“La esfinge de los hielos” – JULIO VERNE

 

“La esfinge de los hielos”

JULIO VERNE

(Ediciones Akal. Madrid 2007)

Primera secuela del Relato de Arthur Gordon Pym

 

 la-esfinge-de-los-hielos2El abrupto y misterioso final de “el relato de Arthur Gordon Pym”, alabado, entre otros, por  J. L. Borges, sedujo a más de un escritor, y fueron dos los que no pudieron evitar la tentación de continuar la historia: Julio Verne y H. P. Lovekraft, que recrearon dos mundos, cada uno el suyo propio, desde aquel mismo punto de partida. No puedo dejar de hacer mención aquí, aunque me vaya lejos, hasta el séptimo arte, de la estupenda película de Georges Méliès de 1912: “A la conquista del Polo”. Y aunque aquí los aventureros viajan al Polo Norte, el final es una preciosa recreación de las últimas escenas de esta novela de Julio Verne, con unos efectos especiales que son una preciosa y auténtica tramoya de teatro que nos llena de ternura, acostumbrados, como estamos, a las alturas y a la complejidad a las que este arte ha llegado en nuestros tiempos.

 

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • JEORLING. Geólogo americano de expedición por los mares australes. Narrador de la historia.
  • LEN GUY. Capitán de la goleta Halbrane, de bandera inglesa.
  • HUNT. Misterioso marinero extraordinariamente fuerte y hábil que embarca como miembro de la tripulación en la Halbrane en las islas Malvinas.
  • HURLIGUERLY. Contramaestre de la Halbrane.
  • HEARNE. Marinero que embarca en la Halbrane en las Malvinas.

 

    ANTECEDENTES:  Poe aparece al principio del relato de Arthur Gordon Pym como el editor del manuscrito elaborado por este y que cuenta en primera persona sus asombrosos viajes marinos. El final abrupto de la narración se debe a que el señor Pym falleció cuando aún quedaban por entregar un par de capítulos o tres, y a que el editor no pudo contactar con el otro protagonista, Dirck Peters. Así lo refleja el propio editor en una nota al final.

   Pero ¿es el relato de Arthur Gordon Pym pura fantasía surgida de la prodigiosa cabeza de Poe? ¿Quizá fueron acontecimientos reales narrados por el protagonista y Poe no fue más que el editor, como se lee en la historia?

   Este es el planteamiento que sirve de escusa para esta novela.

***

   La acción empieza en las irlas Kerguelen, o islas de la Desolación, al sur del océano Índico, unos diez años después de las aventuras de Pym. Allí se encuentra el geólogo Jeorling, más aburrido que una ostra, y con ganas de salir de esa nada paradisíaca isla donde ha pasado el invierno. Jeorling es un geólogo americano, de Massachusetts (como Pym). Y no deja pasar la oportunidad de embarcarse en el primer navío que llega a aquellas costas en la nueva temporada de primavera: la goleta Halbrane, que gobierna el capitán Len Guy y que se dirige, después de esta escala en las Kerguelen, a Tristán de Acuña, más al norte, ya en Atlántico.

   En principio Guy no quería pasajeros en su barco, pero acepta a Jeorling en atención a sus orígenes.

   En el largo y plácido viaje por mar, capitán y pasajero hablan de esto y de aquello, y habla que te habla llegan en su conversación a Massachusetts, a Nanctuket y, cómo no, a Gordon Pym.

   Para Jeorling Poe es un gran escritor con una fantasía admirable y conoce bien su obra. El capitán, por su parte, plantea la posibilidad de que aquellas fantásticas aventuras no fueran inventadas, sino reales, y que A. G. Pym existiera realmente. Jeorling se asombra de tal hipótesis, pero el capitán le hace entonces unas sorprendentes revelaciones: Len Guy, capitán de la Halbrane, es hermano de William Guy, capitán de la Jane, que rescató a Pym y a Peters y terminó perdiéndose en los misteriosos mares australes. Toda la obsesión de Len Guy es encontrar a su perdido hermano del que cree que pudo haber sobrevivido a los acontecimientos de la isla Tsalal.

   Len Guy, sin embargo, no se decide a emprender una peligrosa expedición para buscar a su hermano sin alguna evidencia que refuerce su corazonada. Y Julio Verne se la va a dar, y de las buenas.

