LUCIANO DE SAMOSATA (III) – Zeus trágico.

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LUCIANO DE SAMOSATA (3)

Zeus trágico.

En: Luciano, “obras” tomo I. Ed. Gredos. Madrid 1981. Páginas 326-361.

En estos oscuros y tenebrosos tiempos da miedo publicar cosas en Internet, no vaya a ser que algún avezado fiscal, código penal en ristre, o alguna piadosa asociación, nos vaya a poner en la picota y sacar a la vergüenza con el sambenito del artículo 525.1 del Código Penal vigente en nuestro laico país:

 Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.

Antes se llamaba delito de blasfemia. Ahora no se atreven a llamarlo así. Porque si no ¿cómo iban a criticar a los países musulmanes donde lo llaman por su nombre?

Aunque bien es cierto que los dioses de los que Luciano hace escarnio ―¡Luciano, no yo!, ¡los dioses me libren!― son unos dioses olvidados que ya no tienen quién vele por sus intereses, los pobres. Y es que aquellos inmortales hace mucho que fueron sepultados en el olvido por otros que han venido después, más fuertes y vigorosos, con los que, estos sí, es mejor no meterse por ahora.

***

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • ZEUS, padre de los dioses.
  • MOMO, hijo de la Noche. Parece que no era muy querido en el Olimpo por bocazas.
  • Dioses y Diosas.
  • TIMOCLES, filósofo estoico.
  • DAMIS, filósofo epicúreo.
  • Pueblo de Atenas.

***

El diálogo empieza parodiando la grandilocuencia de grandes obras trágicas. Hermes y Hera encuentran a Zeus preocupado, hablando solo,  deambulando pálido y con tez de filósofo. Hera sospecha que pudiera ser un problema relacionado con alguno de sus devaneos amorosos, pero ¡qué va!, la cosa es mucho más seria que eso: Hay una panda de filósofos, seguidores de Epicuro, que niegan la existencia de los dioses, o por lo menos, en caso de existir, que se ocupen de los destinos de los hombres. Si el pueblo fiel se convenciera de estas ideas los dioses quedarían abandonados y nadie les rendiría culto ni les ofrecerían sacrificios, lo cual significaría, como realmente ocurrió, su olvido y su muerte.

Zeus ha estado observando cómo se enfrentaban dialécticamente Damis, un filósofo epicúreo y Timocles, estoico, defensor de los dioses, firme creyente en su labor providente. Y el problema es que Damis maneja la retórica mejor que su oponente y se lo va a merendar, consiguiendo que los oyentes aclamen sus impías creencias.

El debate se pospuso hasta el día siguiente, y Zeus está preocupado porque no confía en la defensa que de sus intereses y de los demás dioses haga el estoico Timocles.

***

Se convoca una reunión extraordinaria de dioses para debatir el asunto. En las proclamas para la convocatoria, a cargo, claro, de Hermes, Luciano vuelve a parodiar las tragedias griegas, para que no se diga que el título del cuento no está bien puesto.

Los dioses se reúnen y empiezan los problemas. Parece que no había un protocolo establecido para esta clase de reuniones en cuanto a la preeminencia de los asientos. Zeus propone que se coloquen según el valor del material del que están fabricados, primero los de oro, después los de plata, y así sucesivamente. Esto va en detrimento de los dioses griegos, más bellos, pero de pobres materiales, piedra o bronce, frente a otros bárbaros, sin calidad artística, pero de oro macizo. Poseidón y Afrodita, entre otros, muestran su descontento. Un problema particular lo protagonizará el Coloso de Rodas, que, aunque fabricado de vil metal, es tan grande que vale mucho más que otros diosecillos aunque sean de oro puro.

Entre unas cosas y otras los dioses alborotan como la plebeya multitud en el circo.

HERMES.- ¡Por Heracles! ¡Cómo alborotan [los demás dioses], lanzando los consabidos gritos populares de todos los días: «¡Repartos!», «¿dónde está el néctar?», «¡falta ambrosía!», «¿dónde están las hecatombes?», «¡queremos sacrificios colectivos».

 Zeus, no sin trabajo, logra imponer silencio y explica a los asistentes el grave problema al que se enfrentan.

ZEUS.- […] si estos [los humanos] se persuaden de que los dioses sencillamente no existimos, o, existiendo, no somos providentes respecto a ellos, quedaremos sin sacrificios, prebendas y honores en la tierra, y en vano nos sentaremos en el cielo, muertos de hambre, privados de aquellas fiestas, asambleas, juegos, sacrificios, festivales nocturnos y procesiones.

