“La «tragedia» de Éfeso (431): Herejía y poder en la antigüedad tardía” – RAMÓN TEJA

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“La «tragedia» de Éfeso (431):

Herejía y poder en la antigüedad tardía”.

RAMÓN TEJA

 (Ed. Universidad de Cantabria. Santander 1995)

 

“No he visto ningún concilio que tenga un final feliz, o que ponga fin a los males, en vez de aumentarlos. No hay más que enfrentamientos continuos y luchas por el poder”.  (Gregorio Nacianceno. Epístola 130. Citado por Teja, pg. 5).

 

En la historia del cristianismo se llaman concilios ecuménicos a una serie de reuniones de obispos que se celebraron a lo largo del primer milenio de la era cristiana en los que se debatían cuestiones dogmáticas, disciplinarias y organizativas de esta religión que se fueron perfilando a lo largo de los siglos. A los cuatro primeros (Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia), celebrados entre los siglos IV y V, se les llegó a considerar casi como una ampliación o culminación de los cuatro evangelios, tal era la importancia que se les dio. Otros tres se añaden a esta serie, aceptados por la mayoría de las iglesias cristianas: Constantinopla II, Constantinopla III y Nicea II (¡todos en la actual Turquía!). Después la cristiandad se fue dividiendo cada vez más y ya no se atrevieron a llamar ecuménicas a las reuniones de obispos que se seguían y se siguen celebrando por el mundo.

El libro de Ramón Teja es un libro de historia, pero bien podría ser una apasionante novela.

 

PERSONAJES PRINCIPALES.

  • CIRILO, obispo de Alejandría (San Cirilo para algunos, el diablo encarnado para otros).
  • NESTORIO, obispo de Constantinopla, monje fanático e  intolerante, martillo de herejes que, al final, se tiene que tragar su propia medicina.
  • JUAN, obispo de Antioquía. Partidario de Nestorio y contrario a Cirilo.
  • CELESTINO, obispo de Roma (papa). Por más que digan, un cero a la izquierda en la batalla entre Cirilo y Nestorio, o, si se quiere, entre  Alejandría y Constantinopla.
  • TEODOSIO II, emperador del imperio romano de oriente. Otro fanático religioso, más perdido que Carracuca entre los debates teológicos que se traían entre manos los obispos. No se enteraba de nada ―como muchos otros, quizá el que esto escribe―.
  • MEMNÓN, obispo de Éfeso. Partidario de Cirilo.
  • JUVENAL, obispo de Jerusalén. También partidario de Cirilo.
  • CANDIDIANO, jefe de seguridad del concilio y delegado del emperador.

***

En mi mocedad me costó trabajo comprender que la historia no era una película, como me había parecido en mi etapa colegial. Que es una ciencia compleja y que se basa, sobre todo en la interpretación de textos. Por otra parte, la interpretación o hermenéutica es otra disciplina que se las trae. Los historiadores han acuñado un término que es “la verdad histórica” como realidad distinta a “la verdad real”.

En la interpretación del material primario, los textos, el historiador está condicionado, más o menos conscientemente, por su ideología y por su motivación. Y el lector debe tener esto muy presente, porque la historia es un arma ideológica de primer nivel. Lo vemos en la actualidad en esas tendencias que se llaman “negacionistas” que dicen que eso de los nazis o de la inquisición que no fue para tanto.

Especialmente complicado cuando se trata de historia que, de una manera u otra, continúa viva, sea moderna o antigua. Por ejemplo la historia del cristianismo, una historia manipulada, sesgada y tergiversada hasta la saciedad. Y es que la historia, como bien se sabe, la escriben los vencedores.

Por eso son tan importantes libros como este en el que el historiador, además de darnos su interpretación de la historia, que es su trabajo, nos muestra los textos en los que se basa y los pone a nuestro alcance, pues de otra forma sería imposible para nosotros, el pueblo llano,  humilde y sencillo, acceder a ellos. Así tendremos más elementos de juicio a la hora de tomar en más o menos consideración las conclusiones del historiador. No es, por cierto,  el único en el que el profesor Teja hace un trabajo de divulgación de textos de la antigüedad tardía, tiene otros también muy interesantes.

Este es un libro es muy pequeño (176 páginas nada más; por cierto, en una edición horrible, con unas páginas satinadas como las de las revistas del corazón, en las que no se puede hacer una nota a lápiz y que reflejan desagradablemente la luz) pero nos ofrece una excelente selección de textos.

***

LAS FUENTES.

