellos mismos quienes lo maten. Así se lo garantizan y se lo llevan a los filisteos bien atadito con “dos cordeles nuevos” (v.13).

Cuando los filisteos vieron que los israelitas traían encadenado a Sansón se frotaron las manos de puro gusto imaginando lo que iban a hacer con tan odiado personaje.

Pero, mira tú por dónde, en aquel momento Sansón se comió un buen bote de espinacas, quiero decir que

“el espíritu de Yahvé vino sobre él” (v.14).

Sus músculos hicieron saltar los cordeles nuevos como si fueran hilos de coser, y con una quijada de burro que había por allí cerca ―que nunca falta una buena quijada de burro cuando se necesita― empezó a repartir palos entre los filisteos y se cargó a mil de ellos. ¡Y luego se quejarían el cura y el barbero del pueblo de Don Quijote de que en los libros de caballerías no se contaran más que disparates!

Y Sansón, que también era poeta, satisfecho recitó estos versos:

“Con quijada de asno los amontoné.
Con quijada de asno,
a mil hombres sacudí.” (v.16)

De tanto trajín a Sansón le entro sed, y Dios hizo brotar agua de una roca para que su elegido se saciara. ¿Por qué no hará este milagro tan sencillito para favorecer a millones de seres humanos que se mueren de sed en el mundo? ¡Misterios de lo insondable!

f) Aventura quinta: Yendo de putas.

 Los filisteos no habían olvidado y esperaban, pacientes, el momento de la dulce venganza, que ya sabemos que es un plato que se sirve frío.

Un día paseaba Sansón por las callejuelas del barrio Rojo de Gaza y

vio a una prostituta y entró en su casa” (Jc 16, 1).

Los filisteos que se enteraron se dirían: “―¡Ya lo tenemos!”. No sé si por cortos de entendederas, por exceso de generosidad, o porque tenían más miedo que Sancho Panza en los batanes, los filisteos no lo atacaron en aquel preciso momento en el que, sin duda, Sansón estaba con la guardia baja, y esperaron al día siguiente. Se fueron tranquilos a dormir a sus casas pues pensaban que Sansón no tenía escapatoria ya que Gaza ―como todas las ciudades de entonces― estaba bien amurallada y recias puertas cerraban el paso durante la noche.

Pero ¿van a sujetar unas puertas, por grandes y macizas que sean, al forzudo danita? A media noche Sansón despierta de su dulce sueño y, sin dar explicaciones, se larga ―conociendo al personaje no me extrañaría que lo hiciera sin pagar el servicio―. Llega a las puertas de la muralla y, sin despeinarse, las arranca de cuajo, y no solo eso, sino que, como a quien se le pega una hoja caída de un árbol en otoño, Sansón carga con las puertas hasta la cumbre del monte cerca de Hebrón ―¡a 60 kilómetros de Gaza!―. ¿Que por qué fue hasta el monte cargando con las puertas? Pues no sé, por estirar las piernas, supongo, los caminos de Sansón son inescrutables. Lo que sí está claro es que una noche de amor no hace mella alguna en su capacidad física, y si le apetecía después dar un paseo de sesenta kilómetros cuesta arriba cargado con unos descomunales portones, ¿a quién le va ni le viene?

g) Aventura sexta: Sansón y Dalila.

 Esta es, sin duda, la aventura más famosa de Sansón. Llevada a la pintura, entre otros, por Van Dyck, por Mantegna, por Rubens, por Rembrandt; varias veces al cine  (una de ellas protagonizada por Víctor Mature, infumable y llena de inexactitudes como tantas de las que tratan temas bíblicos), y a la ópera por Saint-Saens (una de las óperas más bonitas de toda la historia de la música).

Yendo y viniendo Sansón se enamoró de otra mujer filistea llamada Dalila. Los filisteos recurrieron a ella para que averiguara cuál era el secreto de su poderosa fuerza y así poder hacerse con él. Dalila acepta el encargo, que llevaba como guarnición varios miles de siclos de plata. Y manos a la obra.

