“El relato de Arthur Gordon Pym” EDGAR ALLAN POE

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“El relato de Arthur Gordon Pym”

EDGAR ALLAN POE

 (El Club Diógenes. Ed. Valdemar. Madrid 2013)

Esta es una de esas novelas que, tanto por lo trepidante de la acción, como por su tamaño (menos de 300 páginas en la edición de Valdemar) se leen de un tirón. Foques, gavias, amuras, piratas, naufragios, tormentas, tiburones, motines, goletas, bergantines, balleneros… No falta nada para una estupenda aventura por los apasionantes y peligrosos mares del siglo XIX. Estupenda para contrarrestar los calores y las horas muertas de los veranos del interior aunque también vale como compañía para refugiarse cerca de la estufa en una gélida tarde invernal. Esta edición, además, tiene unas preciosas ilustraciones. Lleva también, al final, un práctico glosario de términos marineros, muy útil para la gente de secano.

El relato de A. G. Pym es una auténtica novela de aventuras, de las buenas. Los personajes se enfrentan con la despiadada realidad natural, pero también llegarán a tener que enfrentarse con esa otra, el misterioso y seductor mundo sobrenatural. El protagonista está constantemente al borde de la muerte, ya por hambre, por sed, por ahogamiento, por crueldad humana, o por todos a la vez. No bien ha salido de una y ya está medio hasta el cuello en la siguiente. Y siempre hacia el sur. Desde el norte de los EEUU hacia el sur. En un tabuco escondido en el ballenero Grampus, en unas tablas flotando a la deriva, en la goleta Jane Guy, en una canoa de salvajes… siempre hacia el sur. ¿Llegó a aquel punto del planeta en que ya no hay sur, donde todo está al norte se mire por donde  se mire?

Poe, para presentar la historia se vale de un recurso muy utilizado en la literatura, por Cervantes en Don Quijote, sin ir más lejos: el escritor se presenta como mero editor de una obra escrita por un tercero y que ha llegado a su poder. Aquí es el manuscrito redactado en primera persona por el propio protagonista, A. G. Pym. Este artificio hará posible ese famoso y alucinante final. Como le pasó a Cervantes a mitad de la aventura del vizcaíno, aunque con peor fortuna, a Poe se le corta la historia en medio de una espeluznante y misteriosa aventura en los límites del mundo.

 

PERSONAJES PRINCIPALES:

  • ARTHUR GORDON PYM, protagonista y narrador. Ávido de aventuras por más que le lleven constantemente al borde de la muerte.
  • AUGUSTUS BARNARD, amigo de Pym,  hijo de un capitán de ballenero.
  • DIRK PETERS, marino extraordinariamente fuerte y hábil.
  • GUY, capitán del bergantín Jane Guy, de bandera inglesa.
  • TOO-WIT, jefe de una misteriosa tribu de la isla Tsalal en los mares australes, más allá de la barrera de hielo.

***

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LA ACCIÓN

comienza en Naktucket, una isla en la costa este  de los EEUU, al norte, en el estado de Massachusetts.

El padre de Pym era un rico comerciante y el abuelo un prestigioso abogado. Pintaba bien el futuro de Pym, quizá un poco aburrido. Así que lo pusieron a estudiar. Pero, ¡ay!, sus inclinaciones van a ir por otros caminos bastante más agitados.

Entabló amistad con Augustus, dos años mayor que él, hijo de un capitán de barco ballenero, que le llenó la cabeza con fantásticas aventuras marinas, y Pym, como se dijo en su momento de aquel caballero manchego, vino a perder el juicio y se vio arrastrado por un frenético deseo de navegar.

Una noche que los dos amigos habían tomado unas copitas se les ocurrió salir en un pequeño barco velero al que llamaban Ariel. Entre la chispa que llevaban y la tormenta que se desató, la excursión estuvo a punto de convertirse en drama, y fueron rescatados en el último momento por otro barco que acertó a pasar por allí. La Ariel completamente destrozada.