  • Actas conciliares: Montones y montones de documentos compilados por Schwartz en sus  Acta conciliorum oecomenicorum, Berlín 1921-1938. Las Actas de Éfeso ocupan cinco volúmenes del tomo I. He visto en internet (iberlibro.com) que se pueden comprar algunos volúmenes de esta obra en latín, con unos precios entre 400 y 900 eurillos de nada, que luego llega mi cumpleaños y mis amigos o mi familia no saben qué regalarme. Otra compilación es de Festugière, Ephèse et Chalcédonie, actes des concilies, París 1982.
  • El libro de Heráclidas de Damasco, del propio Nestorio. Las obras de Nestorio fueron quemadas por orden del emperador, como solía pasar. Parece que a principios del siglo XX se encontraron algunos escritos de Nestorio desconocidos hasta entonces. El libro de Teja es de hace más de veinte años, y me parece que sobre este libro de Nestorio hay cierta polémica no resuelta todavía. Da cuenta, no obstante, de unos puntos de vista distintos a los del bando ganador. ¡A ver cuando se anima el profesor Teja y nos sorprende con una edición en castellano de este libro que promete ser interesante!
  • Cartas y escritos de los protagonistas de la historias, especialmente de Cirilo, de Teodoreto de Ciro, de Juan de Antioquía, del papa Celestino, y del emperador Teodosio II.
  • Informes de la cancillería del emperador.

El material es abundante y la selección que Teja nos hace llegar es variada y de gran interés.

ANTECEDENTES

Ramón Teja viene a decir que el conflicto surgido en la cristiandad en aquellos años no fue tanto un desacuerdo en cuanto a opiniones teológicas como unas encarnizadas luchas por el poder.

“El debate teológico fue la excusa, la lucha por la primacía en el cristianismo de Oriente constituye la explicación última” (pg. 55)

En Occidente Roma no tenía rival. Solo Cartago, que nunca puso objeciones a la primacía romana,  gozaba de cierta relevancia en aquel sector del Imperio, el resto no era más que una mina de materias primas. Oriente era otra cosa. Era una zona más poblada, más rica y con más cultura. Hasta el siglo IV Alejandría y Antioquía eran las ciudades más importantes, pero a partir de entonces una nueva ciudad comenzó a ganar poder: Constantinopla. Los ambiciosos obispos de Alejandría ―a Teófilo, tío de Cirilo, lo llamaban el “faraón cristiano”― entablaron una feroz batalla por el poder contra sus hermanos en la fe de Constantinopla. Y la primera víctima importante fue, nada más y nada menos, que Juan Crisóstomo a quien Teófilo consiguió echar de la prelatura de Constantinopla.

Y por este camino iban cuando apareció en escena Nestorio.

Al principio del libro del profesor Teja se nos hace una semblanza de los personajes que van a protagonizar la “tragedia”. Nestorio aparece como un monje orgulloso y soberbio, como solían ser los monjes de entonces, y, además, lenguaraz, cualidad también común. De procedencia antioquena, que era lo que más disgustaba en la capital egipcia, nada más llegar a la sede de Constantinopla se dedicó a perseguir con saña a herejes de toda condición, principalmente arrianos y novacianos. ¡Acabará probando su propia medicina!

Los debates teológicos de entonces eran alambicados hasta el delirio, y debatían y debatían con ardor por cuestiones que ahora llamaríamos ―y aquí están sus orígenes― bizantinas. En el debate sobre la naturaleza de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hilaba de un fino que marea. A esto se mezcló el culto a la madre de Jesús, de gran relevancia en la religiosidad popular, aunque en ámbitos teológicos todavía no había despegado esa rama que luego llamarán mariología.

En este contexto, y ya de obispo de la capital de Oriente, Nestorio, en su ministerio pastoral,  proclamó que no parecía lógico llamar madre de Dios a María ―theotokos―, y que sería más razonable llamarla madre de Cristo, lo que no suponía, en modo alguno, rebajar la devoción que le profesaba.

Cirilo, que también aspiraba a ser un “faraón cristiano” como su tío, estaba esperando el momento de atacar y consideró este motivo suficiente para lanzarse a la yugular de su hermano en Cristo y entablar una feroz batalla que terminaría por quemar a todos. Según los textos que nos ofrece R. Teja, Cirilo le dijo de todo a Nestorio, menos bonito.

Parece, sin embargo, que no era para tanto, como reconocieron en 1994 (¡!) el papa Juan Pablo II y el patriarca de la Iglesia ―nestoriana― Asiria de Oriente, Mar Dinkha IV, que hicieron las paces ¡1.500 años después! No sé si servirá ahora de algo, Cirilo sigue de santo y a Nestorio no le va a ser fácil quitarse el sambenito de hereje.

