“El caballero del león”- CHRÉTIEN DE TROYES

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“El caballero del león” (1177)

CHRÉTIEN DE TROYES

Alianza Editorial. Madrid 2014

El mundo está lleno de injusticias. El fuerte oprime y explota en su interés al débil. Esta situación  produce, en espíritus sensibles, un sentimiento natural de rechazo y un deseo de que se restablezca la justicia. Unos, los más valientes y capacitados, lanzándose al ruedo, al activismo político, a la lucha social, a la denuncia pública; otros, quizá menos valientes, o simplemente  con otras capacidades, recreando con su imaginación un mundo en el que los malos reciben su merecido y el bien triunfa. Y así surgen los superhéroes de los comics, el Equipo A, los Siete Magníficos… Y en la Edad Media los caballeros andantes, los de las novelas de caballerías, porque los otros, los de carne y hueso…, bueno, habría de todo.

Aunque no veo yo del todo claro que lo que buscaran aquellos caballeros andantes desfaciedo agravios y amparando doncellas, viudas o huérfanos fuera propiamente un deseo elevado de justicia, sino más bien un interés egoísta de buscar con ello nombre y fama. Así dice un caballero en esta novela que lo que busca es “aventuras para poner a prueba mi valentía y mi arrojo”.  Y también me induce a sospechas otra frase que, por muy cristianos devotos que fueran, o dijeran ser, aquellos caballeros, es tremendamente antievangélica: “Para nada le sirve la bondad a quien no quiere que sea sabida”. Y no hay más que recordar el consejo de Jesús: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para que os vean; en tal caso no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 6, 1). Por lo que pienso que aquellos caballeros iban más en busca de prestigio propio que de amparo de las víctimas o de recompensa en el cielo. Vaya, que les iba la marcha.

Lo que sí aviso es que es inevitable tener presente, en la lectura de cada una de las páginas de la novela, al caballero de los caballeros, al caballero por antonomasia, que, aunque vino después, es antes y primero de todos los caballeros: Don Quijote de la Mancha. Y es que este mundo de supercaballeros andantes es justamente el que tenía en su cabeza y que tantas veces se daba de bruces con el que se encontraba fuera. Si lo que pretendió Cervantes fue hacer una crítica demoledora de las novelas de caballerías, a mi parecer no lo consiguió, porque su propio personaje, Don Quijote, las rehabilitó en su propia persona. Si admiramos a don Quijote, su forma de ser, su integridad moral, su sentido de la justicia, su valor, su discreción, tenemos que admirar lo que fue la fuente de sus ideales: las novelas de caballerías. Diga Cervantes lo que diga.

De las muchas lecturas que tiene siempre un buen libro, habrá que tener en cuenta en este otra más, y que está muy de moda ahora, o al menos desde que J. Campbell, en “el héroe de las mil caras”,  allá por 1949, nos habló de ello: el mito del viaje del héroe. Aquí está muy clarito: el protagonista, Yvain, consigue el amor de Laudine, pero instalado en una rutina y una comodidad que no puede soportar termina perdiéndola. En un principio el caballero no se da cuenta de esta pérdida, pero desde que es consciente de ella su viaje, lleno de peligros y aventuras, no tiene más sentido que recuperarla, lo que al final conseguirá aunque no sin trabajo, arrostrando fatigas y penalidades de todas clases, y es que aquello que se valora o se desea suele estar ¡oh, desdicha!, rodeado de una muralla protectora que no es más que una prueba de la medida del deseo: un deseo superficial retrocederá ante la menor adversidad; un deseo grande y sincero será capaz de atravesar fuegos y bosques de zarzas y espinas, como  hicieron Sigfrido y el príncipe de la Bella Durmiente. En fin, lugares comunes en los que nos movemos los seres humanos, ¡y sin escapatoria!

Una buena obra siempre pondrá de relieve alguna faceta de ese enorme y misterioso pozo que es la psique humana.

