“Diario de un cura rural” – GEORGES BERNANOS

af_diario_cura_rural.indd“Diario de un cura rural”

GEORGES BERNANOS

 (Ediciones Encuentro. Madrid 2009)

 

Esta edición de la novela de Bernanos lleva un prólogo de José Luis Restán. Yo entiendo que un prólogo que encabeza la edición de un libro debe ser un estímulo para su lectura, pero en este caso a mí me pareció más bien disuasorio. Sin embargo no cejé y me alegro porque es una bonita novela, por más que sus mensajes, como todas las opiniones o ideas en la vida, puedan discutirse o matizarse.

Dice el prologuista que la protagonista de la novela es la gracia ―la santificante, no la de reírse―, aunque  yo no la veo por ninguna parte, ni la una ni la otra. El protagonista es un ser gris, neurótico, sin autoestima, mediocre, enfermizo y con tendencias suicidas (apenas se alimenta, solo pan y vino, más vino que pan). Pero en fin, prólogos a parte, vamos con la novela, que no es mala. Si bien el Concilio Vaticano II la dejó un poco obsoleta, ese giro tradicionalista que le imprimió  Juan Pablo II al catolicismo quizá la haya actualizado un poco.

Muy apreciada en medios católicos conservadores que la alaban, no tanto por su valor literario, como por su testimonio de lo que significa su fe, la confianza en Dios, el sacrificio, la gracia. Yo veo otra cosa, también a parte de su valor literario: un mundo gris, sin alegría, una fe que no es más que un triste consuelo ante la adversidad, una moral rancia, esclerotizada. Contrasta la angustia vital del religioso protagonista con las ganas de vivir de las chiquillas del pueblo que se ríen de él en la catequesis.

 

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • EL PÁRROCO DE AMBRICOURT. Autor del diario. Joven sacerdote recién salido del seminario al que mandan a desempeñar su labor pastoral a un pequeño pueblo.
  • EL CURA DE TORCY. Sacerdote ya veterano de un pueblo cercano que suple la figura del padre ―y quizá también de la madre― y consejero espiritual del joven e inexperto párroco de Ambricourt.
  • DOCTOR DELBENDE. Médico ateo, contrapartida del anterior.
  • DUPRÉTY. Compañero del seminario del protagonista, secularizado, convive con una mujer, y, además ¡sin estar casados!
  • CONDE DE AMBRICOUR. Terrateniente del lugar
  • CONDESA. Esposa del anterior
  • CHANTAL. Hija del conde
  • MADEMOISELLE LOUISE. Institutriz de Chantal y amante del conde.

El cura de Torcy, tan alabado por el prologuista, es el portavoz de los valores y la moral de la Iglesia. Es un cura campechano, que ya lo campechano gustaba entonces como gusta ahora. El protagonista lo describe en su diario como “un buen sacerdote, muy puntual, que hallo un poco vulgar”.  Recuerdo al teniente Colombo al que ya se le presentaba con esa imagen un tanto vulgar, lo que hacía resaltar más su ingenio y su astucia. Aquí lo mismo. El cura de Torcy es el alma de la novela, la voz de la conciencia cristiana que interpela al pobre protagonista, y, por qué no, a todos nosotros. A mí, por el contrario me parece el personaje más artificial de todos, el menos humano, la personificación de una moral caduca, lo que lo hace el menos indicado para dar lecciones a un alma que sufre de una desesperación vital como la que siente el joven sacerdote.

***

LA TRAMA es muy sencilla, vehículo para mostrar el retrato de unos personajes sufrientes, cada uno a su manera, y tristes, todos muy tristes. Repito que las únicas alegrías que se ven en el pueblo son las de las niñas que se burlan de la ingenuidad y la inocencia del párroco lanzándole picantes indirectas.

Un joven cura, recién terminados sus estudios, es mandando a pastorear una parroquia en un pequeño pueblo. La vida no va a ser fácil para él una vez traspasados los protectores muros del seminario. No sabe por qué pero no se hace querer por los parroquianos. Resulta que no conoce el mundo. La educación en los seminarios no los preparaba (no sé ahora) para enfrentarse con el mundo, que es complejo y variopinto. Se siente solo y ahoga sus penas en un vino pésimo, que es el único que su pobre economía le permite.

El personaje es un joven neurótico e inseguro que no sabe qué hacer con su vida ni cómo ejercer su labor pastoral. Lo intenta, pero no parece que nada le salga bien. Lleva un caos total en su vida doméstica, en su comida y su descanso, y esto, y el vino peleón, le irán pasando factura que pagará a costa de su salud, cada vez más endeble.

Escucha los consejos del cura de Torcy. Cualquier libro de autoayuda le hubiera venido mejor, porque sus recetas no son más que fe, confianza en Dios, penitencia, sacrificio y algunas perogrulladas de la sabiduría popular.

La contrapartida del cura de Torcy es el médico ateo Delbende, también campechano y triste pero de otra clase, nihilista y existencialista. Está ahí, aparentemente,  para ser una contrapartida pobre del cura de Torcy, para añadir un punto de vista distinto y que no se diga que solo se escuchan los argumentos de una parte. Pero Bernanos no se siente a gusto con él. Su papel resulta artificial, poco creíble. Sus argumentos son una serie de tópicos poco elaborados. Su descreimiento le llevará al suicidio aunque no se diga de manera explícita.

La enjundia de la trama está en la relación con el conde y su familia.

El conde, terrateniente del lugar, es un hombre frío y distante, como corresponde a un hombre de su categoría. La hija, Chantal, una joven amargada que odia a todo el mundo, empezando por sus propios padres, y que pone en aprietos al inexperto párroco.