Dalila, que estaba más enamorada de los siclos de plata que de Sansón, teje su seductora tela de  araña para engatusar al fiero de su niño grande. Más falsa que Judas, así canta, con una dulzura que pone la carne de gallina, la protagonista de la ópera de Saint-Saens:

 

Mon coeur s’ouvre à ta voix
comme s’ouvre les fleurs
Aux baisers de l’aurore!
Mais, ô mon bien-aimé,
pour mieux sécher mes pleurs,
Que ta voix parle encore!
Dis-moi qu’à Dalila
tu reviens pour jamais!
Redis à ma tendresse
Les serments d’autrefois,
ces serments que j’aimais!
Ah! réponds à ma tendresse!
Verse-moi, verse-moi l’ivresse!

Ainsi qu’on voit des blés
les épis onduler
Sous la brise légère,
Ainsi frémit mon cœur,
prêt à se consoler
À ta voix qui m’est chère!
La flèche est moins rapide
à porter le trépas,
Que ne l’est ton amante
à voler dans tes bras!
Ah! réponds à ma tendresse!
Verse-moi l’ivresse!

 

 

¡Mi corazón se abre a tu voz
como se abren las flores
a los besos de la aurora!
¡Mas, oh, mi bien amado,
para secar mis lágrimas,
deja que tu voz suene otra vez!
¡Dime que a Dalila
tú regresas para siempre!
¡Recuerda a mi ternura
las promesas de otro tiempo,
los juramentos que tanto amo!
¡Ah! ¡Responde a mi ternura!
¡Vierte sobre mí tu amor!

Del mismo modo que
las espigas de trigo
se ondulan
bajo la brisa ligera,
¡así vibra mi corazón,
consolado por tu amada voz!
¡La flecha es menos rápida
para llevar la muerte,
que tu amada
para llegar a tus brazos!
¡Ah! ¡Responde a mi ternura!
¡Vierte sobre mí tu amor!

 

Es tan emotiva esta aria, tanto la música como la letra, que uno no puede dejar de emocionarse al oírla aunque sepamos la felonía que se esconde detrás de cada nota. En descargo de Sansón diría que nos hubiera engañado a cualquiera, ¡tal era su arte!

Tan sensual como falsa, tan tierna como pérfida, tan seductora como traicionera, Dalila despliega todas sus habilidades amatorias en pos de los siclos de plata, y es que “poderoso caballero es don siclo”.

Entre sublimes acordes, emotivas poesías, y tiernos besos y caricias, Dalila comienza a colocar las cargas explosivas:

“Dime, por favor, de dónde te viene esa fuerza tan grande y con qué habría de atarte para tenerte sujeto” (Jc 16,6).

No vayamos a pensar que Sansón cae en las redes a la primera de cambio. Más bien se toma esta pregunta como un juego, como si Dalila le estuviera proponiendo alguna divertida perversión erótica. Y juega también a no decir la verdad:

“Si me amarran con siete cuerdas de arco todavía frescas, sin dejarlas secar, me debilitaría y sería como un hombre cualquiera” (Jc 16, 7).

Al momento aparecieron en la alcoba hordas de filisteos que se arrojaron sobre Sansón a quien atan con siete cuerdas de arco todavía frescas.

Como Gulliver las maromas de los liliputienses, rompió Sansón las cuerdas que lo ataban sin el menor esfuerzo. Sin duda Sansón pensó que aquellos no eran sino simpáticos fantasmas o duendes que querían sumarse al juego y no le dio mayor importancia.

Dalila lo vuelve a intentar:

“Te has reído de mí y me has mentido. Dime, pues, por favor, con qué habría de atarte.” (Jc 16, 10).

Siguiendo con el juego ahora contesta que si lo atan con cordeles nuevos sin usar no podría zafarse. Y la escena se repite. Los filisteos que Dalila tenía apostados por el dormitorio ―provistos, por lo que se ve, de un surtido utillaje― se arrojan sobre Sansón y lo atan con cordeles nuevos sin usar, pero Sansón se vuelve a librar de ellos sin el menor esfuerzo y sin darse cuenta de que eran sus enemigos los que organizaban toda aquella algarabía.

Y el juego continúa. Ante la insistencia de Dalila, que no se rinde con facilidad, y menos con la motivación de la plata, Sansón, divertido, le dice que para reducirlo le tiene que atar las trenzas de su pelo y sujetarlas con un tenedor. Pero tampoco esto funciona.

Dalila tiene que sacar la artillería pesada:

“¿Cómo puedes decir que me amas, si tu corazón no está conmigo? Tres veces te has reído ya de mí y no me has dicho en qué consiste esa fuerza tan grande.” (Jc 16, 15).

