“El rey” – KADER ABDOLAH

el rey

“El rey”

KADER ABDOLAH

(ECC Ediciones. Barcelona 2016)

 

 

Este país es un laberinto milenario de luchas de poder, rencores enquistados, enfrentamientos religiosos, políticos tóxicos, príncipes vengativos, líderes espirituales aborregados y mujeres taimadas que manejan los hilos detrás de las cortinas”.

 

De justicia es resaltar que el nombre del autor no es su verdadero nombre, sino un homenaje a dos compañeros suyos, naturalmente Kader y Abdolah, que fueron ejecutados por el régimen de los ayatolás, en los años 80, contra el que luchaban ―también el autor―, y que ya antes se habían enfrentado a la tiranía de sah; salir de Málaga…

¡Ojalá no fueran necesarios los homenajes de esta clase!, supondría que no hay víctimas a las que homenajear, pero en este caso no ha venido mal del todo, porque el auténtico nombre del escritor es Hossein Sadjadi Ghaemmaghami Farahani y no sé yo si iba a poder preguntar por sus libros en la librería.

***

Creo que el conocimiento de la historia es muy importante, entre otras cosas para entender mejor el presente. La novela histórica es un medio ideal, más que para contar la historia, para recrear los marcos o los escenarios en los que se desarrolla. Lo que no nos excusa para  tener que ir después a los libros de historia de verdad.

Una novela histórica es una novela, y no es una perogrullada. No es historia, es una recreación ―más o menos libre― de la historia. Es verdad que el autor puede intentar ser fiel a las crónicas pero, si quiere presentar unos personajes verdaderamente humanos, siempre tendrá que fantasear, sobre deseos, anhelos, esperanzas, miedos, odios, amores, o motivaciones inconscientes que llevan a los protagonistas a tomar decisiones, que no siempre son lógicas y racionales. Sobre estas cosas no suelen hablar los libros de historia. Que los personajes sean creíbles o no, dependerá de cómo se adapte la capacidad imaginativa del autor a la coherencia de los personajes.

La novela histórica es, además, un género que se ha desarrollado desmedidamente y que no siempre produce buenos frutos. “El rey” es una novela histórica y me decidí por ella porque ya conocía otras obras del autor: “el reflejo de las palabras” y “la casa de la mezquita”, que me parecieron extraordinarias, así que cuando lo vi en la librería no lo dudé, y se cumplieron las expectativas.

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El protagonista principal es, naturalmente, el rey, el sah de Persia Nasereddín (como el famoso Nasrudín, o Naser al-Din) Sah Kayar, o también Naser Muhammad Fatali Mozafar ―nombres de su padre, abuelo, bisabuelo y tatarabuelo―, según se dice en la novela.

 

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • NASER, sah de Persia.
  • MADOLIA, su madre.
  • MIRZA KABIR, gran visir.
  • AGASI, jeque, consejero de Madolia, practicante de artes mágicas, ocupa el cargo de visir tras la muerte de Mirza Kabir.
  • SHARMIN, la gata de Naser.
  • TACH OLSULTAN, hija y heredera de Naser.
  • YAMAL JAN, opositor clandestino a la política absolutista del sah.
  • MIRZA REZA, otro rebelde.
  • MOSTOVI ALMAMALEK, sustituto de Agasi en el cargo de visir.

 

NASER EN LA HISTORIA, unos cuantos datos sacados de la wikipedia:

elrey kader abdolah1

  • Nace en Tabriz en 1831.
  • Muere asesinado en Teherán en 1896.
  • Es proclamado sah de Persia en 1848.
  • De carácter dictatorial, como corresponde, durante su reinado se dieron pasos importantes para la modernización de Irán, muchas veces forzados por movimientos de resistencia internos.
  • Conflictos continuos con rusos e ingleses que querían hincar el diente en las riquezas del país. También con la aristocracia persa, que se resistía a ceder sus privilegios (lo normal).
  • En 1851 ejecuta a su visir Amir Kabir.

(Otro novelista, Amin Maalouf, libanés, sitúa algunas escenas de su obra “Samarcanda” durante este reinado, aunque da una versión de algunos hechos algo distinta).

***

El título de la novela dice mucho sobre su contenido. Realmente no hay en ella más que un auténtico protagonista, un personaje principal, el rey. Los demás son mera comparsa que ayudan, cada uno en su papel, a caracterizarlo.

Quizá se pueda hacer mención especial de otro personaje que tiene cierta relevancia por sí mismo: El gran visir Mirza Kabir, que, aunque muere a la mitad de la obra, su figura planea por toda ella como promotor de reformas para sacar al país del atraso en el que vive y colocarlo en la modernidad, tanto técnica como social y política por la que ya caminan muchos países en el siglo XIX.