¿Aprendió Pym la lección de que el mar puede ser un lugar extremadamente hostil y peligroso? ¿Se agarró al código de derecho mercantil con pasión, como si fuera un salvavidas? ¡Ay, el ser humano! No, al contrario, la pasión por el mar aumentó, como si fuera una droga, y no perdió la ocasión de embarcarse a una aventura que lo llevará mil veces al borde de la muerte.

Una compañía fleta un barco para la pesca de la ballena, el Grampus. Colocan de capitán al padre de Augustus, que también iría como marinero. Augustus vio la oportunidad y sugirió a Pym que embarcara con él. En principio iría escondido como polizón para revelar su presencia más tarde, ya emprendido el viaje, cuando no fuera posible volver para desembarcarlo.

Pym se acomoda en un tabuco en la bodega, con agua y comida para unos días; y el barco se hace a la mar.

Los días pasan. El agua y la comida se agotan. Augustus no va a rescatarlo.

Durante varias angustiosas páginas se relata cómo la desesperación se va apoderando del protagonista, con algunos inquietantes detalles que ponen la carne de gallina, y tan bien contado que al lector también parece que le falte el aire.

Con un pie en el otro mundo estaba ya el polizón cuando llega, por fin, su amigo al rescate, pero no lo saca de esa infernal pesadilla sino para meterlo en otra, quizá peor.

¿Por qué se había retrasado tanto Augustus en acudir a rescatar a Pym? Pues porque la nave había sido víctima de un motín a bordo. La tripulación se había amotinado y  apoderado de la embarcación para dedicarse a la piratería. Al capitán y a algunos fieles los habían puesto en un bote y los habían echado al mar.

No fue poco el trabajo, el esfuerzo, el ingenio, los peligros, los miedos, que tuvieron que sufrid Pym y Augustus para derrotar a los piratas. Eso sí, con la inestimable ayuda del marinero más fuerte y valiente de entre todos, que, arrepentido, se puso de su parte: Dirk Peters.

¿Y, ya con el control de la nave, llegaron a una exótica isla del Caribe donde se solazaron y bebieron ron y batido de coco acompañados de preciosas nativas? Me parece que no.

Una terrible tormenta se desata furiosa y termina con el pobre Grampus que se deshace entre las aguas como si fuera azúcar en el café caliente. Unas tablas quedan a la deriva donde sobreviven cuatro marineros. Los víveres se acaban, el agua dulce se acaba, la esperanza se acaba. Uno de ellos tiene que servir de alimento a los demás. Lo echan a suertes. Una terrible lotería. El premio: ser el menú.

Pasan los días. Uno, y otro, y otro. Augustus no puede ya resistir más y da su alma a quien quisiera llevársela. Como en los 10 negritos, ya solo quedan dos: Peters y Pym, este con un ángel de la guarda altamente eficiente. Y de nuevo serán rescatados. Cuando ya están a punto de  desvelar el Gran Misterio aparece la goleta Jane Guy, de bandera británica, que libra, por el momento, a los dos náufragos, de una muerte segura. La nave se dirige a la exploración de los mares antárticos. Pym y Peters son recibidos a bordo y se unen a la tripulación.

El misterioso Sur no había sido apenas explorado en aquella época (A. G. Pym da su manuscrito para la imprenta al editor Poe en 1838 como se dice en la “nota preliminar” que encabeza el libro). El relato se recrea en el viaje de la goleta Jane que va ganando lentamente grados de latitud sur, explorando las tierras que por allí encontraban. Y más allá.

Navega que te navega llegan a la gran barrera de hielo del mar antártico. La atraviesan, y a partir de aquí comienza lo desconocido, el misterio. Hasta este momento la narración se podría catalogar entre los relatos de viajes marítimos típicos de los siglos XVI al XIX (cómo no recordar, por ejemplo al celebérrimo Robinson Crusoe), ahora se vuelve misteriosa y fantástica, se entra en otro mundo.