Y es que el problema no es pequeño. En su largo discurso a la asamblea, imitando el pomposo estilo de Demóstenes, Zeus no pierde la oportunidad de criticar la ruindad de algunos humanos, que piden auxilio a los dioses cuando están en peligro ofreciéndoles generosas ofrendas que luego se quedan en nada. Como, quizá, pase todavía.

ZEUS.- […] Mientras pensaba en la cicatería de Mnesíteo, que, pese a invitar a dieciséis dioses, sacrificó sólo un gallo, para colmo, viejo y resfriado, y cuatro granos de incienso tan enmohecidos, que se apagaron al instante sobre las brasas, sin dar ocasión siguiera a percibir el humo con la punta de la nariz, y eso que había prometido hecatombes enteras cuando la nave era arrastrada contra el acantilado y se hallaba ya en zona de escollos.

Nada, que los hombres no son de fiar, pero, aun así, los necesitan. ¡Que se vengan pa’ Spaña, y verán la de procesiones, desfiles,  velas, flores,  y fiestas que les ofrecen por todas partes!

Momo, que se va a representar el papel de dios cínico, toma la palabra para decir que tampoco es tan raro que los humanos les den la espalda a los dioses viendo el poco provecho que de ellos sacan.

MOMO.- […] ¿O qué era justo esperar que ellos [los humanos] pensasen, al ver tanta confusión en la vida, y a los justos olvidados, oprimidos por la pobreza, enfermedades y esclavitud, mientras los perversos e infames gozan de honra y riqueza y mandan sobre los mejores?

Críticas que, aunque viejas, no dejarán de ser planteadas una y otra vez a lo largo de la historia de la filosofía. Incluso Leibniz le dará un nombre propio a esta cuestión: Teodicea.

Ahora toman la palabra otros dioses. Atenea y Poseidón proponen eliminar por las bravas a Damis, a lo que Zeus responde

ZEUS.- ¡Quita! Es una ocurrencia de atún, Poseidón, y bastante burda…

Momo, por su parte, se muestra escéptico. Él tiene poco que perder, nunca ha sido un dios muy popular. Para continuar la chanza pide a Apolo que dé un pronóstico para el resultado del debate, y el dios cumple con su obligación proclamando un delirante vaticinio. Un oráculo como debe ser, de mucho ruido y pocas nueces, grandilocuente, altisonante, pero vano y sin sentido.

¡El oráculo que recrea Luciano no tiene nada que envidiar a los originales de la Pitia de Delfos! Momo hace escarnio de los oráculos del dios y de los que los escuchan:

MOMO.- Dice el oráculo sin lugar a dudas que él es un embaucador y vosotros, los que creéis en él, unos asnos de carga, por Zeus, y unos mulos, con menos inteligencia que un saltamontes.

***

El debate comienza, por fin, y los dioses abren las puertas del cielo para no perderse detalle.

Timocles plantea argumentos recurrentes en la defensa de los dioses: el del cosmos, el de la autoridad, los oráculos y las profecías ―aquí Momo se ríe a placer―, el de la nave y el piloto. En fin, lugares comunes de la teología de la época. Pero Timocles no se maneja bien en la confrontación dialéctica y Damis se gana al auditorio.

ZEUS.- ¡Ay, dioses! […] el nuestro parece apurado, pues suda, tiembla, es evidente que va a arrojar el escudo, y ya mira de soslayo adónde escapar furtivamente.

 Cuando Timocles se queda sin argumentos recurre a la estrategia más baja y ruin, el desprestigio de su interlocutor.

TIMOCLES.- ¿Esa ironía te gastas conmigo, ladrón de sepulcros, infame, despreciable, patibulario, inmundicia? ¡Como si no supiéramos quién es tu padre, cómo tu madre ejercía la prostitución, de qué modo estrangulaste a tu hermano, que eres un adúltero y corrompes a los jovencitos, goloso y desvergonzado en extremo! No, no huyas sin recibir antes unos palos de mi parte. Con este mismo trozo de vasija voy a degollarte, maldito!

Damis se retira sabiéndose ganador.

No obstante para los dioses no está todo perdido, como bien pone de manifiesto Hermes para concluir:

HERMES.- ¿Por qué va a resultar un mal insuperable el que unos pocos hombres se marchen con esa convicción? Son, con mucho, mayoría quienes creen lo contrario: la mayor parte del pueblo griego y todos los bárbaros.

¡Y los españoles! Al día de la fecha parece que siguen siendo mayoría. Y los dioses actuales están tranquilos.

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