LUCIANO DE SAMOSATA (I) “El banquete o los Lapitas”

img_20170208_192205LUCIANO DE SAMOSATA (I)

El banquete o los lapitas.

En: Luciano, “obras” tomo I. Ed. Gredos. Madrid 1981. Páginas 252-273.

“Odio beber con quien recuerda.”

 Luciano de Samosata es un escritor del siglo II e.c., oriundo de lo que ahora sería el norte de Siria, entonces bajo dominio político romano y cultural griego-helenístico. Poco conocido a pesar de que su obra ha dejado una huella importante en la literatura posterior. Como todos los libros de la excelente (y carísima) colección Biblioteca Clásica de Gredos, este trae un trabajo introductorio sobre el personaje y  su obra, y se citan como ejemplo de la influencia de  Luciano nada menos que a escritores como Voltaire, Rabelais, Erasmo de Rotterdam, Cervantes y muchos más.

Luciano es un sofista que, sin pertenecer a ninguna escuela determinada, sentía cierta simpatía por los epicúreos, algo menos por los cínicos, y un especial rechazo y aversión hacia los estoicos. También conoció a los cristianos, aunque en aquel tiempo constituían un grupo sin apenas relevancia.

En sus mejores (para mí) y más divertidos escritos Luciano hace gala de un estilo mordaz y crítico. Blanco de sus pullas son, especialmente, claro,  los estoicos, pero no dejaba títere con cabeza. Le molesta, especialmente, la hipocresía de los que se dicen sabios, que van por la vida muy estirados y muy pagados de sí mismos, pero que luego son tan humanos como el que más. Crítica que no le puede hacer, en modo alguno, a los cínicos, a los auténticos; ya les hará otras.

Buena muestra de ello es esta historieta en la que tiene para todos, aunque se cebe con los estoicos y no se meta mucho con el epicúreo.

***

Aprovechando que Luciano reúne en este cuento a la cremdelacrem de la filosofía griega, y a pesar de que lo haga para reírse de todos, voy a aprovechar para alzar mi voz a favor de la enseñanza de la filosofía en los institutos, ¡que la quieren quitar! Y la quieren quitar porque lo que hace el aprendizaje de la filosofía es la formación de un espíritu crítico en los estudiantes, por encima de los dogmas, opiniones o pareceres de las distintas escuelas o autores. Y en este mundo donde se prima el rendimiento y la productividad no es muy aconsejable que las personas piensen por sí mismas, pues serían más difíciles de manipular, o sea, más libres.

Con esto vale. Vamos a divertirnos con Luciano y sus desmitificados filósofos.

***

Para empezar el título ya evoca la obra de Platón, seria, solemne y ceremoniosa, lo que supondrá, por contraste, un elemento más de comicidad.

Es un banquete de bodas en el que se reúnen personajes pertenecientes a las distintas corrientes filosóficas que se movían por el Imperio Romano en el siglo II e.c., época a la que los eruditos llaman helenismo.

PERSONAJES:

  • CLEÁNTIDE y QUEREAS, la novia y el novio protagonistas de la fiesta, que no de la historia.
  • ARISTÉNETO, acomodado miembro de la alta sociedad, padre de la novia, anfitrión del banquete.
  • ÉUCRITO, otro rico hombre, padre del novio.
  • ZENÓTEMIS, maestro estoico.
  • DÍFILO, otro estoico, maestro de del hijo de Aristéneto Zenón.
  • ETÉMOCLES, un noble representante más de la escuela estoica. No ha sido invitado a la boda, pero se hará oír.
  • CLEODEMO, peripatético. Literalmente significa “que pasea”, porque dicen que así enseñaba Aristóteles, paseando. O sea, seguidor de las doctrinas de Aristóteles y de su escuela.
  • IÓN, platónico. Maestro del novio, de aspecto solemne y divino. “Ión el maravilloso” lo llama Luciano.
  • HERMÓN, de la escuela de Epicuro.
  • HISTEA, gramático.
  • DIONISODORO, retórico.
  • ALCIDAMENTE, cínico. No ha sido formalmente invitado a la boda, pero a él, como buen representante de esta escuela iconoclasta, se la suda y se presenta sin más.
  • DIÓNICO, médico. Iba a una fiesta, pero terminará trabajando.
  • SATIRIÓN, actor, cómico, bufón, o, como se llaman ahora, animador.
  • OTROS hombres y mujeres invitados a la boda.