***

barco-polo-sur Cruzada la barrera de hielo se encuentran en un mar abierto, con un tiempo, curiosamente, más templado (hacía frío por aquellas latitudes aunque fuese verano) y con algunos animales extraños.

La bitácora continúa señalando al sur y llegan a la isla Tsalal, que  significa “la isla de las simas”, habitada por unos peculiares nativos muy primitivos, cuyo jefe era un tal Too-Wit. Un detalle curioso: en la isla no había nada blanco, hasta los dientes de los indígenas eran negros, y los habitantes tenían gran horror a este color ―o no-color, si nos ponemos rigurosos―.

Aquellas gentes se muestran hospitalarias y parece que hasta será posible mercadear con ellos. Hablan un extraño idioma que no hay quien entienda. Repiten como un mantra: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li! Que nunca se supo lo que significaba, pero que volverán a oír muchos años después otros visitantes de aquellas tierras (ver “las montañas de la locura” de Lovekraft).

Detrás de aquellas caras agradables, simpáticas y hospitalarias se escondía la traición. El barco terminará hundido y la tripulación muerta en una emboscada. Todos no, claro, por supuesto que Pym se salva, y también Peters, eso sí, después de haber pasado otro montón más de calamidades.

Ambos huyen como pueden de los terribles salvajes y se esconden en unas grutas escavadas en las montañas. Pym dibuja en su relato los planos de estas grutas, a la vista de los cuales el editor ―Poe― sacará algunas conclusiones curiosas, como que recordaban a una caligrafía árabe que querría decir: “ser blanco”, o “la región del sur”.

Consiguen, por fin salir de la isla en una de las primitivas canoas de los nativos, llevando a uno de ellos como rehén. La corriente los impulsa, naturalmente, hacia el sur, más al sur. El agua, que en los alrededores de la isla era más bien oscura, se vuelve poco a poco más blanca y su temperatura sube hasta el punto de no poder tocarla con la mano. Deben de estar ya muy cerca del polo.

***

gordom-pym1 En el horizonte empiezan a dejarse ver misteriosos fenómenos: nieblas, cascadas, extrañas luces, una especie de nieve cálida, aves blanquísimas que gritaban “¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!”. El nativo que va con ellos está cada vez más asustado hasta que termina dándole un auténtico soponcio de puro miedo. La catarata a la que se acercan termina por absorberlos y, en ese momento, ven surgir “una figura humana envuelta en un sudario, muchísimo más grande que ninguno de cuantos habitan entre los mortales. Y el color de la piel de esta figura era el de la pura blancura de la nieve.”

¡Qué emoción!, ¿y qué más?, ¿qué más?, que ya no le quedan a uno uñas que morder.

Pues resulta que el relato de Pym acaba aquí, el libro termina con una nota del editor en la que se dice que el pobre Pym murió en un accidente ― ¡quién lo iba a decir!― y, con él, se perdieron los últimos folios de su narración que no ha podido suplir de ninguna manera. Intentó ponerse en contacto con el otro superviviente, Peters, del que le constaba que vivía en Illinois, pero no fue posible.

Nos quedamos sin saber qué fue lo que vieron los intrépidos exploradores, que ocurrió en aquellas remotas latitudes y cómo consiguieron volver a los Estados Unidos, porque el hecho es que alguien volvió para contárnoslo.

“Dentro de los montes lo he grabado, y mi venganza en el polvo de la roca”.

***

En definitiva: con este lacónico y abierto final termina una estupenda novela que te absorbe por completo y te hace olvidar durante unas horas los espeluznantes terrores de lo cotidiano.

El final es tan emocionante que autores como Julio Verne o H.P. Lovecraft no se pudieron resistir a su encanto y recrearon sus propias y particulares continuaciones. Ya se pasarán los dos por aquí en su momento.

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