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • YVAIN, caballero de la Mesa Redonda del rey Artús.
  • GAUVAIN, otro caballero de la Mesa Redonda, gran amigo del primero.
  • ESCLADOS EL ROJO, señor y guardián de la Fuente.
  • LAUDINE DE LANDUC, esposa de Esclados. Una vez viuda se casará con Yvain.
  • LUNETE, doncella de Laudine.
  • HARPÍN DE LA MONTAÑA, gigante despiadado y cruel, descomunal y soberbio, como solían ser los gigantes.
  • HIJAS DEL SEÑOR DE LA NEGRA ESPINA, dos hermanas que pelean por una herencia.
  • DEMONIOS Y DEMÁS HABITANTES DEL CASTILLO DE LA PÉSIMA AVENTURA, un castillo encantado que bien podría ser una fábrica textil de Bangladesh.

***

LAS AVENTURAS.

El libro es cortito (190 páginas nada más, que no tienen que ser necesariamente gordos los libros de caballerías), pero las aventuras se suceden sin tregua:

  • La aventura de la fuente
  • La boda con Laudine
  • La marcha de Yvain
  • El reproche de Laudine
  • La locura de Yvain
  • Yvain es sanado por la señora de Norison
  • Batalla contra el conde Alier
  • La aventura del león
  • El gigante Harpín de la Montaña
  • Lunete salvada de la hoguera
  • Las hijas del señor de la Negra Espina
  • El castillo de la Pésima Aventura
  • El combate entre Yvain y Gauvain
  • Yvain y Laudine se reconcilian

***

chretien-de-troyes6 En la corte del rey Artús uno de sus caballeros, Calogrenant, cuenta una desafortunada experiencia sufrida en sus propias carnes: Iba buscando aventuras, como corresponde a un caballero andante, y se encuentra con un villano poco menos que repugnante, más feo que Picio, que fue un Adonis a su lao, como tiene que ser un villano, que, además, cuidaba toros. Le dice al caballero que si quiere aventuras que vaya a una fuente que por allí había, que coja agua de ella y la eche sobre una grada que tiene al lado. Ni corto ni perezoso para allá que se va el caballero. Hace lo que el villano le dijo y, al hacerlo, se produce una descomunal tormenta. Al poco se presenta allí el caballero guardián de la fuente y lo reta a un duelo por haber provocado la tormenta. El guardián vence y humilla al de la Tabla Redonda.

Escuchando la historia estaban, entre otros, la mismísima reina Ginebra, Keus, otro caballero que no hace más que incordiar, e Yvain, primo de Calogrenant, que se ofrece para vengar la afrenta. Y sin pensarlo dos veces se pone en camino de la fuente prodigiosa. Una vez allí procede con el ritual de echar un cubo de agua de la fuente sobre la grada. Se produce el efecto esperado y, al poco, se aparece por allí el caballero guardián de la fuente, al que, esta vez, no le va a ir tan bien como en otras.

El combate es terrible. Nuestro autor se recrea en la descripción de los combates entre caballeros a los que pinta dando y recibiendo tremendos mamporros con espadas y lanzas, que no sé yo cómo no salen contrahechos con el primero de ellos ―ya lo decían el cura y el barbero del pueblo de don Quijote―. Es como en las películas del oeste que se están dando puñetazos media hora y lo más que les pasa es un poquito de sangre que se les ve en la comisura del labio y que se limpian con el dorso de la mano.

Al final, el guardián de la fuente, Esclados el Rojo ―el comunismo no se había inventado todavía, así que no hay que ver aquí implicaciones políticas de ningún tipo― es herido de muerte y huye a refugiarse en su castillo. Yvain lo persigue pero es atrapado por un ingenio mecánico colocado en la puerta de entrada al castillo. Apunto está de perder la vida. Una cuchilla cae desde arriba y parte al caballo en el que iba por la mitad, justo a sus espaldas, llevándose también la mitad de las espuelas. Yvain queda atrapado en una celda de la que no puede escapar.

Aquí viene en su auxilio una doncella de la señora del castillo, Lunete. Le da un anillo mágico que lo volverá invisible para sus enemigos cuando vayan a buscarlo a la celda. Y así pasa. Los soldados del castillo van a buscarlo pero no lo ven.

Yvain, con los cuidados de Lunete, se recupera de las heridas del combate. El señor del castillo muere víctima de ellas, y su mujer, Laudine, queda viuda y sin caballero que la defienda.

Lunete le recomienda que se case inmediatamente para no quedar a merced de sus enemigos.

