“La busca” PÍO BAROJA

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PÍO BAROJA

“La busca” (1904)

(Caro Raggio, Editor. Madrid 1972)

Con ilustraciones de Ricardo Baroja

 

Durante seis mil años ―año arriba, año abajo―, la velocidad máxima a la que se podía desplazar la gente fue la velocidad del caballo. ¿30, 40 km/h? Por ahí andaría la cosa. Durante seis mil años no hubo avance alguno.

A mediados del siglo XIX, no hace más de doscientos años apareció en los campos el caballo de hierro, el tren. Desde entonces hasta hoy los cambios han sido vertiginosos ―y no solo en esto―. Ahora dicen que hay prototipos de aviones, como el NASA X-43 que pueden ir ¡a más de diez mil km/h! En seis mil años no se produjo ningún avance; en menos de doscientos hemos pasado de 40 a 10.000 Km/h ―la velocidad del sonido es de algo más de 1.200 km/h, o eso dicen por ahí―.

Fue en la Edad Moderna, allá por el siglo XVI, XVII, cuando empezó un proceso de aceleración de los cambios en todos los ámbitos de la existencia, las ideas, las ciencias, las relaciones sociales, los medios de producción. Antes de esto, en la Edad Media o más atrás, si no mediaban guerras u otras catástrofes, una persona, al morir de vieja, dejaba su mundo, su aldea, su pueblo, tal cual se lo había encontrado al nacer.

“La busca” es un paseo por el Madrid de principios del siglo XX, hace poco más de cien años, que en la perspectiva de la existencia humana es una insignificancia. Y parece que es un viaje por otro mundo. Todavía no existía, por ejemplo, esa obra faraónica, que se diría que lleva ahí desde que Dios hizo Madrid al principio de los tiempos: la Gran Vía.

Baroja nos lleva de paseo, especialmente, por lo que entonces eran los barrios bajos próximos al Manzanares: Las Injurias ―de nombre altamente evocador―, las Cambroneras, la Montaña del Príncipe Pío, los lavaderos del Manzanares, la Montaña del Observatorio. Barrios y lugares que hoy son elegantes, de clases medias ascendidas.

En la Montaña del Príncipe Pío, por ejemplo se nos muestran unas cuevas infectas donde se amontonaban los deshechos de la sociedad huyendo de los rigores del invierno. Hoy es un agradable  parque donde se despliega, majestuoso, el templo de Debod. Las riveras del manzanares, ese río del que decía Lope de Vega que era como un colegio, con vacaciones en verano y curso solo en invierno, antaño un lodazal con algunas huertas, es hoy un espléndido ―y costoso― parque urbano. Las Injurias es ahora un barrio de clase media acomodada, con su Pasillo Verde y sus grandes fincas urbanas, con piscinas y todo.

Y no es que ahora no haya suburbios. Claro que los hay, pero se van expulsando hacia afuera conforme crece la ciudad de bien. Por eso llamamos “marginales” a los que viven en ellos, porque viven en el margen, no solo de la sociedad, también físicamente de las ciudades, cada vez más lejos del centro: La Celsa, las Barranquillas ―que también han desaparecido ya―, las Mimbreras, Pitis, la Cañada Real… Recorriendo estos lugares nos podríamos hacer una idea mejor de los ambientes que se describen en “La Busca” que sentados en una terraza en el Paseo de las Acacias, donde difícilmente podríamos imaginar el Corralón donde vivían el tío y los primos de Manuel.

Bien es verdad que, ocultas a la vista, todavía quedan por el centro de Madrid muchas infraviviendas. Yo he visto una corrala en la calle Mesón de Paredes bien parecida al Corralón de las Acacias que sale en la novela: Techos bajos, pasillos estrechos, estructuras balconadas de madera. Si eliminamos de este edificio, con el poder de la imaginación, los saneamientos, ya tenemos el lugar inmundo de hace cien años.

“El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno.”

 

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • Dª CASIANA, patrona de una casa de huéspedes.
  • LA PETRA, criada en casa de Dª Casiana, madre de Manuel.
  • MANUEL ALCÁZAR, protagonista de la novela.
  • ROBESTO HASTING, estudiante, huésped de Dª Casiana.
  • LEANDRO, VIDAL, primos de Manuel.
  • EL “BIZCO”, golfillo de los suburbios.
  • EL SEÑOR CUSTODIO, trapero.
  • LA JUSTA, hija del señor Custodio.

***

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LA HISTORIA.

El hilo conductor de la historia es Manuel, un joven adolescente, hijo de la Petra, mujer que, viuda y venida a menos, tuvo que emplearse en una pensión de baja categoría para sobrevivir, después de haber colocado a sus cuatro hijos. A los dos varones los dejó a cargo de un familiar en un pequeño pueblo de Soria, pero Manuel no se adaptaba a la vida campestre ni a las lecciones de latín del cura del pueblo, y se marchó para Madrid a buscarse la vida.

Y la vida no es fácil ―para algunos―. Se empleó por alojamiento y comida en la fonda en la que trabajaba su madre. De aquí, a causa de unos pequeños incidentes, fue despedido. Su madre lo empleó, con el mismo salario, en la zapatería de un pariente, primo de su marido, el señor Ignacio. Allí empieza a relacionarse con la gente de los bajos fondos, chavales de su edad, sin oficio ni beneficio. Manuel y sus nuevos amigos vagan por los suburbios entre mendigos, traperos, vagabundos, busconas, chulos, borrachos.