***

barco-polo-sur  De camino a Tristán de Acuña, todavía por mares antárticos, se cruzan con un iceberg a la deriva. Sobre él descubren un cuerpo muerto. Lo rescatan. Es, ni más ni menos, que Patterson, segundo de la Jane, con un fragmento de diario o memorias que confirma que, efectivamente, William Guy y otros marineros de la Jane sobrevivieron a la emboscada de los nativos de Tsalal. Poco más se dice, pero esto es suficiente para que la esperanza de Len Guy se reavive y ordene poner proa al sur.

   Habían pasado unos diez años desde que la Jane con toda su tripulación se perdió cerca del polo sur. De Tristán de Acuña se dirigen a las Malvinas, en las costas de la Patagonia argentina. Aquí se completa la tripulación, pues la que llevaba la Halbrane no era suficiente para afrontar esta nueva expedición. Entre los nuevos marineros figura un tal Hunt, misterioso e introvertido, pero muy eficiente como marino, fuerte y ágil.

   Y para allá que se van. Viento en popa, a toda vela. Buenos vientos y buena mar, circunstancias peculiares en aquellas latitudes, pero Verne no se puede entretener ahora con borrascas, ya llegarán.

   Milla a milla, cruzan la barrera de hielo y llegan a la isla Tsalal siguiendo las precisas indicaciones que figuran en el relato de Pym. Pero aquello no tiene nada que ver con lo que habían leído. Allí no hay nadie, y la isla parece bastante inhóspita y estéril. Sin embargo encuentran algunos indicios de que, efectivamente, por allí pasó la Jane, y eso les anima a seguir hacia adelante.

   El viaje es arriesgado y el descontento empieza a dejarse sentir entre los tripulantes embarcados en las Malvinas. A pesar de ello continúa el viaje hacia el sur. El viento sigue favorable y una corriente marina también los ayuda.

   Continúa la navegación, pero de aquellos fenómenos extraños que nos había contado Pym nada de nada. Es verdad que el agua está un poco más templada que lo que correspondería a aquellas latitudes polares, pero no obstante, fría. Pym había dicho que quemaba. Pero claro, es Julio Verne, no Poe.

   Cuanto más avancen hacia el sur más complicado será el regreso antes de que llegue el terrible invierno, que no es como el de España, aunque viendo las noticias de la tele lo pareciera. La nueva tripulación no está nada contenta y se teme un motín. Se plantea en serio la posibilidad de dar la vuelta.

   Para intentar evitarlo Hunt revela, en este momento crucial, su verdadera identidad y así forzar al capitán a que continúe la búsqueda. Y es que Hunt es, si no lo tienes, oh lector, por pesadumbre y enojo, el mismísimo Dirk Peters, compañero de aventuras del mismísimo Arthur Gordon Pym en cuya busca va. Eso sí, por muy mismísimo que sea, no se parecen demasiado el Dirk Peters de Verne y el Dirk Peters de Poe. No podría ser de otra manera. Algún malicioso podría decir que el de Verne es un blando sentimental mientras que el de Poe era más bien cruel e insensible. Eso sí, los dos comparten el valor de la fidelidad.

   Ante esta sorprendente revelación deciden seguir un poquito más. La corriente es cada vez más fuerte hacia el sur. Los hechos suponen un continente antártico como el que conocemos ahora, pero partido en dos por un canal que lo cruza en diagonal y que atraviesa el polo. Por ese canal avanzan, pero los viajeros no pueden ver nada pues una espesa y oportuna niebla oculta las posibles costas que habría a un lado y a otro. Por muy Julio Verne que sea tiene que dejar algún espacio al misterio. La historia lo exige.

   A estas alturas de la novela el lector está pidiendo a gritos alguna contrariedad que ponga en un aprieto a los navegantes, que hasta aquí todo ha sido viento en popa y coser y cantar. Y la contrariedad llega: un choque con un iceberg y a hacer puñetas la Halbrane. Logran salvarse la mayoría, junto con abundantes víveres, encaramados en el mismo iceberg, que flota a la deriva impulsado por la corriente. También logran salvar un bote. Al final el iceberg encalla en una costa, una tierra inhóspita, fría y estéril. Isla o continente, no lo saben. A las malas podrían pasar aquí el invierno, víveres no les faltarían, pero los fríos van a ser terribles. Las opciones son: continuar con el bote en un viaje arriesgado intentando llegar al Pacífico y esperar que algún barco que navegue por allí los rescate, o quedarse a pasar el invierno en aquellos parajes.

   Unos cuantos descontentos no esperan que otros tomen decisiones y por su cuenta y riesgo se apoderan del bote y se van con viento fresco. Los demás se quedan desamparados en tierra sin posibilidades de salir de allí ni mucho menos esperar que aparezca nadie para rescatarlos.