“―La mujer no puede llevar el escudo ni atacar con la lanza, pero puede resarcirse de esto y fortalecerse si toma esposo.”

¡Así es la vida, o, al menos, lo era! Hay mucha gente que lucha por que deje de serlo, pero no es empresa sencilla.

Laudine acepta el consejo, pero, ya puestos,  quisiera casarse con alguien, como mínimo, de igual valor al de su marido muerto. Y ¿quién hay en el mundo, no ya del mismo, sino de más valor? Pues su vencedor en la batalla. Laudine se indigna cuando Lunete le hace esta razonable sugerencia, pero no tarda en ceder y rendirse ante la despiadada lógica. A rey muerto rey puesto. Todavía estaba caliente el cadáver del valeroso caballero cuando su viuda estaba contrayendo segundas nupcias. Y

“ahora mi señor Yvain es el señor y el muerto está olvidado del todo”.

Y si hubiera, que no lo hay, un escudero refranero diría que el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Yvain se queda de señor del castillo y guardián de la fuente. A la que al poco llega el rey Artús con su corte. Echan agua en la grada, se produce la tormenta y se presenta su guardián a retar en singular batalla al autor de los hechos. Acepta el reto el bocazas de Keus, que es vencido y humillado. La corte se traslada al castillo donde es recibida con todo el esplendor que se merece. Y aquí los caballeros se solazan bien solazados:

“había más de de noventa damas y no había ninguna que no fuera bella, gentil, noble, graciosa, digna y sensata y de alto linaje. Con ellas los caballeros pudieron solazarse, abrazarlas, besarlas, conversar con ellas, mirarlas y sentarse a su lado: por lo menos tuvieron esto”.

¡Y luego dirán que la edad media era oscura y siniestra! ¡De a na’ se lo pasaban los caballeros!

***

chretien-de-troyes7 De todas formas, las blandas plumas y la molicie no son vida para un caballero andante, así que Yvain pide permiso a su mujer para irse con la corte a buscar aventuras. De mala gana Laudine le da el permiso, pero le dice que esperará un año, que si a este término no ha vuelto a casa que se busque otra. Como prenda le regala un anillo que lo hará invencible frente a sus enemigos.

Tan entretenido como andaba buscando aventuras que le dieran gloria y fama, a Yvain se le pasa el término en que debía volver. A Laudine no se le olvidó, sin embargo, y al cabo de un mes y pico de finalizado el plazo, le manda una carta a su marido diciéndole que, puesto que no ha vuelto cuando debía, que ya no vuelva.

Yvain, que ya no se acordaba de su mujer, ahora que ella lo rechaza, se siente terriblemente desdichado, y es que

  • Lo mismo que er fuego fatuo
  • Lo mismito es el quere’
  • Que si lo huyes te persigue
  • Y si lo llamas echa a corre’.

Yvain se vuelve loco, pero loco loco, y como le pasará a Cardenio algunos siglos después, se echa al monte a vivir como las fieras.

Aunque en un estado lamentable, conservaba el caballero su gallardía y su apostura. Es encontrado dormido y completamente desnudo, tirado por el suelo, por unas damas que paseaban por el bosque, y parece que les gustó lo que vieron. La señora de Nosison le dice a su doncella que le frote la cabeza con un bálsamo que le había dado la sabia Morgana y que lo librará de su locura. La doncella, que se ve ante aquel caballero, que, aunque loco, debía de estar de toma pan y moja, le dio el ungüento en la cabeza, como le habían mandado, y ya puesta se lo restregó por todo el cuerpo. ¡No se pudo contener la mujer! Y no, no son las sombras de Grey ni las de nadie, es una novela de caballerías de la edad media.

El caballero recobra la cordura y se enfrenta a otra aventura: Librar a la señora de Nosison, su sanadora, del acoso al que la sometía un tal conde de Alier al que vence en singular batalla. Naturalmente la señora de Nosison se ofrece a su salvador como esposa, pero este no la puede aceptar y parte a continuar su camino, a purgar su falta y procurar encontrar el perdón de su dama, la sin par Laudine.

chretien-de-troyes2  Viene ahora una aventura importante. Se encuentra Yvain con un león acosado por una serpiente que echa fuego por la boca. Yvain salva al león y este le queda eternamente agradecido. A partir de entonces lo sigue como si de un perrillo se tratara. Un perrillo que será temible para sus enemigos. Ahora será conocido como el Caballero del León ―que no de “los leones”, este es otro, también valiente―.