Curiosamente el autor parece mostrar cierta simpatía por este personaje, y sin embargo se muestra aséptico y distante respecto del protagonista, al que intenta retratar ―o a mí me lo parece― con cierto grado de objetividad, de distancia. A veces cruel, a veces tierno, a veces temeroso, a veces soberbio. Lo que hace que pueda ser cada lector, con la ideología particular de cada uno, quien se decante por tenerlo como un tirano déspota, un parásito social o, por el contrario, por el digno portador y guardián de tradiciones inveteradas. Yo ―no me quiero ocultar― me inclino por lo primero.

Reyes y otros miembros de casas reales de la actualidad (España, Inglaterra, Mónaco, Arabia Saudí…) podrían dar lecciones a reyes y dinastías de otros tiempos de cómo se vive de putamadre. Los de ahora se han dado cuenta de que no es necesario que ejerzan personalmente el poder, que puede llegar a ser una tarea pesada e ingrata que termine por convertir todos los privilegios, todos los lujos, todas las riquezas, en un auténtico infierno. También han descubierto estas monarquías actuales que no tienen que rivalizar unos con otros por el máximo grado de dignidad. Esta rivalidad por querer ser todos califa en lugar del califa llevaba a reyes y príncipes a vivir en un estado de alerta permanente, temiendo siempre que algún aspirante se deshiciera de ellos para colocarse en su lugar. La historia está llena de ejemplos. No disfrutaban ni de la comida, de la que siempre sospechaban que pudiera estar envenenada, ni del descanso, pues cerrar los ojos era quedarse a merced de cualquiera, porque de nadie se podía fiar uno del todo. Vaya, que esa vida era un sinvivir. Por ejemplo, de nada le sirvieron al emperador romano Claudio, todas las precauciones que tomó para salvaguardar su vida, y terminó envenenado, como tantos y tantos.

Naser, por más que viviera entre lujos asiáticos, que es lo propio, todavía pertenecía a aquella generación de gobernantes que tenía que llevar las riendas del gobierno por sí mismo, y su vida ―tal como se cuenta en la novela― no parecía muy feliz, pues los problemas eran constantes. Que si los rusos, que si los ingleses, que si el pueblo quiere comer, que si algún ambicioso le quiere arrebatar el trono, que si conspiraciones, que si insidias… Y a todo tenía que hacer frente personalmente.

El empleo de visir tampoco tenía que ser divertido. En las mil y una noches son muchos los que terminan perdiendo la cabeza. Tenían que tratar con un déspota, a veces maniático, a veces caprichoso, a veces irracional, a veces mobile qual piuma al vento. Era necesario mucho tacto para no despertar suspicacias, siempre a flor de piel, para convencer y seducir. Además tenía que vérselas constantemente con otras influencias de personajes próximos al rey que intentaban conducir su todopoderosa voluntad hacia sus propios intereses.

En la novela el visir Mirza Kabir se nos presenta como un gobernante prudente y preocupado por los problemas de su pueblo, al que desea sacar del atraso en el que vive modernizando el país: la educación, los transportes, carreteras y ferrocarril, la sanidad, la industria, la luz eléctrica, el telégrafo… pues eso, nada nuevo bajo el sol.

“Su sueño de unir el sur profundo con las lejanas tierras del este mediante una línea de ferrocarril, su ambición de instalar cables de telégrafo por todo el país, levantar puentes, construir hospitales, su proyecto para enviar a todos los niños a la escuela y liberar a las mujeres de la opresión… []. Consideraba imperativa la necesidad de separar los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Estaba convencido de que los pueblos podían cambiar el rumbo de su historia y que el ser humano era responsable de su propia felicidad.”

Ya dije antes que el autor muestra una clara simpatía por este personaje.

A parte de los caprichos o los arrebatos del rey, el visir tiene que enfrentarse con la rémora o el lastre de la influencia, especialmente, de su madre, la princesa Madolia, a la que el visir y sus ideas modernistas no le gustan un pelo. Sobre ella ejerce una poderosa influencia el jeque Agasi que es un personaje que a veces parece un trepa sin escrúpulos y otras un místico al que no le interesan nada las cosas mundanas, como el poder o las riquezas.

El rey se mueve en su palacio como un tigre en una jaula dorada. Mucho lujo, muchas mujeres, muchas alfombras persas, mucho jardín paradisíaco, pero sin paz ni serenidad interior. Tiene afición por las artes, pinta y escribe poesía, habla idiomas. Pero lo agobia el peso del gobierno. Unos le dicen que por aquí, otros que por allí, y él se aturde.

A la hora de toma de decisiones importantes se deja llevar más por los consejos de su madre, que lo impulsan a la confrontación con potencias muy superiores, los rusos o los ingleses, con argumentos emocionales como el honor o el orgullo, mientras que el visir le indica caminos de concordia con esas potencias para que haya paz y poder atender a las necesidades del país.

