“En las montañas de la locura” H.P. LOVECRAFT

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“En las montañas de la locura”

H.P. LOVECRAFT

 (Ediciones Valdemar. El club Diógenes. Madrid 2015)

 

Segunda secuela del Relato de Arthur Gordon Pym

 

Lovecraft, como en su momento Julio Verne, no se pudo resistir a la tremenda seducción del final del relato de Arthur Gordon Pym, e intentó recrear aquel misterioso mundo que se escondía detrás de la cortina de agua y de la gigantesca figura que atraparon al personaje de Poe. Eso sí, Lovecraft no es Julio Verne, y su mundo no va a tener nada que ver con “la esfinge de los hielos”.

La misteriosa y solitaria Antártida es el sitio ideal para la creación de uno de sus mundos ancestrales, claustrofóbicos, irracionales, lóbregos, siniestros, como producidos por terribles pesadillas. Desde las primeras páginas el autor dejará claro su homenaje a Poe haciendo referencia a su personaje, además de montones de guiños a sus aventuras, más o menos explícitos.

***

Años 30 del siglo XX. Exploración antártica con todos los medios y recursos de la modernidad: Aviones, tiendas de campaña, laboratorios móviles, radiotransmisores, cómodos y rápidos barcos…

No se entretiene Lovecraft para introducirnos en esa atmósfera opresiva típica de sus relatos.

Es verano austral, pero no es el verano de la “esfinge de los hielos”, sino un verano más propio de aquellas latitudes. Tiempo desapacible, sol pálido, tormentas amenazantes, y en el horizonte siempre grandes montañas misteriosas.

Los científicos se proponen hacer un sondeo a gran profundidad para extraer datos que revelen noticias sobre el pasado de la tierra.

Se monta el campamento base y una parte de la expedición se traslada con aviones a otro lugar más recóndito donde empezar las excavaciones. Desde el aire hacen un sorprendente descubrimiento: unas montañas terriblemente altas, más que las más altas conocidas hasta entonces, sobrepasan los 10.000 metros, y sobre ellas se ven extrañas formaciones que los observadores no son capaces de interpretar.

Se instalan en un paraje apropiado, colocan el taladro y la excavación se topa con una inmensa gruta donde se encontrarán con prodigios dignos de unas mil y una noches siniestras.

Si la propia Antártida ya es un lugar propicio como caldo de cultivo donde la imaginación de Lovecraft pueda campar a sus anchas, ¡qué decir de misteriosas grutas que albergue su interior!

Se encuentran restos de lo que parece que pudo haber sido una antigua civilización, extraños objetos, extraños símbolos y extraños y asombrosos cuerpos de seres nunca vistos, de cuerpos enormes, gelatinosos y fétidos. Y es que Lovecraft estimula todos los sentidos.

Los sacan a la superficie. Intentan conservarlos como mejor pueden y a uno de ellos le realizan una autopsia. La expedición contaba con un numeroso grupo de perros por si hubiera que desplazarse en pequeños recorridos con los trineos, y a  los perros parece que no le hacían mucha gracia aquellos bichos desenterrados y se ponían bastante nerviosos.

La tormenta acecha.

Todos los detalles de los asombrosos descubrimientos se van poniendo en conocimiento del campamento base por radio. Pero en un momento la comunicación se interrumpe. Los que quedaron atrás se preocupan. Entre ellos está el geólogo jefe de la expedición, narrador de la historia. Rápidamente se suben a la avioneta y se dirigen a ver qué ha pasado con sus compañeros. Cuando llegan se encuentran con un espectáculo atroz y macabro, por qué no decirlo: dantesco, adjetivo aunque manoseado, elocuente. ¡Si Dante levantara la cabeza! ¿Y qué pasa con el glorioso Paraíso que nos describió? ¿No son su majestad y su gloria obra de Dante también, y, por tanto, dantescas? Pero esto me parece que no es de aquí, “¡muchacho, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala!, sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles”, que diría maese Pedro.

El campamento arrasado. La tormenta quizá. Pero la tormenta sola no ha podido con todo aquel desastre. Los perros muertos, los humanos muertos, algunos desaparecidos, los laboratorios, los aviones, las tiendas, todo destrozado. Encuentran misteriosas ―el adjetivo “misterioso” va a ser usado con profusión en este comentario― tumbas en las que habían sido depositados los extraños cuerpos.

A lo lejos las altísimas montañas. El narrador y otro compañero cogen el avión y se dirigen hacia ellas pensando que la explicación de lo que había pasado la podrían encontrar allí.

Hasta ahora Lovecraft se movía entre lo racional y lo fantástico, entre la vigilia y el sueño. A partir de este momento se va a despojar de toda ilusión de racionalidad y va a crear su típico mundo de pesadilla.

Aquí no hay sinopsis posible. Hay que venir a verlo, a vivirlo. Mundo ideal para hábiles dibujantes o ilustradores. A más de 10.000 metros de altura el mundo de fantasía espeluznante que allí se encuentran no se puede vivir más que metiéndose de lleno en la narración para poder ver esas maravillosas y terroríficas imágenes que nos llevan a pasados remotos de cientos de miles de años, cuando criaturas venidas de otros mundos llegaron a este planeta y lo colonizaron creando una poderosa civilización que terminó sumida en el olvido a causa de la destrucción provocada por guerras y cataclismos naturales.

Una ciudad ciclópea que toca el cielo por arriba y que se hunde en los abismos por abajo, obra de los Antiguos.

En los muros de unos derruidos edificios los dos científicos exploradores encuentran escrita toda la historia de esa misteriosa ―otra vez― civilización perdida. Una historia llena de asombrosas revelaciones.

Pero el terror llega al máximo cuando descubren que aquellas razas que un día poblaron nuestro mundo no están extinguidas, que esos seres imposibles merodean por los alrededores,  que habían sido los causantes del horror del campamento y que deben huir lo más rápido que se pueda, lo que, al final, consiguen, no en vano el que nos cuenta la historia es uno de ellos.

Es el jefe de la expedición el que da a conocer al mundo, mediante este relato, los terrores que se ocultan en las profundidades de la Antártida con el fin de evitar que se organicen expediciones proyectadas a aquel lugar, no vaya a ser que se despierten fuerzas dormidas en la noche de los eones de los tiempos y que pongan en peligro el mundo en el que vivimos.

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