Especialmente significativa es esta aventura en cuanto a sus implicaciones en eso que llaman los arquetipos del  inconsciente y los símbolos, pues la serpiente suele jugar el papel de las bajas pasiones mientras que el león es más propenso a representar la nobleza y la templanza. Aquí, como es natural, las nobles pasiones vencen a las otras, a las bajas.

***

chretien-de-troyes8 Sancho Panza se queja de lo dura que es la vida de escudero de caballero andante, muchas veces sin otra cosa que comer que pan duro y queso o bellotas, que, por otra parte, come con apetito y gratitud cuando no hay otra cosa. En aquellos tiempos más antiguos parece que no era tan así. Yvain se come con desgana un corzo que cazó para él su león

porque no tenía ni pan, ni vino, ni sal, ni mantel, ni cuchillo, ni otra cosa”.

Y yo creo que tanto melindre no se debía a la falta de todo lo que se dice, sino de hambre, que es la mejor salsa de cualquier comida. No echaba de menos todas esas fútiles cosas Sancho cuando iba en su burro metiéndole mano a su queso y a su vino.

***

Con su león de compañero Yvain continúa su viaje. Se encuentra ahora a una doncella encerrada y que ha sido condenada a morir en la hoguera por traición a su señora. La doncella es Lunete y la traición no es, ni más ni menos, que haber aconsejado a su señora Laudine a casarse con Yvain. La culpabilidad de Lunete la sustentarán, al día siguiente, tres caballeros contra los que deberá enfrentarse quien quiera defender su inocencia. A Yvain no le queda otra que aceptar el reto.

Mientras llega el día, Yvain busca alojamiento en alguna venta de por allí. Bueno, no, aquí no hay ventas, todos son castillos esplendorosos. Llega a uno donde lo reciben como se debe recibir a un caballero andante, como se recibió a don Quijote en el palacio de los Duques, pero de verdad, aquí no hay burlas, aquí es todo muy serio. Pero aunque el caballero es bien recibido, no por eso deja observar Yvain un gran pesar en el señor del castillo. Y es que un gigantazo lo acosa. Tiempo atrás había pedido a su hija en matrimonio pero el castellano se la negó. En represalia el gigante mató a dos de sus hijos y secuestró a los otros cuatro a los que amenaza  ahora con matar también. Además pretende secuestrar a la hija, y no para quedársela como esposa, no, que ya, despechado, no la quiere, sino para arrojarla en las manos de sus vasallos:

“un millar de mozos estarán continuamente con ella, piojosos y desnudos, como vagabundos y marmitones, y todos tendrán su parte.”

Naturalmente al señor del castillo no le llega la camisa al cuerpo y le pide a Yvain que haga algo por ellos porque el gigante, al que llaman Harpín de la Montaña, se va a presentar mañana mismo a cumplir con sus amenazas.

Yvain se ve en un gran aprieto pues al día siguiente tiene que defender el derecho de Lunete, pues, si no, será quemada en la hoguera sin remisión, pero el panorama que se encuentra en el castillo no lo deja indiferente. Las amenazas de Harpín son terribles. Sin embargo, por muy caballero de la Tabla Redonda que fuera, Yvain no puede estar en dos sitios a la vez, así que, sintiéndolo mucho, Lunete había pedido la vez antes. Eso sí, esperará hasta el último momento al gigante. Si tarda en presentarse Yvain tendrá que irse y la hija y los hijos del señor del castillo tendrán que arrostrar su suerte cruel.

Ya estaba el caballero saliendo del castillo dejando desolado a su señor y a su familia cuando aparece el gigante dispuesto a cumplir sus amenazas. Y, aunque se le haga un poco tarde, Yvain no puede dejar de aceptar el reto, las amenazas son muy, pero que muy graves. Y aquí vine otra batalla de esas de padre y muy señor mío. Yvain, con la ayuda inestimable de su león, derrota al gigante y libra a aquel castillo de su terrible maldición.