Y Sansón sucumbe. Le dice que su fuerza está en el pelo ―que debía tener unas greñas considerables pues no había ido nunca al peluquero, curiosa condición que había puesto Dios antes de que Sansón naciera, y que debían cumplir todos los nazoreos.

Dalila pone a Sansón tiernamente sobre sus rodillas y le dice que duerma un poquito mientras ella lo colma de caricias. El inocente Sansón echa una cabezadita en el tierno regazo de la infame traidora que se saca las tijeras del refajo y de dos tajos le corta las siete trenzas, momento en el que Yahvé ―que, como los piojos, se escondía en la abundante cabellera― lo abandona (Jc 16, 20).

Los filisteos se arrojan sobre el desmelenado, lo reducen, lo atan y, como que no quiere la cosa, de aperitivo, le sacan los ojos, todo ante la dulce mirada de la bella Dalila.

h) Aventura séptima: “–¡Aquí morirás, Sansón, y cuantos con él son!”.

[Don Quijote II, 71]

 Los filisteos, temerarios ellos, en vez de deshacerse inmediatamente de la fiera apocalíptica a la que, por fin, habían logrado reducir, deciden aprovechar económicamente su fuerza de trabajo y lo ponen a darle vueltas a una piedra de molino, sin darse cuenta de que el pelo, imperceptible, no para de crecer ―el de Sansón al menos, otros no tenemos esa suerte―.

Se prepara una gran fiesta de acción de gracias a Dagón, dios de los filisteos. Vibrante, llena de ritmo y pasión es la escena de la bacanal de la ópera del señor Camilo. Entre bailes, cánticos, risas y vino, para que la diversión sea completa, deciden hacer comparecer al vencido Sansón para burlarse un poquito de él. Pero este ensañamiento les va a salir caro.

Sansón ―desgraciadamente no se nos dice cómo― hizo reír durante un rato a los filisteos. Después le dijo al muchacho que hacía de lazarillo que lo llevara donde estaban las columnas maestras del templo, y una vez en aquel estratégico lugar, clama a su Dios para que le devuelva las fuerzas y se pueda vengar de sus enemigos. Y Dios, el de los israelitas, que no pierde la oportunidad de disfrutar de un bonito espectáculo, le concede a Sansón lo que solicita, sin que Dagón, que disfrutaba de la fiesta,  se diera cuenta de nada. Sansón, colocado entre ambas columnas, empuja una con el brazo izquierdo y otra con el derecho de tal manera que todo el edificio se viene abajo, en el que perecen el propio Sansón y un sinnúmero de filisteos:

“los muertos que dejó al morir fueron más que los que había matado en vida” (Jc 16, 30).

No sabemos si Dalila estaba entre los espectadores. Desde luego que se lo hubiera tenido bien merecido.

El cadáver de Sansón se lo llevaron los suyos para cumplir con él la obra de caridad de enterrar a los muertos, y a los filisteos que les den.

“Había juzgado a Israel por espacio de veinte años” (Jc 16, 31).

Nada nos dicen las crónicas sobre cómo fue su gobierno pero quizá no haga falta mucha imaginación para hacerse una idea.

i) Epílogo: otras interpretaciones.

La lectura que he hecho de la historia de Sansón es la más inmediata y directa que se puede hacer, la -tan denostada- literalista. Está claro que puede haber otras. El teólogo Xavier Picaza propone la posibilidad de un segundo nivel de lectura más profundo:

Pero leída a más nivel, ésta es una de las más profundas historias de guerreros que han podido escribirse en tiempo antiguo. Sansón va desvelando en toda su crudeza la irracionalidad de una violencia que va y viene, aparentemente sin sentido, en medio de un mundo enigmático donde amigos y enemigos parecen confundirse.” [Pizaca, Xavier. Op. Cit. pg 950]

Y es que las posibilidades interpretativas de un texto rozan lo infinito ―y no es cosa de broma, que ahí están, por ejemplo los trabajos de Herder, Schleiermacher, Heidegger, y más modernos, Gadamer o Habermas, lecturas recomendadas  para una velada romántica  en noches de luna llena al amor de la chimenea― y el que no se consuela es porque no quiere. Que cada uno se quede con la que más le guste, la que más le diga o la que le parezca. Yo me quedo con la lectura milyunanocheana, porque quiero y me da la gana.

No hay fuerza ni poder sino en Dios, el Único, el Grande, el Misericordioso.

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