   Si en Julio Verne no suele haber cabida para lo sobrenatural, sí que se dan sucesos curiosos, que siempre tendrán una oportuna explicación científica, y no por ello menos sorprendente. No es necesario salirse de lo natural para contemplar maravillas.

   Cerca de la costa aparece un bote de hechura primitiva flotando sin control. Peters no se lo piensa y se lanza a las heladas aguas para hacerse con él. Y lo consigue. ¿Y con qué se encuentra? Pues ni más ni menos que con el mismísimo William Guy, capitán de la Jane y hermano de Len. Su situación lamentable pero sigue vivo. Reanimado cuenta cómo pudieron escapar de los salvajes de Tsalal y sobrevivir diez años por aquellos lugares.

   Con el bote, que aunque primitivo parecía sólido, deciden salir de allí para intentar llegar al Pacífico.

   La novela está acabando y no aparece la esfinge de los hielos que da título al libro por ningún sitio. Pero aparecerá, con todo su poder y esplendor . Eso sí, todo tendrá su correspondiente explicación científica, como debe ser.

***

gordom-pym   Una misteriosa y gigantesca figura surge inesperada ante ellos. No es blanca ni lleva sudario, pero atrae, con inusitada fuerza, hacia ella todos los objetos metálicos que llevan a bordo. No es inocente que la canoa de los nativos de Tsalal no tuviera en su estructura nada de metal, ni remaches, ni clavos, pues esto les salva la vida. Por allí encuentran los restos de los desdichados que embarcaron en el bote de la Halbrane, ya que la atracción magnética había arrancado todos los elementos metálicos que la componían y se había deshecho, pereciendo todos los ocupantes.

Desembarcan para observar el fenómeno y se encuentran con una tremenda mole con un poder magnético prodigioso, eso sí, se nos explican debida y racionalmente las posibles causas de su existencia.

Pero todavía queda un último detalle, tan emotivo como sorprendente: Pegado al gigantesco imán había un cadáver, bien conservado debido a las bajas temperaturas. Llevaba una escopeta en bandolera que la esfinge de los hielos había atraído hacia sí con tal fuerza, que al desdichado que la llevaba no le dio tiempo a quitársela. Se había quedado atrapado. ¿Y a quién perteneció ese cuerpo atrapado por la esfinge de los hielos? Pues ni más ni menos que Arthur Gordon Pym, que habría acabado su prodigiosa aventura pegado a aquella terrible mole. No había regresado a su patria. Quien había llevado sus memorias al editor había sido Peters que consiguió salir de allí, aunque no se nos diga cómo.

Peters, no pudiendo soportar la emoción de ver a su amigo muerto,  allí mismo entregó su espíritu y se fue con su querido compañero al otro lado del misterio.

Conociendo a Julio Verne, casi no hace falta contar el final. Los protagonistas, el geólogo americano, el capitán y su hermano recuperado, con otros tripulantes de la Halbrane, continúan el viaje con la canoa, milagrosamente inmune al terror de la esfinge. Cruzan la barrera de hielo y, ya en el Pacífico, casualmente encuentran a un ballenero que pasaba por allí y que los rescata.

Y colorín colorado…

***

Ya sabemos que Julio Verne es Julio Verne, amante de la ciencia, en el que todo tiene su explicación racional. Sean o no correctas, sus explicaciones siempre son plausibles y coherentes. En sus historias los buenos son muy buenos y los malos no demasiado malos, y la vida, como decía la canción, pasa felizmente si hay amor. No exentos de sufrir la adversidad y de meterse en problemas, ¡si no no habría historia!, los personajes siempre los superan y el final es feliz. Algunos mueren, es cierto, pero los que tienen que morir, sin demasiado drama, los que su vida no tiene sentido más que en la novela y ya lo han dado todo en ella, como el pobre Peters. No así Jeorling o el capitán Len Guy, que tienen una vida por delante.

Por más que todo sea bastante previsible, o precisamente por ello, la lectura es relajante. Refrescante en verano, cálida en invierno, ideal para despegarse un ratito de los problemas de la vida cotidiana. Además, de la literatura de viajes siempre se aprenden cosas interesantes. Yo abría de vez en cuando el gúguel maps e iba recorriendo los lugares por los que transitaba el navío, al menos hasta llegar a las Malvinas, lo que encontraron más allá ya no sale en nuestros mapas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s