LUCIANO DE SAMOSATA (II) – Icaromenipo.

"EL VIAJE EXTRAORDINARIO", EL DOCUMENTAL QUE MUESTRA LA VERSIÓN RESTAURADA DE "VIAJE A LA LUNA", DE MÉLIÈS

LUCIANO DE SAMOSATA (2)

Icaromenipo.

 

En: Luciano, “obras” tomo I. Ed. Gredos. Madrid 1981. Páginas 407-433.

 

Menipo fue un filósofo que vivió entre los siglos IV y III a.e.c. De aquellos cínicos que ponían en tela de juicio todo formalismo o toda convención social reclamando una libertad absoluta. No ha llegado hasta nosotros ninguno de sus escritos y solo se le conoce por referencias indirectas y por la influencia que ha tenido en la literatura posterior. Se dice que obras como “Gargantúa y Pantagruel” o “Cándido” son sátiras menipeas. Pero para sátiras menipeas, sin duda, las de Luciano.

El título de este diálogo es elocuente y nos da una pista bien clara de por dónde va a ir la historia, que nos llevará lejos.

La forma de diálogo es puramente instrumental, pues lo importante es el relato del protagonista.

Este cuenta a su amigo cómo, sufriendo un profundo ataque de pesimismo existencial y maravillado ante la contemplación del universo, decide ir en busca de la sabiduría, y para ello se pone en las manos de los profesionales, sabios y filósofos, para recibir sus enseñanzas.

Después de estudiar con unos y con otros y de gastarse sus buenos cuartos el resultado es catastrófico porque termina más confundido que cuando empezó, pues cada maestro con el que estudia le da una opinión distinta sobre el cosmos y los dioses. Al final se decide a buscar la verdad por sí mismo, pues llega a la conclusión de que los filósofos no son más que una panda de pretenciosos que no se ponen de acuerdo entre ellos.

“Mas ellos distaron tanto de sacarme de mi antigua ignorancia, que provocaron mi caída en mayores perplejidades, al verter sobre mí, día a día, primeros principios, causas finales, átomos, vacíos, elementos, ideas y otras cosas por el estilo. […] Todas las doctrinas eran contradictorias y opuestas”.

Y para conocer a los dioses, qué mejor que visitarlos en su propia residencia. Menipo se acuerda de Ícaro y se compone unas alas para llegar hasta el cielo. No cometerá el error de fabricarlas de cera, sino que se proveerá de una de un águila y otra de un buitre, que, bien sujetas, y después de un breve periodo de entrenamiento, le permitirán elevarse a las alturas. Primero al Olimpo, y desde allí, como desde Madrid, al cielo.

La primera estación será la Luna, donde se encuentra con un achicharrado Empédocles, quien, después de haberse arrojado al Etna, fue escupido por el volcán con tal fuerza que lo mando al satélite.

El filósofo enseña a Menipo un truco para que, aprovechando el poder del ala del águila, de aguda vista, pueda él también afinar la suya y observar todo lo que pasa en la lejana Tierra. Así puede ver Menipo todas las miserias que los humanos esconden, y todos sus afanes, todos sus desvelos, todas sus ambiciones, desde esta lejana perspectiva, no le parecen sino vanidad. Vanitas vanitatum omnia vanitas, o para que Menipo lo entienda, ματαιότης ματαιοτήτων τὰ πάντα ματαιότης. (Qo 1, 2).

Menipo continúa su viaje. Quiere hablar con el mismo Zeus. Sin intermediarios. Antes de partir la Luna le da un mensaje para el padre de los dioses. Y es que está ya un poco cansada, primero de que los filósofos anden todo el día hablando de ella que si esto que si aquello, que no se ponen de acuerdo y, además, no tienen ni idea;

“Últimamente aseguran, incluso, que mi luz es robada e ilegítima, ya que me viene de allí arriba, del Sol, y no cesan en su propósito de enfrentarme e indisponerme con él, pese a ser mi hermano; no les basta con haber dicho del Sol mismo que es una piedra y una masa de metal incandescente”. (Anaxágoras fue condenado por impiedad en la democrática Atenas por decir esto, que también tenían sus “leyes mordaza”).

Y segundo está harta de ver tanta hipocresía entre los humanos, cuyas mentiras, fraudes y engaños intentan esconder precisamente a su vista, en la noche. Que le diga a Zeus que ponga solución de una vez por todas y que termine con esa raza perniciosa de los filósofos o que se larga y no la ven más.

Después de una dura ascensión Menipo llega a la morada de los dioses, donde es recibido por el portero, que en aquel tiempo era Hermes, pues san Pedro no había nacido todavía. En el cielo es mirado con suspicacia por los dioses y con cierto recelo pensaban qué habrá venido a hacer este aquí. Después de las explicaciones necesarias es admitido en la asamblea y  acompaña a Zeus a una de sus duras y cotidianas jornadas de trabajo: Escucha plegarias, atiende súplicas, que le producen cierto desconcierto cuando son contradictorias, por ejemplo que alguien le pida que gane el Madrid y otro que el Barça, y los dos hagan una ofrenda similar; contempla sacrificios, recibe juramentos, o reparte el trabajo de vientos, lluvias y tempestades por aquí y por allí.

Terminada la jornada laboral, a cenar. Menipo es invitado a acompañar a los dioses y Ganímedes, a escondidas, le da un chupito de ambrosía.

Al día siguiente Menipo es recibido en formal audiencia por Zeus y le presenta sus demandas y el mensaje de la Luna:

“Hay una raza de hombres que pulula, no ha mucho tiempo, por el mundo, holgazana, pendenciera, jactanciosa, irascible, glotona, necia, fatua, henchida de soberbia y, para decirlo con palabras de Homero, vano peso de la tierra”.

¡Y cómo no va a querer el gobierno quitar la filosofía de nuestros institutos!

Tras la exposición Zeus se pilla un cabreo monumental. También está harto ya de la tontería de esta gente y estalla contra ellos a los que pone cual digan, o no digan, dueñas, en especial a los epicúreos, que se empeñan en vivir sin tener en cuenta a los dioses.

“De entre éstos, los llamados epicúreos son en extremo insolentes y nos atacan sin mesura.”

Y todos los dioses se pusieron a gritar, como si de una manifestación anti-sistema se tratara,

“¡Fulmínalos! ¡Quémalos! ¡Aniquílalos! ¡Al abismo! ¡Al Tártaro!”

Zeus se propone eliminarlos a todos, pero por ahora no podrá hacerlo pues él mismo ha establecido una tregua por un tiempo determinado. Pero ¡ay cuando termine! ¡Se van a enterar esos sabelotodo!

A Menipo lo devuelve a la tierra después de cortarle las alas para que no vuelva a hollar los campos divinos. Y aquí terminó su aventura.

***

Y es que este Luciano, con su ingenio, su verbo mordaz e irónico, su humor que no deja títere con cabeza, es divertidísimo. Sus historias, cortitas, son como refrescos o cervezas en un día de calor, van para adentro de un trago y te dejan un delicioso sabor en la boca y una agradable sensación en todo el cuerpo.

Aunque por otra parte uno se admire de lo poco que hemos avanzado, que andamos hoy en día con las mismas historias que hace dos mil años, que por eso nos hacen gracia, porque, en el fondo, todo es muy actual. Lo que quizá nos pueda hacer sentir una cierta sensación de pesimismo que nos lleve del humor amable al agrio sarcasmo.

 

Un viaje a la Luna más moderno: https://www.youtube.com/watch?v=CGII3KEs63U

 

 

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