Sin poder pasar por la enfermería a curarse las heridas, sale volando para la otra contienda que tiene comprometida. Y es que aquello eran hombres, y no como ahora que al menor rasguño ya estamos en urgencias temiendo que se nos salga el alma por la herida.

***

Llega al castillo, que no es otro que el suyo propio, en el último momento. Ya olía a chamusquina. Va de incognito, claro, ya armado y desafía a los acusadores de Lunete que dicen que muy bien, pero que el león lo ponga a buen recaudo porque no se fían de él. No les debía parecer bien que el león se metiera en medio de una justa pelea de tres contra uno. Yvain accede y empieza la batalla. Muy equilibrada. Son tres contra uno que vale por tres o más. El león, que veía la justicia de otra manera, no se puede resistir y logra escapar de donde lo habían puesto y entre los dos, amo y león, vencen a los acusadores de Lunete demostrando así su inocencia. Aunque no fue solo el león la ayuda que tuvo Yvain en la batalla, pues

 “de esta manera, rezando, le ayudaron las damas, pues no tenían otras armas”.

¡Como para perder!

Laudine, la dueña del castillo y esposa de Yvain, que hacía unos minutos estaba dispuesta a ver arder a su fiel doncella, ahora, demostrada su inocencia con poderosas razones, se reconcilia con ella

y ambas manifestaron tanta alegría como nadie la había tenido mayor.”

Pues si se descuida un poco Yvain con Harpín se hubieran privado de estas alegrías.

La batalla ha sido de órdago. Yvain y el león salen malheridos. Yvain, además,  con una gran pena por no poder descubrirse ante su señora Laudine. Restablecida la justicia se marcha otra vez a los caminos pues aún no ha llegado el momento de descubrirse ante ella.

Busca con urgencia una venta, digo un castillo, donde poder curarse de sus heridas, sin duda con el bálsamo de Fierabrás, ¡a ver qué otra cosa lo va a poder curar! y llega nada menos que al castillo de la Pésima Aventura.

¡Un no parar!

***

Mientras tanto ha surgido otro conflicto. Esta vez entre dos hermanas, las hijas del señor de la Negra Espina que acaba de morir, pues la mayor se quiere quedar con toda la herencia, sin dejar nada a la pequeña.

“―Mientras yo viva no devolveré nada a mi hermana, y así vivirá en la tristeza y la desgracia.”

Y es que no hay nada como la familia. Las dos van a ver al rey. Y ya sabemos cómo se imparte justicia en aquel tiempo: a palos. La mayor llega primero y concierta su defensa con Gauvain. Y es que los caballeros no preguntaban qué causa había que defender o si era justa o no. Una dama le pedía un don y el caballero se lo otorgaba antes de saber cuál sería. Igual hizo don Quijote con la ―supuesta― princesa Micomicona. Así que Gauvain, el amigo del alma de Yvain, ambos iguales en fuerza, destreza y valor, se compromete a defender en singular batalla los intereses de la hija mayor del señor de la Negra Espina, y bien negra que debió de ser.

¿Y ahora qué va a hacer la menor? Solo hay un caballero capaz de enfrentarse con ciertas posibilidades ante Gauvain, y es ese misterioso caballero, al que nadie conoce, que se pasea por ahí con un león y cuya fama se extiende por todas aquellas tierras. Un caballero paseando con un león a su lado no pasa desapercibido, y a la doncella no le cuesta mucho trabajo encontrar al Caballero del León.

Lo encuentra cuando iba a pasar la noche en el castillo de la Pésima Aventura. Le dice que sí, que acepta su causa, pero que ahora hay que descansar.

En esta ocasión no es bien recibido el caballero, y  es que es un castillo encantado, y no por ningún moro, sino por dos demonios que tenían aterrorizados a sus habitantes y, además, a trescientas esclavas que tejían para ellos. Y es que aquellos demonios eran antepasados de los que ahora regentan fábricas en Bangladesh, China o Marruecos. Las pobres esclavas se quejan:

[Con nuestro trabajo] “se enriquecería un duque, y nosotras estamos aquí miserablemente, mientras se hace rico con nuestra pobreza aquel para quien trabajamos. Para aprovechar más velamos la mayor parte de la noche y trabajamos durante el día porque nos amenazan con dañarnos los miembros si descansamos y por eso no nos atrevemos a reposar.”

