“Las sirenas de Bagdad” – YASMINA KHADRA

las sirenas de bagdad

“Las sirenas de Bagdad”

YASMINA KHADRA

 (Alianza Editorial. Madrid 2007)

 

Las causas del terrorismo son muchas, variadas y complejas. Yasmina Khadra nos hace reflexionar en esta novela sobre una de ellas: la de una persona víctima de terribles injusticias a la que no le queda qué perder más que la vida que, además, ya no vale nada. De un odio descomunal pasará a una desesperación absoluta, y las acciones de un ser humano que ha perdido la esperanza son impredecibles.

Desde nuestros gobiernos se dice muchas veces que la solución a los terrorismos es armarse más y más, derivando dinero de nuestras escuelas y hospitales hacia las armas y los ejércitos. Quizá deberían plantearse, más bien, la promoción de unos mínimos justicia que se extendieran a todos los rincones del mundo.

***

LA HISTORIA.

El protagonista no tiene nombre, vamos, sí lo tendrá, pero nunca se dice. Para nosotros, los lectores, es un ser anónimo que nos cuenta su historia en primera persona.

Vive en una pequeña aldea de Irak, Karf Karam, apartada, pobre, donde se respira esa tranquilidad y esa seguridad tensas propias de las dictaduras que controlan un país. Los pueblos, las gentes, tienen gran capacidad de adaptación e intentan acomodarse a las circunstancias y vivir lo mejor que puedan o les dejen, a pesar de la tiranía que soportan que les ha llevado a dos guerras sin sentido por parte del sátrapa Saddam Hussein,  una con Irán y otra por la invasión de Kuwait.

No estaban cerradas todas las puertas de la aldea, una dictadura puede ser represora y permitir cierta movilidad. La hermana del protagonista estudiaba medicina en la universidad de Bagdad, y en la novela se nos presenta una aldea tranquila dentro de su pobreza y sus escasas expectativas de futuro, con el café como punto de encuentro y reunión de los parroquianos. Un amigo del protagonista hasta tiene un tocadiscos y pueden oír música y leer libros. Hay lugar incluso para la fiesta.

En el año 2003 Estados Unidos, apoyados por otros países occidentales, España entre ellos, invade Irak, y el jinete de la guerra, imagen del Apocalipsis, recorre otra vez el país haciendo trizas la tranquilidad en que vivía, que, aunque fuera sin libertad, siempre es preferible al caos de la guerra.

Los aliados decían que invadían Irak para librar al propio país y al mundo entero de ese terrible tirano (que, por cierto no era el único, ¡ojalá realmente nos libraran de todos!) y llevar la seguridad y la libertad que tanto deseamos.

No fue así. Más bien al contrario. Todos perdimos (bueno, algunos, unos pocos, ganaron, y bastante. En las guerras siempre hay algunos que ganan). Y los que más perdieron, claro, los propios iraquíes, que es posible que terminaran añorando la siniestra pseudo-paz de Saddam. ¡Virgencita, que me quede como estoy!, o continuando con el refranero, otros vendrán que bueno me harán.

La cruda realidad de la guerra empieza a llegar poco a poco a Karf Karam. Las tropas de ocupación se van presentando por allí con esa arrogancia y esa prepotencia, mala educación y falta de respeto hacia las personas, muy propias  de esos que se creen fuertes e inmunes.

Por “error” ―eso dicen― matan a un deficiente mental del pueblo al que los soldados, a los que la guerra también somete a una tensión tremenda, confunden con un terrorista.

Por “error” una bomba convirtió en tragedia la alegría de una boda. Y ya, por fin, sin error alguno, con plena conciencia y voluntad, las gentes del pueblo son humilladas y reprimidas sin compasión. Y es que los soldados veían terroristas hasta con los ojos cerrados.

Entre los que sufren una vergonzosa humillación se encuentra el protagonista, al que le termina por dar un chispazo la cabeza y un odio acerado se le instala en el corazón.

Decide marchar a Bagdad para unirse a la resistencia y luchar por su país y su dignidad pisoteada.

***

Pero Bagdad no es un paraíso. Que sea purgatorio o infierno está por ver, pues de este último no se sale, y por ahora más parece esto que aquello.

Las mafias gobiernan el mundo y campan a sus anchas por todas partes, pero se encuentran en su salsa en aquellos lugares donde no hay un poder que establezca el orden con la ley como soporte. Las mafias aman las guerras.

En una ciudad devastada cada cual mira por su vida y las muestras de solidaridad son escasas. Se mezclan los fanáticos integristas religiosos que crecen en estas situaciones como los hongos en zonas húmedas, y los listos que quieren hacer fortuna en río revuelto bajo el paraguas de una corrupción galopante.

El protagonista se debate entre unos y otros. La desesperanza crece al mismo ritmo que la fe en unos ideales se esfuma. Al final cae en las redes de una organización que se encarga de preparar atentados terroristas y lo eligen para llevar uno suicida en occidente.

Cuando ya se ve que se va inclinando por la ejecución de acciones terroristas indiscriminadas, un paisano suyo, que todavía conserva un poco de cordura, le dice que esa es una estrategia equivocada e injusta:

 “― No mates a cualquiera, no dispares al tuntún. Caen más inocentes que canallas. […] Nuestro enemigo no es el mundo. Recuerda a los pueblos que protestaron contra la guerra preventiva, esos millones de personas que se echaron a la calle en Madrid, Roma, París, Tokio, en Sudamérica, en Asia. Todos estaban y siguen estando de nuestro lado. Eran más numerosos que los que nos apoyaron en los países árabes. No lo olvides. Todas las naciones son víctimas de la bulimia de un puñado de multinacionales. Meterlos a todos en el mismo saco sería un error atroz […]. Si quieres vengar una ofensa, no ofendas a nadie. No cedas a la locura. Me ahorcaría de inmediato si llegara a verte en una filmación confundiendo ejecución arbitraria con hazaña bélica.”

Sabias y prudentes palabras que, a estas alturas de la novela el joven iraquí ya no es capaz de valorar porque ya no es dueño de sí mismo. El relato va mostrando con gran habilidad su degradación paulatina, que de ser un joven normal y corriente, con sus más y sus menos, termina siendo una especie de zombi sin emociones ni sentimientos, propicio para ser manejado por el delirio de fanáticos o el interés de gente sin escrúpulos.

***

Las novelas de Yasmina Khadra son duras. No se esconde detrás de la retórica o del eufemismo para denunciar la crueldad, la violencia, la corrupción que campan a sus anchas por todo el mundo musulmán (yo diría sencillamente por todo el mundo, sin más), especialmente en su propio país, Argelia. Hace ya mucho tiempo que lo leí por primera vez, fue “lo que sueñan los lobos” ―de sugerente título―, y me dije que, a pesar de que la novela era buena, no iba a leer más de este autor por la crudeza de sus relatos, pero no me he podido resistir, porque realmente es muy bueno, así que me las he leído casi todas. Lo voy  intercalando con Wilkie Collins para que a mí no me dé un chispazo la cabeza, y ya está.

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