Llevar la vida que lleva el sah cuesta mucho, y ¿qué hace para financiarse? El visir propone explotar las riquezas del país y fortalecer su industria, especialmente la de las alfombras, de fama mundial. Pero el rey opta más por medidas privatizadoras.

Ya dijo Qoelet, un libro de la Biblia, allá por el siglo III o II antes de nuestra era, que no hay nada nuevo bajo el sol.

Pues sí, el rey ―como seguirán haciendo sus sucesores durante bastante tiempo―, malvende las riquezas de su país a quien puede comprarlas, en este caso principalmente a rusos e ingleses. Son muchas las veces que se han puesto en práctica estas estrategias, siempre con resultados nefastos para la mayoría, siempre con suculentos beneficios para unos pocos, y todavía continuamos con ello.

Las carreteras y las aduanas a los rusos, el petróleo del sur a los ingleses, el ejército a los franceses, correos a los austríacos… Y no, no se trata de la Grecia del siglo XXI, sino del Irán del XIX.

La posición de Mirza Kabir se ve cada vez más debilitada frente a sus enemigos.

El problema es que el sah es un insensato. Más de uno está empezando a presionarlo para que me elimine, y si llega el caso, no dudará en ordenar mi asesinato”.

Y llevó razón el visir. Aunque el rey se lamentará muchas veces de haber tomado esa decisión.

Le sucede en el cargo el jeque Agasi, que no terminará de sentirse a gusto en él y que se alegrará cuando se le destituya por no haber gestionado bien unas revueltas populares. Su sucesor será Mostovi Almamalek, educado en la escuela de Mirza Kabir, con el que volverá el ideal modernizador.

También en Persia el siglo XIX fue convulso en cuestiones sociales. No tanto como en los países industrializados donde había una fuerte integración de la clase trabajadora que se congregaba en grandes centros industriales, pero también se dejaban sentir anhelos de democracia y libertad.

La oposición ilustrada se organizaba, aunque para llegar al pueblo tuvieron que recurrir al estamento clerical, a los imanes y los ayatolás, a los que fue necesario plantear los problemas sociales desde una perspectiva religiosa, porque de otra manera no hubieran tenido su apoyo ni tampoco el de los comerciantes ni el del resto del pueblo, inculto y analfabeto.

Una gran protesta se organizó entorno al comercio del tabaco: Todo el mundo fumaba en Persia, y los narguiles eran de uso cotidiano. El sah, como antes se dijo, para financiar sus lujos, había vendido a precio de saldo el monopolio de la explotación del tabaco en todo el país a los ingleses.

A instancias de los revolucionarios un ayatolá proclamó una fatua por la que declaraba contrario a la ley musulmana el fumar. El éxito de tal declaración supuso que los ingleses perdieron ese suculento monopolio, y que la posición del sah se debilitó frente a los rebeldes, que se crecieron en sus exigencias de la creación de un parlamento y de la división de poderes de la que habló Montesquieu.

En la historia hay encrucijadas en las que se abren posibilidades cuya evolución habrían cambiado el escenario del mundo radicalmente. ¿Nos imaginamos el mundo actual si en Irán, en el siglo XIX se hubiera instalado una democracia laica como se desarrolló en Gran Bretaña o en Francia? ¿Y si Majencio hubiera vencido a Constantino en el puente Milvio? ¿Y si Juliano no hubiera muerto tan joven? ¿Y si Napoleón hubiera invadido Rusia? ¿Y si…? Pero la realidad es que solo hay una historia viva dentro de un marco de infinitas posibilidades.

Hubo revueltas, hubo muertos, hubo concesiones, hubo traiciones, un atentado. Todo apunta a un espontaneo, nada previamente organizado: Mirza Reza asesina al sah.

Y muerto el protagonista se acabó la novela, no sin echar antes un vistazo por encima de la tapia de la historia por la que se encarama Tach Olsultan, hija de sah, nombrada por el parlamento reina regente hasta que el hijo de esta alcanzara la mayoría de edad y pudiera ocupar el trono.

“Pero las historias sobre reyes nunca tienen un auténtico final, porque el narrador ha de guardarse siempre algo para la noche siguiente”.

***

La novela es muy ágil: capítulos cortos y todos llenos de noticias importantes. No se enreda en retóricas, va directo al grano. La narración fluye constante aunque serena, lo que no impide que los retratos de los personajes, las situaciones y los lugares sean lo suficientemente elocuentes para que nos podamos recrear en aquel fascinante mundo que fue la Persia del siglo XIX.

Las consecuencias de lo que pasó entonces todavía se hacen notar en la actualidad, y ya se sabe que conocer el pasado es una clave importante para entender el presente.

 

 

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