Cirilo de Alejandría ―san Cirilo―, es un personaje auténticamente siniestro, según se puede ver en sus propios escritos: falso, embaucador, torticero, ambicioso, mendaz, adulador, soberbio, en fin, una alhaja. Podemos ver en los textos que nos ofrece Teja cómo da distintas versiones de los mismos hechos según a quien se los cuente. Después de su muerte circuló una carta, que fue leída en el concilio de Constantinopla del 553 y que da cuenta de lo que algunos de sus contemporáneos pensaban de él:

“Finalmente ha muerto este sinvergüenza… Su desaparición alegra a los supervivientes, pero debe haber aterrorizado a los difuntos. Existe, pues el peligro de que se cansen pronto de él y nos lo envíen de nuevo. Será necesario colocar

sobre su sepulcro una losa muy pesada para que no se le pueda volver a ver.” (pg. 133)

¡Pone la carne de gallina!

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El caso es que Cirilo ―¡san Cirilo!― contraatacó teológicamente con los famosos doce  capítulos o anatematismos, que, con el tiempo se volverían en su contra, y, con otro poco más de tiempo, servirían de base para un nuevo cisma en la iglesia, la separación de los monofisitas.

Muy bien retratado este Cirilo, por cierto, en la película de Amenábar “Ágora”. No así Hipatia, quien hubiera estado mejor representada por una actriz con unos treinta o cuarenta añitos más. También se da una imagen del ambiente de confrontación que se vivía en Alejandría en aquellos tiempos muy distinta a la que se suele dar en películas piadosas, y, me parece a mí, más próxima a la realidad. ¡Que ya está bien de tanto malvado romano persiguiendo a bondadosos cristianos!

Por su parte, el papa, san Celestino, no se enteraba de nada. Se dejó llevar por la versión, completamente tergiversada ―como se ve en los textos― que le proporcionó Cirilo, del problema teológico suscitado. Nestorio también mandó un informe al papa, pero lo hizo en griego, sin traducir al latín, como sí se preocupó en hacer Cirilo, y en Roma ya no conocían el idioma de los evangelios (pg. 62). Además, a Roma le importaban muy poco los enredosos debates teológicos de los taimados griegos, se conformaba con que reconocieran su supremacía, y Cirilo, ¡gran diplomático!, supo muy bien adular a la corte romana. Así que, sin enterarse de lo que estaba pasando, el Papa se puso de parte de Cirilo.

EL CONCILIO

Una vez más puesta en peligro la paz del imperio por los despiadados enfrentamientos episcopales, al emperador no le quedó otra que convocar un concilio para ver si se aclaraban las cosas y se ponían de acuerdo. Porque, por más que digan Adro Xavier y otros teólogos o pseudo-teólogos o pseudo-historiadores católico-romanos, los concilios ecuménicos los convocaba el emperador, no el papa.

Se convocó para el mes de junio en Éfeso, curiosamente un centro importante de adoración mariana, que, antes, había sido un lugar de culto de la Diosa-Madre pagana Artemisa-Diana, y es que el culto a María tiene mucho que ver con esos otros cultos ancestrales a las diosas madres de todos los tiempos, Artemisa, Cibeles, Isis…

El emperador pidió a los patriarcas (Constantinopla, Roma, Antioquía, Jerusalén y Alejandría) que viajaran a Éfeso con un prudente acompañamiento. Pero Cirilo se llevó a medio Egipto, incluidos personajes de sospechosa catadura, y es que iban preparados para la guerra.

Cirilo y Nestorio llegaron antes de la fecha prevista, y, como corresponde a hermanos en la fe, ni se dirigieron la palabra. Cada uno esperó el comienzo del concilio en sus respectivas residencias. Eso sí, Cirilo tenía el apoyo del obispo de la ciudad, Memnón, lo que aprovechó para ir haciendo proclamas y encender el ambiente popular contra Nestorio. Y es que el pueblo es fácil de manipular, como ya nos mostro Shakespeare en “Julio César”.

El día previsto para el comienzo de las sesiones  todavía no habían llegado importantes legaciones episcopales. Faltaban el patriarca de Antioquía, partidario, en principio, de Nestorio, y los legados del papa de Roma. Esto significaba que en Éfeso solo estaban Nestorio y sus enemigos. Se esperó. Juan de Antioquía mandó una carta al concilio diciendo que ya llegaba, que el viaje había sido complicado, que, por favor, esperaran un poquito más, que no había aviones, ni trenes, ni carreteras, ni nada.