Un drama en la familia del zapatero hace que la zapatería se cierre y Manuel se quede otra vez en la calle. Sin poder volver a la pensión de su madre y sin tener a dónde ir, busca cobijo donde puede: en cuartuchos compartidos, en cuevas de los alrededores. Con su primo Vidal y el “Bizco” recorren los arrabales del entorno del Manzanares y se solazan, a veces, en tabernuchas de mala muerte. También aprende a trapacear, robar y estafar para sacar algunas perras, aunque Manuel no termina de integrarse en este mundillo y busca nuevos horizontes.

Por intercesión de su madre encuentra otro trabajo, con el mismo sueldo que los anteriores, o sea, ninguno, en una tahona del centro. La insalubridad del lugar y de las condiciones de trabajo y de alojamiento son tan lamentables que la salud de Manuel se resiente gravemente y tiene que abandonar el trabajo y volver a las calles y a la desesperación.

Cuando estaba al borde de ella se cruza en el camino de la vida con el señor Custodio que lo lleva a vivir con él a su humilde pero ordenada y limpia chabola, cerca del puente de Segovia. La humildad, o la pobreza no siempre se llevan bien con el orden y la limpieza, pero don Custodio era una especie de hormiguita hacendosa que vivía de eso que ahora está tan de moda y que supone grandes beneficios para algunas empresas: el reciclaje.

Los días más felices de Manuel en toda la novela los vive en la casa de don Custodio y su mujer. Pero tiene la desgracia de enamorarse perdidamente de la hija de ambos, la Justa, que trabaja de modistilla por el centro y que, aunque no vive con sus padres, va a verlos con cierta frecuencia.

Los amores no correspondidos de Manuel hacen que tenga que abandonar la felicidad del hogar en el que tan a gusto se encontraba. Y otra vez a la calle, al mundo de la marginalidad y la delincuencia al que se veía cada vez más abocado.

En su declive hacia la desesperación termina acurrucado buscando el calor de los bidones donde preparaban el alquitrán para asfaltar la Puerta del Sol.

La última reflexión del personaje es como una puerta a la esperanza y una declaración de principios que será el fundamento de la segunda parte de esta historia: “Mala hierba”, que junto con “Aurora Roja” formarán la trilogía “La lucha por la vida”.

“Comprendía que eran las de los noctámbulos y las de los trabajadores vidas paralelas que no llegaban ni un momento a encontrarse. Para los unos, el placer, el vicio, y la noche, para los otros, el trabajo, la fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía de ser de éstos, de los que trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra.”

***

labusca3 Manuel es un personaje débil de carácter aunque se ve que en su interior va desarrollando unos principios y unos valores que no le dejarán caer por la ladera de la delincuencia y la marginalidad.

El relato de su historia le sirve a Baroja para ir dibujando personajes,  situaciones y paisajes propios de aquellos estratos de la sociedad.

Es de destacar el ambiente de la pensión de doña Casiana, lo característico de la personalidad de sus huéspedes, pobres todos, pero con ínfulas. Bien porque esgrimen un glorioso pasado o porque otean un venturoso futuro.

Es de una tristeza sorda y miserable la escena de la muerte de la Petra, la madre de Manuel. La soledad, el dolor callado, el desinterés del entorno, cuya dinámica apenas se detiene ante el drama de la muerte del prójimo.

También hay un caso típico de lo que ahora se llama “violencia de género”. Leandro uno de los hijos del zapatero, celoso porque su novia lo ha dejado por otro, la mata y después se suicida. Lo típico. Esas pasiones que creíamos que se iban a domesticar con la educación y la cultura y que todavía dan que hablar.

El realismo de la narración hace que casi podamos ser nosotros mismos visitantes de esas sórdidas tabernas donde se bebe vino barato, se juega a las cartas y se pelea de vez en cuando por ninguna razón especial.

De entre los personajes habría que destacar a Roberto Hasting, que sueña con una gran fortuna de la que podría ser heredero, pero por la que tendrá que luchar en los tribunales, para lo que, por el momento, no tiene los recursos necesarios.

Otro personaje importantísimo es el señor Custodio. Dentro de toda esa miseria sórdida y sucia que se ve por todas partes por esos barrios, la casa del señor Custodio es una isla de orden y limpieza. Como esos animales necrófagos que, aunque vistos con un poco de repugnancia, hacen una labor de limpieza esencial en la naturaleza, el señor Custodio se pasea con su carro por Madrid recogiendo toda la basura que encuentra, separándola en distintos serones ―que no serían de divertidos colores como ahora― y buscando la utilidad de cada cosa.

“Solía decir a Manuel: ― ¿Tú te figuras el dinero que vale toda la basura que sale de Madrid? […] Pues haz la cuenta. A sesenta céntimos la arroba, los millones de arrobas que saldrán al año… Extiende eso por los alrededores y haz que el agua del manzanares y la del Lozoya rieguen esos terrenos, y verías tú huertas y más huertas.”

En estos tiempos el señor Custodio se habría puesto las botas recogiendo las toneladas de basuras que decoran las cunetas de  las carreteras, nuestros caminos y nuestros campos.

Es este un personaje tratado con cariño y respeto por ser una prueba de que pobreza y suciedad no tienen necesariamente que ir unidas. El señor Custodio y su mujer mantenían, dentro de lo que las condiciones naturales les permitían, la casa limpia y ordenada, y cuando el trabajo estaba hecho se sentaban a escuchar a Manuel leer unas novelas por entregas que tenían, escena acogedora y bucólica, impensable en otros lugares de los suburbios como el Corralón de Ignacio el zapatero o las tascas y chabolas de esos barrios.

***

En fin, una estupenda novela que te transporta a un mundo que ha estado aquí, y que, no nos engañemos, sigue estando, escondido un poco más allá. Porque en velocidad, en tecnología, en ciencia, habremos avanzado mucho, pero en pasiones, emociones, injusticias, desigualdad social, estamos en tiempos del neolítico como poco.

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