***

elbanquete   Supongo que esta historia causaría en sus contemporáneos la misma perplejidad que nos causa a los lectores actuales, pues estamos (y estaban) acostumbrados a ver en los sabios filósofos a gente digna, seria y apartada de las pasiones humanas que conforman la vida cotidiana de la gente común, categoría a la que ellos, por supuesto, no pertenecían. Así los vemos, tan formalitos, en los diálogos de Platón, por ejemplo.

Luciano nos muestra que cuando estos sabios estirados se bajaban de sus cátedras dejaban la solemnidad en el armario y se comportaban no solo como la gente llana, sino, incluso, peor.

Decir también que el ritmo de la historia es asombroso: in crescendo constante, digno de “En la caverna del rey de la montaña” de Grieg.

La primera pulla que Luciano dirige contra los soberbios estoicos la coloca nada más empezar. Ante la llegada de Hermón (epicúreo) ―como a veces tanto personaje hace el cuento un poco lioso, y como lo importante no son tanto los nombres como las escuelas a las que representan, pondré, cuando me parezca necesario, entre paréntesis, detrás del nombre del personaje su escuela―. Digo que ante la llegada de Hermón

“los estoicos lo miraron con desprecio y le dieron la espalda.”

El primer conflicto lo protagoniza Zenótemis (estoico): ¿Quién ocupaba el lugar preeminente? Por rango le correspondía a Hermón  puesto que era sacerdote de Géminis, pero Zenótemis no estaba de acuerdo, y ya le parecía gracioso que un epicúreo, que negaba a los dioses y la providencia, fuera sacerdote, y le dijo al anfitrión:

“si me colocas detrás de este individuo, un epicúreo, por no decir otra cosa peor, me marcho y te dejo con todo tu banquete”.

Hermón cede dando una muestra de noble humildad. Se notan las simpatías del  autor.

El banquete empieza y los filósofos abandonan sus poses tópicas y pasan a comportarse como los tópicos dicen que se comportan costureras y barberos chismosos. Critican, a sus espaldas, al digno Zenótemis de atiborrarse a manjares y de ir pasando a su criado, creyendo que no lo ven, comida para que se la guarde para casa. Igualito que dicen que pasa con los abuelillos en los viajes de IMSERSO.

A poco de comenzar la fiesta se presenta, sin haber sido invitado, el cínico Alcidamante, con toda su cara. Para evitar problemas, ¡que lo conocen!, Aristéneto lo invita a sentarse. Alcidamante, muy digno, rechaza el ofrecimiento y dice que comerá de pie o sentado en el suelo. Nadie dice nada porque saben que cualquier chispa puede encender la gasolina de su cólera. El cínico, sin venir muy a cuento, empieza a despotricar contra las riquezas y los vicios al mismo tiempo que va detrás de los criados metiendo la mano en todos los platos. Por ver si se callaba  le ofrecen una copa de vino, lo que no fue una buena idea.

“Tomola Alcidamante, echose al suelo, y yacía medio desnudo, como había amenazado, apoyado sobre el codo con la escudilla en la derecha.”

El vino empieza a circular y a hacer de las suyas. Cleodemo (peripatético) flirtea con un apuesto criado que le servía. Aristéneto se da cuenta y sustituye a este criado por otro

“de edad avanzada y robusto, mozo de mulas o de cuadra.”

Y le fastidia el plan al seguidor de Aristóteles. Mientras tanto Alcidamante iba perdiendo las ropas poco a poco. Los demás se reían y él se iba poniendo cada vez más mohíno.

Ahora se presenta un cómico para animar el ambiente, Satirión, que baila, recita sátiras y hace bromas con los presentes. La que le dirigió a Alcidamante no le gustó mucho y amenazó al cómico con pegarle. Este, bastante más fuerte, no le hizo mucho caso. Terminaron por enzarzarse los dos y el cínico no salió bien parado. Todos reían, menos el digno de Zenótemis (estoico) que leía un libro fingiendo recogimiento.