 ¡Nihil novum sub sole! Esto se escribió hace más de ochocientos años. Y continúan con su lamento, que no se ha extinguido aún:

Siempre seremos pobres y estaremos desnudas, siempre padeceremos hambre y sed, y nunca ganaremos lo suficiente para poder comer algo más.”

¡Y ahora vendrán algunos a decir que lo que deberían es estar agradecidas por tener trabajo en vez de quejarse tanto!

Después de ochocientos años aquel “siempre” aun está vigente. Pero aquellos demonios tuvieron mala suerte, no como los de ahora. Por allí pasó el Caballero del León y los derrotó en otra fiera batalla. Caballero y león derrotaron a los dos demonios que tenían encantado aquel castillo, que no sé yo si después de su liberación no le cambiarían el nombre.

***

chretien-de-troyes3  A pesar de tanta fiera batalla con tanto descomunal gigante, con tanto caballero desleal y hasta con demonios, Yvain todavía está entero y todavía le queda una batalla que librar. Al menos otra, no sé si los caballeros se jubilaban pronto, como los mineros, porque, en verdad que era una profesión de riesgo.

Ahora tiene que defender el derecho de la hija menor del señor de la Negra Espina. Pero esta batalla no va a ser como las otras. Aquí se las tiene que ver con un igual. Ambos, Yvain y Gauvain desconocen la identidad del rival. Se presentan en el campo de batalla completamente armados. No hay tiempo para explicaciones. Ya vendrán después, si procede. Esta vez el león se queda a buen recaudo y no intervendrá.

La batalla comienza, y se dan palos, y más palos, y rompen las lanzas, y más lanzas, y las espadas, y se abollan las armaduras y los yelmos;  el polvo se mezcla con el sudor y la sangre lo mancha todo. Y venga palos y palos, pero ninguno de los contendientes cobra ventaja. ¡Y más palos, y venga palos! Y el tiempo pasa. Ambos caballeros están agotados de dar y recibir, pero ninguno cede. La noche se viene, y con ella la necesidad de dar fin al combate que se declara en tablas. ¡Es maravillosa la vehemencia con la el autor describe las batallas!

Terminado el combate los dos caballeros se descubren y se reconocen a pesar del sudor, del polvo y de la sangre que, sin duda, cubría sus rostros. Y los que antes se habían peleado a muerte, ahora se deshacen en abrazos y los dos otorgan la victoria al contrario.

Todo muy a pesar del rey Artús que ahora no tendrá más remedio que pronunciar un veredicto por su cuenta y riesgo, pues ninguna de las dos hermanas se había alzado con la razón y el derecho. El rey, que ya sabía dónde estaba la justicia, da la razón a la hermana pequeña, a la que tendrá que mantener la mayor. Y digo yo que para esto se podrían haber ahorrado esta tan fiera y descomunal como innecesaria batalla, en la que alguien podría haber resultado herido.

La historia termina con el perdón que otorga Laudine a su esposo Yvain. ¡Naturalmente!, ¡cómo no perdonarlo con lo valiente que es!

Ahora mi señor Yvain ha obtenido el perdón y podéis creer que nunca de ninguna otra cosa tuvo alegría mayor después de haber sido tan desgraciado.”

Y todos felices, Laudine, Yvain y Lunete, y supongo que también el león.

“Así acaba Chrétien su novela del Caballero del León; no oyó contar nada más sobre ello y no oiréis contar nada más, a no ser que añadan mentiras.”

Y esta prevención no es inocente. Había mucho espontaneo que continuaba las historias de otros por su cuenta y riesgo. También aprendimos esto en el Quijote.

Toda una delicia de novela, a la que no solo no la condeno al fuego sino que la pongo sobre mi cabeza; incluso teniendo que leerla en otra lengua que no es la suya, porque eso sí que sería el no va más, algo así como el placer que supone para un castellanoparlante leer los Milagros de Nuestra Señora, o para un Catalán el Curial i Güelfa o las cantigas de Santa María para un gallego.

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