Cirilo, y la historiología posterior, escrita por sus partidarios, los vencedores, entendió esto de otra manera, como que daban largas, que no se querían comprometer, y sin encomendarse a nadie, incluso con el parecer contrario del legado imperial, Candidiano, inauguró el concilio y le faltó tiempo para condenar a Nestorio por hereje. Juvenal de Jerusalén se unió a este bando celoso de la relevancia de la sede de Antioquía en Siria y Palestina, a costa de su propia sede a la que ya no le quedaba de valor más que el nombre.

Los retrasos de Juan de Antioquía y de los legados papales han dado mucho que hablar. Si fueron accidentales o intencionados. Son muy interesantes los textos escogidos por Teja para ilustrar el asunto.

Al final llegaron. Los de Roma se unieron al concilio de Cirilo y suscribieron sus decisiones, o sea, la condena de Nestorio. Juan y los demás sirios, partidarios de Nestorio, se reunieron aparte y organizaron su propio concilio, y lo primero que hicieron fue excomulgar y deponer a Cirilo, a Memnón, a Juvenal y a los demás partidarios. Lo siguiente fue una orgía de deposiciones y excomuniones de tal manera que todos los obispos de la cristiandad se vieron excomulgados y depuestos, unos por otros. O sea, que aquél año en Éfeso no hubo un concilio sino dos.

Y llegado a situaciones como esta, ¡que hay muchas en la historia del cristianismo!, no puedo menos que acordarme de aquella famosa cita de Tertuliano (Apología 39):

Mirad, dicen [los paganos], cómo se aman entre sí [los cristianos]; se admiran porque ellos recíprocamente se aborrecen”.

***

El emperador se hacía cruces y no sabía ya qué hacer con los obispos, que entre ellos, su hermana, la augusta Pulqueria, su mujer Eudocia, y demás intrigantes de la corte, seguro que estaba mejor en la guerra contra los persas. Convocó a los cabecillas a Constantinopla, pero allí tampoco se solucionó nada, no se podían ver los unos a los otros.

Cirilo maniobraba haciendo generosos regalos para ganarse la simpatía de la corte. También hace aquí el profesor Teja una selección de textos que ponen de manifiesto que Cirilo sobornó a todo el que se dejó ―”Apéndice III: Los sobornos de Cirilo”. Págs. 151-163―.

Sin haberse solucionado nada los obispos volvieron a sus respectivas sedes, excepto Nestorio que se largó ―o lo largaron― y a cuya sombra se fue formando una iglesia particular que ha llegado hasta nuestros días, y que, como ya se vio, acaba de reconciliarse con la iglesia de Roma.

En Éfeso se vivió aquel año una situación de gran inestabilidad social: manifestaciones, enfrentamientos, proclamas, y no se llegó a más porque Dios no quiso. Nestorio temía por su vida, y las tropas imperiales, enviadas para mantener el orden, estaban desbordadas.

En años posteriores Juan de Antioquía fue cediendo en su defensa de Nestorio, ya desaparecido de escena, y, al final, parece que se llegó a una situación de paz, concordia y entendimiento en la cristiandad. Y ¡bien frágil que fue!

El resultado del concilio produce perplejidad, visto desde el presente, porque del enfrentamiento entre Nestorio y Cirilo resultó vencedor indiscutible ―y estos conceptos bélicos no son metáforas― este último, cuando ahora parece ser que

“los teólogos modernos están de acuerdo en que las manifestaciones de Nestorio que Cirilo había aducido desde el principio de la polémica como heréticas y que se volvieron a leer en el concilio, son perfectamente ortodoxas en base a la doctrina que después se fijará por León magno y el concilio de Calcedonia y al vocabulario de que entonces se servía la escuela teológica de Antioquía. No era ortodoxa, sin embargo, la doctrina de Cirilo en los Doce Capítulos. Pero el obispo alejandrino logró que su propia doctrina no se examinase y que Nestorio pasase a la posteridad como la encarnación del hereje blasfemo y diabólico” (Pgs. 99-100).

¿Y ahora qué? ¿Dónde reclama Nestorio daños y perjuicios?

***

Un libro interesantísimo, muy fácil de leer, divertido y ameno a la vez que riguroso, y que nos da una visión muy aclaradora de un emocionante capítulo de nuestra historia, alejada de los tópicos de la historiología oficial.

Un buen escritor tendría aquí materia para una apasionante novela histórica.

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