En estas llega un criado. Dice que viene de parte del maestro Hetémocles (estoico) y que trae una carta de su parte para leer a los presentes. Todos piensan que se trataría de un elogio de la novia o alguna poesía de bodas. Aristéneto no lo había invitado porque veía a este personaje muy por encima de esas vanidades y que quizá un banquete nupcial resultara algo demasiado vulgar para él y que, por tanto, no habría de aceptar.

Hetémocles, sin embargo, se presenta con un discurso grotescamente serio en el que muestra su indignación por no haber sido invitado, siendo que es el que más vale de todos, o al menos eso piensa de sí mismo.

Cleodemo (peripatético) aprovecha la ocasión para arremeter contra los estoicos, que ya les tenía ganas. Hermón (epicúreo) hace ver a los presente que lo que quizá pretendiera el bueno de Hetémocles es que le enviaran algo de comida a su casa. Zenótemis sale en defensa de su compañero de escuela y acusa de Hermón de robar en el templo donde sirve, y a Cleodemo de entenderse con la mujer de uno de sus discípulos.

Y puestos ya a sacar trapos sucios, Cleodemo no se va a callar y espeta a Zenótemis que es el chulo de su propia mujer,  que es un usurero,  que le gustan mucho los cuartos y que roba a sus discípulos.

De las palabras pasan a las obras. Zenótemis (estoico), que parece que ya se ha quedado sin palabras, arroja el vino de su copa sobre Hermón y Cleodemo, manchando también al platónico Ión

“no sin merecerlo.”

Cleodemo se deja ya de retóricas y, después de escupir sobre Zenótemis, se lanza contra él a mamporro limpio. Quizá hubiera algunas enseñanzas secretas de Aristóteles que conocieran solo sus discípulos, porque en lo que nos ha llegado del maestro estagirita no se dice nada de pasar a las manos cuando se acaban los argumentos.

Luciano aprovecha para hacer una reflexión sobre

“el hecho palmario de que para nada sirve aprender las ciencias si no se ordena también la vida hacia el fin mejor.”

 Y también para poner en evidencia a los sabios eruditos y pretenciosos frente al pueblo llano:

el pueblo ignorante comía con gran moderación […] Los sabios, en cambio, eran insolentes, se ultrajaban, comían sin moderación, gritaban y llegaban a las manos.”

Unos a otros se insultan, se acusan de hipócritas y de faltar al espíritu de sus propias filosofías.

Ión intenta poner paz, y para ello no se le ocurre otra que hacer un debate, al estilo solemne  y grandilocuente de los de su maestro Platón. Propone varios temas de alta filosofía y se decide por la inconveniencia de la institución del matrimonio. Estando en una boda no puede menos que provocar la risa general.

Ahora se llenan las mesas de manjares. Eso sí. Eran para compartir, y tal y como está el ambiente, no va a ser fácil. Todos iban al bocado mejor, a la gallina más grande, y empieza la guerra campal: se golpean a gallinazo limpio, se tiran de las barbas, se arrojan los platos. Uno erró el blanco y descalabró al novio. En su defensa acuden la novia y la madre y aquello se convirtió en el campo de Agramante. Se alzan los gritos y aumenta el desconcierto. Alcidamante, a bastonazo limpio, rompe la cabeza de Cleodemo y la mandíbula de Hermón, al mismo tiempo que deja malheridos a algunos criados. Unos meten el dedo en el ojo de otros, muerden narices, patean dientes…

Pero no ha llegado todavía lo mejor.

Alcidamante vuelca las lámparas y todo queda completamente a oscuras.

Ya dije que Luciano ha tenido una gran influencia en muchos escritores posteriores, incluido Cervantes. Sea influencia directa o no, es inevitable acordarse aquí el desdichado incidente de la venta que, “para su desgracia, creyó ser castillo”, con don Quijote, la asturiana Maritornes,  Sancho, el arriero y el ventero:

“… y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y como quedaron a oscuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto, que a do quiera que ponían la mano no dejaban cosa sana” (D.Q. I, 16)

Cuando volvió la luz pillaron a Doinisodoro intentando guardarse una valiosa vajilla, y a Alcidamante metiéndole mano a una flautista.

Moraleja:

“no es seguro, para un hombre pacífico, ir de fiesta con semejantes sabios.”

***

Y es que los clásicos no tienen por qué ser serios, y mucho menos, aburridos. Que también se reían en aquellos tiempos.

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