Los momentos álgidos de la novela vienen de la mano de la condesa. Otra alma sufriente. Con una hija que la trae por la calle de la amargura, un marido que ya no le hace caso ninguno ―está liado con la institutriz de Chantal―, y, sobre todo, con la inmensa pena de haber perdido a un hijo de temprana edad. Dolor que no ha podido superar y que se impone a cualquier otro, causa principal de su rechazo de la fe y del propio Dios. Recuerdo cómo era el sufrimiento y la muerte de niños inocentes lo que más revelaba a Iván Karamazov contra el Dios que defendía su hermano Alioshka.

De la entrevista del cura con la condesa dice Restán en su prólogo: “el párroco de Ambricourt, torpe, desmañado, hará saltar por los aires la soberbia de corazón y el resentimiento contra Dios que, como un cerrojo, aprisionan a la condesa”. Y no parece que Restán y yo hayamos leído el mismo libro. Especialmente me llama la atención lo de “la soberbia de corazón” de una madre a la que se le ha muerto un hijo y vive en un entorno familiar hostil. ¿Qué va a hacer?, ¿dar gracias?

Los argumentos, si se les pueden llamar así, efectivamente torpes, del cura no hacen sino culpabilizar a la víctima. Habla sin convicción porque no cree lo que dice, no tiene fe en sí mismo, y como recitando de memoria una lección aprendida ―quizá― en el seminario ―quizá― en el libro de Job en el que los amigos del protagonista acusan a este de ser el causante de sus desgracias por sus malas obras, pues los castigos de Dios son siempre merecidos. Esto es lo que se llama la teoría de la retribución, que en castizo significa que quien la hace la paga, y si alguien cree, como creía Job, que no ha hecho nada para merecer el castigo, es porque está equivocado o no quiere reconocer sus faltas. Quizá sea esta la soberbia de corazón de antes.

El autor hace que la intervención del cura doblegue la voluntad de la mujer. Y digo que lo hace el autor porque si los personajes hubieran tenido un mínimo de autonomía la condesa no le habría hecho ningún caso. Ahora la víctima se siente culpable, tan culpable ―no se sabe bien de qué― que termina quitándose la vida.

La salud del cura está cada vez peor y va a ver a un médico a la capital. Cáncer. Él pensaba que la muerte le vendría de alguna afección vinculada con su pobre alimentación y con el vino, pero no con el cáncer. Lo que le sorprendió un poco. No el hecho de que fuera a morir, parece que no deseaba otra cosa, sino que fuera aquella enfermedad.

En la ciudad encuentra a un compañero del seminario que le ofrece cobijo en su casa. Dupréty había colgado los hábitos y, además, vivía con una mujer sin estar casados. No sé cuál sería la intención de Bernanos, pero yo encuentro a estos dos personajes, Dupréty y su compañera, los más humanos de toda la novela, los más vivos. No tienen muchos recursos, son obreros pobres, pero no han perdido la ilusión por vivir. La mujer le cuenta al cura, que ya está en su lecho de muerte, su vida a grandes pinceladas, una vida que no ha sido fácil, pero ahora se siente feliz al lado del hombre al que ama, aun pasando estrecheces. Es de las que piensan: “contigo pan y cebolla”.

El protagonista muere, no en los brazos de ese dios de muertos que dejó en el pueblo, sino en un hogar humilde pero vivo.

***

Mientras leía la novela otra se me iba haciendo presente a cada momento, sin que pudiera evitar las comparaciones, que nunca son buenas, “El pecado del padre Mouret”, de Zola. Se me representaba inconscientemente, sin intención, pero iba comparando, y es que, en algunos momentos, se parecían mucho la tristeza, la mediocridad, la falta de vitalidad y de ilusión de los dos protagonistas. Pero esta es otra historia.

Mi impresión, que discrepa de otras que he leído por ahí, entre ellas la del prologuista J. L. Restán, es que Bernanos describe a la perfección lo que es la religión, o mejor, esta religión concreta, la del personaje de la historia, la del cura de Torcy, no sé si la del propio Bernanos  ―no olvidemos que religiones hay muchas, y también muchos cristianismos, y muchas maneras de vivir unos y otras―. La de este libro no es más que un triste consuelo, una falsa salida a la angustia de la existencia, problema que estaba muy de moda por aquella época ―Sartre publicó “la náusea” en 1938, y la novela de Bernanos es de 1936, épocas convulsas también en el mundo del pensamiento y las ideas―. Una religión que culpabiliza a la víctima, como ya hicieron los amigos de Job, pero que no logra llevar la alegría y la felicidad a las personas. Las difiere para después, para el más allá.

Dice el sabio y campechano cura de Torcy: “la Iglesia dispone de toda la dicha y la alegría reservada a este pobre mundo”.

Menos mal que el cura de Torcy no llevaba razón en esto, porque, si no, andaríamos apañados.

¡Ojo!, que mi ―humilde y particular― crítica es a algunas de las ideas que se tratan en la novela, no a la novela misma, que es buena, al menos yo he pasado unos ratos muy agradables y entretenidos con ella. Sobre todo el personaje principal, a través de su diario, está excelentemente retratado, aunque admita distintas interpretaciones, algo lógico en una buena obra. Quizá otros le hayan salido un tanto planos, como Chantal o la condesa, que representan unos papeles un poco constreñidos.

Hay una película muy buena basada en esta obra. Con el mismo título, francesa, de 1950, del director Robert Bresson.

Aquí se puede ver un tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=ZYN5thtjhUw

 

 

 

 

 

 

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